Ismael Ledesma Mateos
La traducción al castellano del síndrome de burnout seria “el síndrome de estar quemado”, que implica un conjunto de síntomas tales como tener una sensación de estar desgastado, exhausto, de haber perdido la ilusión por trabajar, profundamente triste, deprimido, melancólico y paradójicamente también ansioso o angustiado, lo que en francés se conoce también como la “malaise”, que significa malestar, pero que se aplica a este mismo fenómeno psicosocial, que se da muy particularmente en el ámbito de la docencia, aunque también en muchas otras actividades, por lo que puede generalizarse como malestar ocupacional.
Como ejemplo, en una investigación realizada en 2008 en Francia, entre profesores de un liceo (preparatoria) de segundo grado, 93% de los profesores estimaron que este malestar existe y el 48% afirmaron que se debe a la falta de reconocimiento profesional, el 36% a las condiciones de trabajo y el 11% a la inadecuada remuneración. De ellos, 30% espera dejar de enseñar en los próximos diez o quince años. Se trata tan sólo de un caso que puede ser generalizado, en diferentes años recientes y en cualquier país. En resumen, podría decirse que se acabó la pasión y la motivación es nula.
Un síndrome de esa naturaleza no se habría manifestado en el Padre Ubú, cuya única pasión, su genuina motivación es mantenerse en el poder y subyugar a la población para así cobrar mayores impuestos y satisfacer su ambición aunada a la de la Madre Ubú, con el apoyo del Capitán Bordura, a quien le apasiona ser servil a sus monarcas y al efectuar sus arbitrariedades responder a quien lo increpara: “Yo sólo recibo órdenes”. La malaise, burnout o estrés laboral se dan en gente responsable y sensible y no entre autócratas comodinos que jamás pensarían en sentirse “quemados”.
Quienes trabajamos en el ámbito universitario podemos entender fácilmente de qué se trata este horrible síndrome, donde el estrés laboral se convierte en estrés en la investigación y estrés docente, sobre todo cuando se conjugan ambas actividades. En instituciones o dependencias donde el mayor énfasis y la principal carga de trabajo es la investigación, el estrés docente es menor, por ejemplo, cuando se imparte un solo curso de un mes de duración en un posgrado, pero ahí la mayor tensión recae en la producción de resultados publicables y en la dirección de tesis para la obtención de un grado, sea de licenciatura, maestría o doctorado por el estudiante. Pero ¿si él abandona el trabajo y deja botada la investigación, qué suerte le espera a su tutor? Eso, sin duda, es un enorme factor de tensión y de malaise. Pero los que se pasan la vida dando clases, calificando y en muchas ocasiones sufriendo la desidia y el desinterés de los alumnos, ¿qué expectativa pueden tener en su vida interior?
El síndrome de burnout se trata de una respuesta múltiple derivada de una tensión (estrés) emocional crónica, que implica: agotamiento emocional y psicológico, actitud fría y despersonalizada con los demás, o bien agresiva e incluso violenta, con sentimientos de no adecuarse a las tareas a desarrollar. Lo cual variará según la personalidad de cada individuo. Según Pilar Sánchez, de la Universidad de Murcia: “La persona efectivamente siente que no puede ofrecer nada a nivel afectivo, presenta falta de energía y recursos emocionales”. Es algo más que frecuente entre los trabajadores docentes, y “cuando decimos que el profesional está quemado queremos expresar que la situación le ha desbordado, y su capacidad de adaptación ha quedado reducida”. Afirman que entre los efectos del burnout se pueden destacar consecuencias tanto desde el punto de vista profesional (impuntualidad, abundancia de interrupciones, evitación del trabajo, ausentismo, falta de compromiso en el trabajo, un anormal deseo de vacaciones, una disminución en la autoestima, así como una incapacidad para tomarse a la escuela en serio, e incluso al abandono de la profesión) y por ende económico, así como en el aspecto humano. Las personas afectadas parecen presentar una mayor vulnerabilidad a padecer accidentes laborales, síntomas médicos (como depresión, hipertensión, alteraciones de tipo gastrointestinal…), pérdida de la voz e incluso abuso de drogas, incluyendo el tabaco o el alcohol.
