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En la UNAM, hoy: ¡la autonomía triunfó!

· noviembre 20, 2015

Ismael Ledesma Mateos

 

La Junta de Gobierno resolvió y todo indica que la autonomía de la UNAM se preservó. El Padre Ubú hubiera reaccionado con total desconcierto. ¿Cómo es posible que esa Junta desafíe al poder gubernamental, en aras de la estabilidad de esa institución? ¿Qué es eso? ¿Cómo pudo pasar por alto lo que a todas luces se vislumbraba como una orientación proveniente de la Presidencia? Ubú Rey pensaría: “Yo jamás permitiría eso, ¡merde! Que les apliquen las tenazas de decerebración.” Pero, afortunadamente el espíritu del Padre Ubú no está presente en todo momento, ni en todo lugar, y las certezas más contundentes pueden ser reventadas cuando la patafísica se impone, cosa que las mentes burdas, moldeadas en el troquel de la sumisión jamás podrán entender.

El pasado viernes 6 de noviembre la Junta de Gobierno de la UNAM designó como nuevo rector de la institución, para el periodo 2015-2019, al doctor Enrique Graue Wiechers. En su comunicado se dice: “Además de analizar la trayectoria de cada uno de los aspirantes, su proyecto de trabajo y el desempeño en la entrevista, para el nombramiento, la junta de gobierno ponderó, entre otras, las siguientes consideraciones: la calidad y viabilidad institucional del proyecto; la necesidad de equilibrar la estabilidad y los cambios institucionales futuros; la imperiosa demanda de innovar en los procesos docentes e impulsar la formación de nuevas licenciaturas interdisciplinarias; la promoción de la vinculación entre investigación y docencia, así como entre la Universidad y sociedad. Consideró también la situación de la Universidad en el contexto nacional e internacional.”

A juicio de la Junta quien mejor cumple esas consideraciones es Graue, médico cirujano, especialista en oftalmología, quien ha fungido como director de la Facultad de Medicina desde 2008 y que asume el cargo a partir del 17 de noviembre. Se trata de un hombre, a mi juicio, equilibrado, serio y cabal, que me causó grata impresión cuando fue uno de los tres primeros aspirantes en hacer público su deseo de buscar la rectoría, rompiendo la absurda regla de no hacer eso manifiesto, hasta que integrantes de la comunidad lo propongan, idea derivada de la máxima priista: “el que se mueve no sale en la foto”. Tanto Graue como Rosaura Ruiz y Sergio Alcocer Martínez de Castro se movieron, y ¡sí salieron en la foto! Y luego de ello lo hicieron otros distinguidos universitarios, que en total sumaron 16, de los cuales quedaron diez, quienes fueron entrevistados por la Junta, de los que seleccionó a uno, pues en esta ocasión no hubo una terna.

Siendo uno de los tres primeros en apuntarse, me causó mejor impresión al ser entrevistado por El Universal y declarar —de manera por demás hábil—, refutando a los otros contendientes, que no se trataba de un problema de género —en relación con la idea de que ya era el momento de que hubiera una mujer rectora— ni un problema de gremios —en contra de la idea de que ya habían sido muchos médicos y que lo adecuado podría ser un ingeniero—, aclarando además que los médicos que han sido rectores no han gobernado la institución como médicos, sino como parte de la comunidad. Se trata de una idea contundente y severa, que hecha por tierra una visión simplista.

Graue representa una opción de estabilidad, ante el riesgo de un embate contra la autonomía dirigido por la Presidencia de la República, lo cual pudo haber sumido a la institución en una grave crisis, como la ocurrida debido a la imprudencia del rector Barnés en 1999. El que antes de que el supuesto candidato del Estado (el Dr. Sergio Alcocer) hubiera implementado alguna reforma adversa a la comunidad, se hubieran generado movilizaciones, algunas de los grupos más radicales de ultraizquierda de la universidad era algo altamente probable. En tanto que la doctora Rosaura Ruiz, identificada con la izquierda moderada, contaba con el rechazo de sectores progubernamentales, conservadores y también de los ultraizquierdistas. La solución era buscar el equilibrio, encontrar la opción más apropiada para la “estabilidad”, tal como se deja ver en el comunicado de la Junta.

