Ismael Ledesma Mateos
El 24 de noviembre se cumplen 160 años de la publicación de El origen de las especies, de Charles Darwin, obra trascendental en la historia del pensamiento. En el prefacio a El azar y la necesidad, el Premio Nobel Jacques Monod escribió que “es justo reconocer a la biología un lugar central puesto que es, entre todas las disciplinas, la que intenta ir más directamente al centro de los problemas que deben haber resuelto antes de poder proponer el de la ‘naturaleza humana’, en unos términos que no sean metafísicos. […] Así, la biología es para el hombre la más significativa de todas las ciencias; es la que ha contribuido ya, sin duda, más que ninguna otra, a la formación del pensamiento moderno, profundamente trastornado y definitivamente marcado en todos los terrenos: filosófico, religioso, político por el advenimiento de la teoría de la evolución.”
En efecto, uno de los acontecimientos más importantes para la humanidad fue el surgimiento del evolucionismo darwiniano. Si bien antes de Darwin se pensaba en la evolución, que en la tradición francesa era llamada “transformismo”, la manera de explicarla no era correcta, a pesar de que Jean Baptiste Lamarck formulara en 1809 la primera teoría coherente —aunque errónea— de la evolución. Pero fue con Darwin cuando la palabra inglesa Evolution se impuso, consecuente con una teoría que adquirió un carácter corrosivo. Es muy interesante cómo al momento de surgir la teoría lamarckiana de la evolución no tuvo impacto y 50 años después, al momento de la publicación del El origen de las especies, causó revuelo mundial.
En distintas épocas y en distintas localidades los efectos de una teoría son distintos. Algo de lo que no todo mundo se percata es la dimensión geográfica de la movilización de los conocimientos científicos y tecnológicos, donde debemos hablar de una “geopolítica de la ciencia”. Así, por ejemplo, en México el darwinismo se introdujo tardíamente, y no fue consecutivo a la publicación de El origen de las especies sino hasta 1872, luego de la publicación en 1871 de El origen del hombre, tema que había sido eludido por Darwin y que finalmente tuvo que afrontar.
Particularmente, en México fue en un ámbito distinto al de la ciencia donde se comenzó a tratar el darwinismo. Fue en el de la historia, en la obra de Justo Sierra, Historia antigua de México, donde al abordar el origen del hombre americano hace mención a Darwin. Sin embargo, en el ámbito de la ciencia el principal introductor del darwinismo en México fue Alfonso Luis Herrera, quien en 1897 publicó sus Recueuil des lois de la biologie generale (Recopilación de las leyes de la biología general), escrito en francés pero publicado en México, que es considerado el primer texto claramente darwinista en el país, ya en una perspectiva científica.
El origen de las especies es indudablemente uno de los textos fundamentales para la construcción del mundo contemporáneo, donde la idea de la selección natural nos permite entender la génesis de la diversidad biológica. ¿Qué somos, de dónde venimos y adónde vamos? De ninguna manera es una teoría que sostenga que venimos de los monos, sino el entendimiento del sentido de la vida y la explicación de todo lo que existe biológicamente hablando.
La historia de la construcción de la teoría evolucionista darwiniana es apasionante y muestra el proceso de desarrollo de una teoría científica muy diferente a la idea absurda del “el método científico”, donde la base metodológica es la observación, la comparación sistemática y la reflexión racional, y de ninguna manera la experimentación. Cuando se funda en México la Escuela Nacional Preparatoria, bajo el imperio de la filosofía positivista de Auguste Comte, en un afán de deificación de la ciencia y el culto al llamado “método científico” se creó en honor del primer director de la preparatoria Gabino Barreda, que se asumía como discípulo de Comte, la Sociedad Metodófila “Gabino Barreda”, es decir de “los amantes” del método. En dicha asociación después de arduas discusiones se llegó a la conclusión de que la teoría darwinista de la evolución no podría considerarse científica por no ajustarse a los cánones del “método científico”, lo cual da cuenta de la cerrazón ideológica que marca la distancia de la teoría evolucionista con el cientificismo anacrónico de su época.
Como apunta Oliver Sacks: “todos conocemos la historia canónica de Charles Darwin: el joven de 22 años que se embarca en el Beagle rumbo a los confines de la tierra; Darwin en la Patagonia; Darwin en la Pampa Argentina… Darwin en Sudamérica, recogiendo huesos de gigantescos animal extinguidos; Darwin en Australia —donde todavía es creyente—, atónito al ver por primera vez un canguro (‘seguramente el mundo es obra de dos creadores distintos’) y, naturalmente, Darwin en las Galápagos observando que los pinzones eran distintos en cada isla, comenzando a comprender de una manera completamente nueva cómo evolucionan los seres vivos, algo que, un cuarto de siglo después daría como resultado la publicación de El origen de las especies.”
“La historia alcanza aquí —seguimos con Sacks— su clímax con la publicación de El origen… en noviembre de 1859. Cuenta con una especie de epílogo elegiaco: la visión de un Darwin mayor y achacoso, en los 20 picos de años que le quedan, entreteniéndose en sus jardines de Down House sin un plan ni propósito concreto, quizás publicando un libro o dos, aunque su obra importante ha completado ya hace tiempo.”
El origen de las especies es un obra que transformó el mundo, que además trastocó las mentalidades, permitiéndonos entender a la evolución como un fenómeno de poblaciones y no de individuos, además de conjugar el entendimiento de la relación entre variación y selección, una unidad dialéctica que se resume plenamente en el título de la obra de Monod, El azar y la necesidad, donde el azar implica la variación y la necesidad la selección natural.
La obra de Darwin resume de manera magistral la esencia del flujo de información en los sistemas biológicos, concepto que en ese momento histórico no se conocía pero que Darwin y los darwinistas intuyeron.
Para mí, pensar en el darwinismo y en la teoría de la evolución es algo extraordinario. Mi primer trabajo cuando ingresé como profesor ayudante “A” en 1981 a la UNAM fue enseñar evolución (Biología General II se llamaba la materia, semioptativa con Biología Molecular, en el plan de 1966, de manera que hubo generaciones que no cursaron evolución y otras que no llevaron biología molecular). Luego, después de varios años enseñando la disciplina en la ENEP-Iztacala de la UNAM y luego en la Escuela de Biología de la UAP, que dirigía, siempre acrecentó mi pasión por la teoría evolucionista darwiniana, y luego la teoría sintética de la evolución, que conjuga el darwinismo con la genética de poblaciones, de donde proviene su nombre.
El evolucionismo no tendría cabida en el Reino de Ubú: es algo demasiado rebuscado y elaborado para su mentalidad simple. Por fortuna en México, y en otros países de América, como Brasil, Argentina y Venezuela, el darwinismo fue introducido, en ocasiones fallidamente y con retraso, lo que permite ver un mundo distinto al imperio de las phinzanzas o la introducción de palitroques en las onejas como forma de tortura y no de selección natural.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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