Uno de los factores de mayor peso para el malestar docente tiene que ver con la actitud del alumnado que, ante la falta de expectativas laborales, con un futuro incierto se convierte en un ente sin compromiso, anteponiendo lo que puede denominarse “valemadrismo”, donde lo que importa es la inmediatez. Esta forma de ser tiene alcance mundial. Así, por ejemplo, a ese tipo de sujetos en España se les denomina “pasotas”, que también pueden ser analogables con “zombis”. Todo ello encaja muy bien en el contexto de la posmodernidad, en la “era del vacío” como la ha denominado Gilles Lypovetsky, que conlleva “la conmoción de la sociedad, de las costumbres, del individuo contemporáneo de la era del consumo masificado, la emergencia de un modo de socialización y de individualización inédito, que rompe con el instituido desde los siglos XVII y XVIII. Aparece una nueva forma de control de los comportamientos, a la vez que una diversificación incomparable de los modos de vida, una impresión sistemática de la esfera privada, de las creencias y los roles, es decir, una nueva fase en la historia del individualismo occidental”.
En esa realidad implacable los profesores no tienen elementos para reaccionar y confrontar la desmotivación del alumnado, ni recursos para enfrentar los problemas de un grupo escolar, lo que les produce un enorme malestar que puede ir aunado a una tensión laboral, que va aparejada a malas condiciones materiales de trabajo y falta de reconocimiento de su tarea, lo que a su vez repercute en la merma de su bienestar, falta de comunicación y compañerismo, entre otros aspectos. Anny Cordié señala en su libro Malaise chez l’enseignant. L’education confrontée á la psychanalyse: en mi “carácter de psicoanalista escucho a los adultos que se ocupan de niños y adolescentes, sean profesores, educadores, trabajadores sociales y también padres, buscando en cada uno de ellos un saber que quisieran transmitir, encontrando las dificultades en cada uno, sus obstáculos y sus límites”.
Cordié analizó el sentimiento de impotencia presente en ellos y sin dejar de lado las razones socioculturales examinó las implicaciones personales presentes en cada uno en el proceso de ejercicio de sus funciones introduciendo la valoración del inconsciente como elemento determinante, teniendo el cuidado de dar luz a sus avances utilizando relatos de casos clínicos tomados de su práctica psicoanalítica, buscando en esos testimonios los de aquellos que buscaron innovar en el terreno pedagógico y educativo.
Otro componente que empeora el panorama referente al malestar docente es el referente a la evaluación, que posee dos vertientes: una es la que debe aplicarse a los alumnos, que es algo realmente desagradable para el que la sufre y el que califica; y el otro componente, que es al que deben someterse los académicos, tanto investigadores como profesores de distintos niveles y que pueden, en los dos escenarios representar fracaso, cuando los alumnos reprueban los cursos, lo que produce una sensación de banalidad e inocuidad y para el caso de la evaluación docente, se percibe como trasfondo la arbitrariedad y la imposición de criterios a veces inadecuados.
Algunas ventajas debería tener un reino como el de Ubú, sin los malestares producto del fracaso o de la carencia de éxito, sin la molesta sensación de estar quemado anímicamente, pues en ese lugar la enseñanza no sería importante más que para dar competencias laborales a fin de satisfacer a los poderosos, principalmente al gobernante. Pero en realidad la vida no es así y vivir en la dificultad es algo que se afronta cotidianamente y que se debe sortear.
Yo creo que en muy numerosas ocasiones la falta de éxito se debe a diversidad de causas y adversidades, una de ellas la confusión de funciones que para muchos trabajadores académicos resulta apabullante. Para quienes padecen el síndrome de burnout (la malaise o malestar docente), su vida de ningún modo es algo pleno y reconfortante, lo cual produce enorme frustración cuando se contrasta con los inicios de una carrera llena de esperanza y orientada por una sólida vocación. Se trata de existencias nauseabundas —en el sentido sartreano del término— que dan cuenta de lo que para ellos no tiene sentido, donde, a pesar de momentos plenos, ¡lo único que se hará es sobrevivir!
¡Vamos a interrumpir aquí!









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