Ismael Ledesma Mateos
Ubú Rey entiende de golpes de estado y de derrocamientos, pero difícilmente del significado del terrorismo en el siglo XXI ni tampoco del papel de diferentes naciones para combatirlo, ni lo que ha pasado con la geopolítica luego de la caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York.
Personalmente, siempre estuve convencido de que Osama Ben Laden era una especie de holograma o un invento de Walt Disney y que tanto en la invasión a Afganistán como a Irak, existieron intereses económicos y políticos de los Estados Unidos en la región, tal como ahora en Siria.
No pongo en duda la existencia del fundamentalismo islámico que, como otros fanatismos, han asolado a la humanidad, sino pienso en las implicaciones estratégicas del imperialismo que han aprovechado su existencia. La atrocidad de los acontecimientos que se han agudizado en este siglo es realmente algo preocupante, tal como lo ocurrido recientemente en París, o en el caso de Madrid el atentado en la estación de Atocha del 11 de marzo de 2004, que de hecho influyó en el resultado de las elecciones españolas de ese año, pues muchos se preguntaron: ¿por qué atacaron España los talibanes?, y si eso acaso no tuvo que ver con el involucramiento del gobierno español en la invasión a Afganistán. Recuerdo en el 2003, cuando trabajaba en Madrid, la imagen desagradable de un camión de reclutamiento del ejército, con la imagen de un soldado diciendo “mientras curro me divierto” (mientras chambeo me divierto), lo cual indignaba a muchas personas, que veían como incorrecto el involucramiento de soldados de su país en esa guerra.
Todo esto viene a mi mente al enterarme de un ataque talibán el viernes pasado a una casa de la embajada de España en Kabul, con un saldo de doce muertos, de los cuales al menos dos eran policías españoles. El ataque comenzó la tarde del día 11 con la explosión de un coche bomba, que estuvo acompañada de un asalto y un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad que se extendió hasta primera hora de la mañana siguiente, según notas periodísticas. Muchos se preguntan: ¿qué sigue haciendo España en Afganistán? Existen opiniones discordantes en un país políticamente dividido, a pesar de la ventaja de la derecha representada por el Partido Popular (PP) de Mariano Rajoy, quien obviamente apoya la presencia de España como aliada de Estados Unidos. Según estimaciones sobre los electores, el PP tiene 25.3%, en tanto que el Partido Socialista Obrero Español el 21.0% y el nuevo partido de izquierda, “Podemos”, el 19.1%, aunque nadie puede tener certeza de lo que pasará el 20 de diciembre en las elecciones, y de hecho esos valores tienen márgenes de error que hacen que no sean estadísticamente significativos. En esta ocasión Rajoy ha eludido hacer declaraciones fuertes para evitar que el atentado de Kabul tenga alguna repercusión.
Este terrorismo es una incitación a tener malos pensamientos (piensa mal y acertarás, diría mi abuela), al “sospechosismo”, a la llamada “teoría del complot” (tan estigmatizada por periodistas “chayoteros”, incondicionales de los gobiernos en turno), pero resulta difícil que esas posiciones tengan credibilidad plena, cuando podemos ver la imagen del Padre Bush con Osama Ben Laden, héroe para Estados Unidos por haber combatido a los soviéticos en Afganistán, que fue el Vietnam de la URSS, donde esos terroristas eran los heroicos luchadores por la libertad, así como “Rambo” combatiendo precisamente en Afganistán.
Sobre este terrorismo talibán, recuerdo haber leído en Le Figaro una extensa reseña de cómo Osama Ben Laden pidió ayuda a la CIA para ser atendido en un hospital americano de El Cairo debido a un mal renal; eso antes del 11S. O la manera genialmente insidiosa como la serie televisiva Nikita deja ver cómo la agencia de espionaje o más bien de ejecuciones, llamada “La Sección”, tiene claros vínculos con el terrorismo.
Pero en España la vida sigue, a pesar del terrorismo, y el sábado yo aquí en Madrid no pude dormir, y no porque Afganistán me quite el sueño, sino por el fenómeno socioantropológico de “la marcha”, que consiste en salir por la noche a recorrer bares o ir a un antro y no parar en toda esa noche. Por la zona de la ciudad en que me encuentro, precisamente en el Centro, cerca de la Puerta del Sol, “la marcha” es muy intensa y la gente muy “marchosa” (las mujeres jóvenes en mayor cantidad, pues en España hay un poco más mujeres que hombres). Realmente el espectáculo es interesantísimo: la gente haciendo cola en las discos, después de “esa hora maldita en que los bares a punto están de cerrar” (como dice la canción de Joaquín Sabina), a eso de las dos de la mañana (de la noche, se dice aquí), “cuando el alma necesita ah, un cuerpo que acariciar”, donde los chavos que no entran a un antro, o salen de uno, toman en la calle o en los quicios de las puertas, lo cual termina a las seis de la madrugada.
Al día siguiente pueden verse en las calles las secuelas del acontecimiento: basura, botellas y latas vacías, vasos vacíos (o medio llenos) y todo lo que implica esa bonita tradición española. ¿Y Afganistán? ¡Pinche Afganistán! ¿Y la guerra contra el terrorismo? ¡Pinche guerra! Y ¡pinche terrorismo! Al estilo que lo diría Filiberto en El complot mongol.
La marcha madrileña, LA MARCHA MADRILEÑA, es heredera de la llamada “movida que surgió como un movimiento contracultural en los primeros años de la tradición postfranquista, que lleva a expresiones como “Madrid nunca duerme”. Es toda una institución, y por su parte, el terrorismo todo indica que llegó para quedarse por mucho tiempo, tal vez porque así conviene a los intereses imperiales. Ahí están, como la Puerta de Alcalá, ambos fenómenos “viendo pasar el tiempo”, ¡ahí están! Y el Padre Ubú diría al respecto: ¡No entiendo ni madres!









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