Ismael Ledesma Mateos
Si al Padre Ubú le habláramos de “método científico” con seguridad pensará que se trata de un procedimiento para utilizar correctamente las “tenazas de descerebración”, de introducir los “palitroques en las onejas” o realizar la “arrancadura de cabellos”; nunca pensaría que se trata de una poderosa ideología que ha distorsionado la imagen de la ciencia y la investigación. Veamos algo de historia al respecto.
En el mundo antiguo hubo un intento de encontrar la explicación de la realidad y la naturaleza en su conjunto por contacto directo con las cosas y luego procesarlas de acuerdo a un método, la lógica deductiva de Aristóteles. Anteriormente, durante la Edad Media se pensó que el conocimiento se debía centrar en ese saber heredado, por lo que junto la palabra divina se encontraba el sustento de la autoridad del máximo filósofo de la Grecia clásica.
Más adelante, en el siglo XVII, la antigua lógica de Aristóteles, el Organon, fue enriquecida con otra perspectiva, la de Francis Bacon, que en su Novum Organum planteó la inducción como otra forma de método para llegar a la verdad, considerando que el conocimiento procede también de la aprehensión directa de los hechos, lo cual condujo al inicio de una visión experimentalista propia de lo que actualmente llamamos ciencias fácticas, donde se parte de los hechos (factum), se reflexiona y se retorna nuevamente a ellos.
En el siglo XIX el impacto del fisicalismo, aunado al efecto social de la revolución industrial y la idea del avance científico-técnico como sinónimo de progreso, llevó al desarrollo de filosofías como el pragmatismo y el empirismo ingleses, y en Francia al positivismo de Auguste Comte, quien lleva a la consolidación de la idea de un método como el eje central del conocimiento y de las ciencias. Para Comte, en su teoría de los tres estadios, el científico es el más elevado y se basa en la contundencia de la aceptación de un método. Esta corriente filosófica fue de gran impacto, al extremo de que en algunos países, tanto europeos como americanos, el positivismo fue aceptado como filosofía oficial y en ella se basó la estructura de la enseñanza en la parte final del siglo XIX, con la consecuente afirmación del llamado método científico.
En México, con la derrota de la invasión francesa y del Segundo Imperio, el gobierno de la República Restaurada mantuvo el espíritu cientificista basado en el positivismo (a pesar de ser una filosofía proveniente de Francia) y puso en manos de un positivista comtiano radical, Gabino Barreda, el proyecto educativo más importante de su momento, la creación de la Escuela Nacional Preparatoria, en la cual se constituyó la Sociedad Metodófila “Gabino Barreda” en honor a su fundador.
Un ejemplo de los usos excesivos de esta postura fue la discusión de la teoría darwiniana de la evolución, donde en el seno de esa sociedad se la juzgó y se decidió rechazarla, por carecer de las pruebas experimentales necesarias para darle sustento, dado que el canon del método científico que ellos sostenían, el tan trillado que se repite hasta nuestros días, era el de la observación, formulación de hipótesis, experimentación y comprobación.
Estabilizada la situación política del país luego de la Revolución, la idea de la ciencia como motor del progreso volvió a ser determinante, y aunque en todo momento se mostraron los resabios del positivismo, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, en el régimen de Manuel Ávila Camacho, el acercamiento de la visión de la ciencia norteamericana fue creciente; con ello, el positivismo resurgió como ideología predominante en el mundo de la ciencia, lo que llegó a convertirse en un obstáculo epistemológico que impidió la posibilidad de concebir la ciencia de una manera distinta.
En el contexto de la “guerra fría”, la ciencia estadunidense buscó tener gran presencia en América Latina y más luego de la revolución cubana. Aprovechando los grandes avances de la ciencia occidental se buscó su difusión mundial, tal como ocurrió con los programas de la Dirección de Asuntos Científicos de la OEA.
La revolución científica operada en biología con la elucidación de la estructura de la molécula del ADN, explicación última de la herencia y uno de los principales “secretos de la vida”, sirvió de instrumento para estas acciones y en ello el uso ideológico del método científico tuvo un papel esencial.
Sin embargo, la simpleza del método científico no pasa una prueba rigurosa de contrastación con la realidad, y quienes hemos realizado investigación directa en un laboratorio deberíamos ser conscientes de ello. ¿Acaso es posible que un conjunto de ingenuas reglas nos puedan conducir a la verdad?
Sin embargo, esa postura ha sido por décadas el asiento de una enseñanza basada en prácticas, cuando mucho demostrativas, que dejan poco o nada en la mente de los estudiantes, con la consecuente “formación” de científicos acríticos que hacen investigación técnicamente impecable y teóricamente vacía, suponiendo que “hacen ciencia”; por cierto muy costosa, económica y socialmente.
Haga usted la prueba: pregúntese a sí mismo o cualquier persona: ¿qué es la ciencia? Muy probablemente encuentre respuestas que relacionan esta importantísima actividad humana con la existencia de “un método”, el “método científico”.
Se trata de una idea sumamente acendrada en diversos ámbitos, sobre todo en el académico y en el educativo, reforzada en los medios de comunicación. Su cuestionamiento genera enorme resistencia, pues sus raíces provienen, como ya se mencionó, de muy atrás, lo que contribuye a la gran fuerza que posee.
Las posturas críticas al legado del positivismo y sus variantes del siglo XX son relativamente recientes. En 1970 se publicó en Estados Unidos un libro que resultó estremecedor en el ámbito de la ciencia, Contra el método. Esquema de una teoría anarquista del conocimiento, de Paul K. Feyerabend (una versión previa de su Tratado contra el Método, de1975), obra extraordinaria que con fundamentos en una renovada visión de la historia de la ciencia, en particular del caso de Galileo y de otros ejemplos de la historia de la física, cuestiona la existencia del mencionado “método”, de ahí su beligerante título. Esta publicación se da como acontecimiento inmediato al primer golpe desgarrador a la visión idílica, cursi e ingenua de la ciencia, la que realizó Thomas S. Kuhn en 1962 en su obra La estructura de las revoluciones científicas, donde plantea que el criterio que define lo científico no depende de la recta aplicación de un “método”, sino de un acuerdo entre un grupo humano: la comunidad científica, que es quien determina lo que se considera científicamente válido, con lo que abrió la caja de Pandora…
Una consecuencia del cuestionamiento a la imagen tradicionalista de la ciencia fue el surgimiento de numerosas escuelas de pensamiento, siendo una de las principales la de los “estudios de laboratorio”, que implican un trabajo etnográfico directo para entender cómo se hace la investigación, con el principio de investigar la ciencia, tal como ella se hace, planteado por Bruno Latour y Michel Callon.
Luego de Kuhn, Feyerabend y Latour, con lo que metafóricamente decimos la “caja de Pandora” abierta, pues abrió el cuestionamiento de la neutralidad y la pureza de la investigación, sembrando dudas inquietantes, la visión de la ciencia se volvió cruda y desgarradora, pero, como en el mito griego, en el fondo de esa caja se encontraba un hada, la esperanza, esa que debemos tener para creer que pensando con rectitud y claridad, sin prejuicios y sin dogmas, se puede llegar a comprender la realidad y transformarla.
¿Comprender la realidad y transformarla? ¿Qué es eso?, diría Ubú Rey, pues para él lo único importante y que quizás podría ser científico es la cobranza de impuestos, para continuar siendo “el Señor de las Phinanzas”.









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