Hubo momentos de gran polarización, a veces poco perceptibles por la estructura ritual de la UNAM, donde en vez de la confrontación abierta y la libre discusión de las ideas, imperan las “patadas bajo la mesa”. En ese contexto la Junta tenía la enorme responsabilidad de buscar una alternativa intermedia, y la mejor a su juicio fue Graue. Lo que en teoría de juegos se conoce como “halcón-paloma-zorro” aquí se aplicó de manera por demás hábil. Entre dos candidatos de gran fuerza (simbolizados con el halcón y la paloma, quien resulta ganador es el zorro; esto incluso se representa ecuacionalmente), si la Junta hubiera tomado una decisión por alguno de esos candidatos altamente polarizantes hubiera generado un escenario riesgoso que podría conducir a una severa crisis institucional. La Junta actuó con sabiduría.

Sergio Alcocer es un académico prestigiado, sin duda alguna. No obstante, generó gran desconfianza por el hecho de provenir del gabinete federal. Doctor en ingeniería, luego de haber sido director del Instituto de Ingeniería y secretario general de la UNAM, renunció para asumir la Subsecretaría para América del Norte de la Secretaría de Relaciones Exteriores, a la que renunció para reincorporarse a la universidad, lo cual pareció como sospechoso e indicativo de que se trataba de una orientación gubernamental. De hecho el doctor Javier Jiménez Espriú, también ingeniero, exdirector de la Facultad de Ingeniería y exmiembro de la Junta de Gobierno escribió vehemente artículo en su contra titulado: “Peña Nieto va tras la UNAM”, publicado en “aristeguinoticias.com”, en un momento en que todo parecía indicar que sería ungido; sin embargo, no ocurrió así.

En su artículo consideró que la Junta no permitiría injerencias externas y no se comportaría con el sometimiento y la subordinación de los miembros del legislativo; señaló como sospechoso que al momento de su renuncia a la subsecretaría “para reintegrarse a la actividad académica” —léase para buscar la rectoría— se hizo un alarde de publicidad con páginas completas patrocinadas en diarios nacionales, desayunos con organizaciones extrauniversitarias y comidas con actores políticos, algo muy alejado de los usos y costumbres universitarios.

Jiménez Espriú dijo que las declaraciones de Alcocer en el sentido de “no ser candidato oficial” coinciden con el adagio popular “explicación no pedida, aceptación manifiesta” (aunque mi abuela decía: “satisfacción no pedida, acusación manifiesta”), además de criticarlo por haber dejado la Secretaría General de la UNAM para tomar una Subsecretaría de Relaciones Exteriores, siendo un personaje capaz de “cambiar de piel” como las serpientes, cada vez que sea necesario. Citó a Pascal Quignard, quien en La lección de música escribió: “el teatro y el cambio de piel están ligados”. Lo cual —diría yo— no es necesariamente algo malo, dependiendo del contexto, de quién lo haga y las intenciones implícitas en ello.

Desde el inicio del proceso, Graue fue mencionado por muchos colegas como un magnífico candidato; se comenta que su gestión al frente de Medicina fue impecable; sin embargo, se decía que su principal debilidad era ser médico, después de dos rectorados sucesivos de miembros de su gremio. Aun así, en los últimos rectorados los médicos no actuaron como tales, sino como universitarios al servicio de todos quienes conforman la institución. La rectoría de una universidad no es un cargo administrativo —como muchos erróneamente creen— sino un cargo político, una posición de gobierno institucional de una visión académica y política. Se requiere habilidad de gestión, capacidad de concertación y de llegar a acuerdos en beneficio de todos los miembros de una casa de estudios, en este caso la máxima del país.

La tentación por vulnerar la autonomía ha estado presente en toda la historia de esa y de todas las universidades públicas del país, como la triste historia de la UAP (hoy mal llamada BUAP) en muchos momentos. La UNAM requiere un rector firme, hacia adentro y hacia fuera, que sepa poner un alto al gobierno y hacer que la autonomía se conserve en una relación de diálogo y respeto con las autoridades del Estado, tal como se desprende de las primeras declaraciones de Graue luego de su designación. Espero que podamos mantener en nuestras mentes la idea de que ¡la autonomía triunfó!

En mi columna del 29 de octubre escribí: “ahora la UNAM enfrenta un gran reto, la ‘Junta de Gobierno’, herencia del ‘avilacamachismo’, priista, autoritario y despótico, debe designar al nuevo rector que la dirigirá durante los próximos cuatro u ocho años, en un régimen que no tiene idea de la academia y tampoco del rumbo de la nación. Se trata de una tarea ardua, difícil de comprender y que el Padre Ubú no sabría cómo abordar.” Esa tarea fue realizada con éxito por la Junta de Gobierno. Esperemos que el resultado final sea el favorable para la Universidad, aunque el Padre Ubú no pueda asimilarlo y la Madre Ubú no pueda consolarlo.

——

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