Ismael Ledesma Mateos
El Salvador es un país de claroscuros, atrasado, dolarizado, norteamericanizado, donde la presencia de McDonald’s es ineludible, pero que coexiste con las sabrosas “pupusas”, platillo típico y popular que se consume todos los días y en cualquier lado. Elaboradas con maíz, similares a lo que en México llamamos “gordita”, están rellenas de frijol y queso —aunque pueden llevar múltiples ingredientes— y son cubiertas con una especie de vinagreta llamada “curtido”, con cebolla morada, col y picante, así como otras salsas. Para mí sin duda las pupusas constituyen el verdadero símbolo de El Salvador, una de las tradiciones más genuinas de ese país donde floreció la cultura del maíz y que fue asiento de expresiones de la cultura maya, una comida sabrosa que merece ser conocida.
La República de El Salvador —su nombre oficial— es un pequeño país de América central que se separó del primer imperio mexicano en 1823, pues era parte de la Nueva España. En la actualidad deja ver contrastes sociales impresionantes: podemos encontrar élites con poder económico, que lucen superioridad y ostentación y sectores pobres, muy pobres, incluso con pobreza extrema. Los contrastes son ostensibles, desde personas con aspecto rozagante y bien nutridas, completamente norteamericanizadas o “agringadas”, hasta otras, mal vestidas, con la piel más oscura y con un tono curtido por el sol intenso y el consumo de alcohol corriente.
Ésa es la realidad de este país. Se huele, se palpa, se ve e impacta. Yo estuve en San Salvador, su capital, para asistir al 55 Congreso Internacional de Americanistas, donde se abordan temáticas acerca de América desde la perspectiva de las ciencias sociales, desde la historia hasta la antropología y la política. Es un evento de gran tradición, realizado por primera vez en 1865 en Nancy, Francia y en México se efectuó en 1895, presidido en esa ocasión por Joaquín Baranda, ministro de Instrucción Pública de Porfirio Díaz. Se trata de un acontecimiento mundial, que se efectúa cada tres años en un país de Europa y otro de América, alternativamente.
El domingo 12 de julio, antes de la inauguración del congreso por la tarde, visité el centro histórico y me llevé una sorpresa mayúscula al encontrarme con un sitio extremadamente sucio, lleno de basura, con una catedral muy pequeña y un bello Palacio de Gobierno, rodeado de un ambiente tenso y extraño, donde algunos policías portan armas largas y otros pistolas, en actitud inmediata a disparar. La mano en la pistola era la constante en esas calles, donde caminando un poco se llega al Plaza Morazán, frente al bello edificio del Teatro Nacional. Ahí, en la acera de enfrente se llevaba a cabo un espectáculo de clowns, en medio de un dispositivo policiaco. Evidentemente, la gente común, el pueblo, tiene derecho a divertiste y eso contrastaba con el tenso amiente que se sentía.
Al ver la propaganda del congreso se puede apreciar una foto muy bella, que me llevó a preguntarme: ¿y esto dónde es? Pues resulta que es el centro histórico donde acababa de estar. ¡Lo que hace la iluminación y el fotoshop! Ahí, en la realidad, resalta un edificio abandonado, frente a otro con una imagen de la Virgen de Guadalupe en una cornisa, que de ninguna manera se ven como son el la fotografía. En ese “centro” no hay cafés, bares o restaurantes como en otros centros históricos de otros países, y resulta sumamente riesgoso caminar por sus calles, como me narró un taxista de regreso al hotel, quien me dijo: “Ésta es la Avenida de los Próceres…” Pero no se puede saber cuál es el nombre de cada uno de los personajes de las esculturas, pues las placas metálicas fueron robadas y a los bustos les cortaron la nariz.
Ese país, cuyo lema es “Dios, unión, libertad”, se encuentra en muchas zonas asolado por las “pandillas”, llamadas “maras”, como la mara MS y la mara M18, que supuestamente tienen el control de varias zonas de la capital.
Respecto al problema de la inseguridad, se dan muchas opiniones contradictorias; la mayoría de las que tuve conocimiento provienen de taxistas y meseros. Se trata, por cierto, de una ciudad que por su estructura no es transitable a pie, por lo que el medio de desplazamiento para cualquier sitio es el taxi, dadas las distancias que existen entre todo, a veces transitando entre zonas residenciales, pues todo depende de a qué vayas y a dónde te dirijas, ya que los lugares visitables difícilmente son adyacentes.
Una sorpresa al preparar el viaje fue enterarme de que la moneda de El Salvador es el dólar estadunidense en vez del colón, su moneda desde 1892 hasta el 2001, ante la oposición de la izquierda. La dolarización fue, al parecer, un proceso paulatino, con múltiples resistencias, pero finalmente se impuso en el seno de una sociedad dividida.
Los dos últimos gobiernos de El Salvador provienen de la izquierda, la cual, sin embargo, no ha dado el paso para regresar a la moneda anterior debido a las enormes complicaciones que generaría para la economía.
País contrastante, donde la realidad no es clara para todo mundo, donde lo oscuro parece claro y viceversa, así como no todo es blanco o negro, sino un puntillado de grises. El Salvador estuvo convulsionado por una guerra revolucionaria de 1981-1982, comandada por el legendario Schafick Handal, la cual finalizó con los acuerdos de paz firmados entre el gobierno salvadoreño y el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) el 16 de enero de 1992 en el Castillo de Chapultepec, en México, lo que permitió la desmovilización de las fuerzas revolucionarias y su incorporación a la vida política del país, lo cual posibilitó a la izquierda asumir el poder por la vía democrática en las dos últimas elecciones, ganando la presidencia Mauricio Funes (de 2009 a 2014) y ahora con el primer mandatario, Salvador Sánchez Cerén, quien fue uno de principales comandantes del FMLN al lado de Handal.
El acuerdo de paz firmado en México fue un ejemplo del restablecimiento de una posibilidad de concordia en un país convulsionado, cosa que no sería del agrado del Padre Ubú, quien hubiera estado satisfecho con la continuación del conflicto.
Sin embargo, la venganza del nuestro nefasto personaje ha sido la aparición de las pandillas que asolan distintas zonas del país, sobre todo las marginadas y que son usadas por la derecha en su guerra ideológica contra el gobierno de izquierda y la posibilidad de su continuidad en el poder.










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