Ismael Ledesma Mateos
En el proceso de preparación mediática del V Informe de Gobierno de la Presidencia de la República, apareció en televisión un promocional en el que Enrique Peña Nieto conversa respecto a los logros de México en ciencia y tecnología con un ingeniero que produce turbinas para aviones. Su nombre es Vladimiro y es el director de General Electric en Querétaro. Le pregunta cómo van las cosas en la industria aeroespacial. A lo cual Vladimiro responde orgulloso: “Cada dos segundos despega en el mundo un jet comercial impulsado por turbinas que han desarrollado ingenieros mexicanos.” El presidente comenta al final del espot que México debe seguir apostando a la ciencia y la tecnología para su futuro, para concluir con su eslogan: “Lo bueno cuenta y queremos que siga contando.”
Sobre el tema los investigadores Eugenio Frixione (del Cinvestav) y Juan Pedro Laclette (de la UNAM y expresidente de la Academia Mexicana de Ciencias y coordinador del Foro Consultivo Científico y Tecnológico) escribieron un artículo genial titulado: “Las turbinas de Vladimiro y la investigación científica” (La Jornada, 23 de septiembre de 2017) que nos lleva a una importante reflexión, necesaria en el contexto del proceso electoral que se avecina. ¡Cómo es posible que se diga esto para promover “los logros del Gobierno”! cuando, como señalan los autores, “el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), principal conducto de distribución de los recursos destinados a la investigación científica y tecnológica, vio recortado su presupuesto en 23 por ciento respecto de 2016 y se temen nuevos recortes para 2018”.
En el reino del Padre Ubú la política científica y tecnológica que implica un componente económico era algo inexistente. Ahí no había investigación de ningún tipo y por ello no sería tema de su interés y preocupación. Si la palabra pasara por su cabeza la asociaría con la idea de investigar a sus posibles opositores para anularlos, o bien a sus súbditos para saber de sus riquezas y poder cobrar más y más impuestos, para fortalecer sus phinanzas. Así son los reinos donde la ciencia y la cultura forman parte de su sistema de valores fundamentales, donde todo gira en torno de la inmediatez.
La historia de las políticas públicas en ciencia y tecnología es un tema apasionante que requiere un abordaje serio y riguroso. Un periodo donde se dio un enorme reconocimiento a la ciencia y la tecnología para el desarrollo nacional fue el porfiriato, luego de que al darse la restauración de la República (con Juárez) se puso atención en el interés científico del imperio de Napoleón III acerca de nuestro país, durante la Intervención Francesa, por medio de la Commission Scientifique du Mexique, y se buscó atender ese aspecto crucial. Pero fue durante el largo mandato de Porfirio Díaz cuando se enfatizó en la creación de instituciones dedicadas a la actividad científica y tecnológica, siendo el Ministerio de Fomento de Colonización e Industria y el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes las instancias gubernamentales operadoras de esa labor.
En el México posrevolucionario hay momentos trascendentales ligados al desarrollo de la ciencia y de la tecnología: la creación de los institutos de investigación de la UNAM, la fundación del Instituto Politécnico Nacional, el establecimiento del observatorio astronómico de Tonantzintla en Puebla, la creación de escuelas y centros e institutos de investigación en el interior de la República, y entre muchos otros debe destacarse la fundación del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados (Cinvestav, antes CIEA) en el sexenio de Adolfo López Mateos, así como la creación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología en el sexenio de Luis Echeverría Álvarez, que le encomendó al ingeniero Eugenio Méndez Docurro ser su primer director, al mismo tiempo que era secretario de Comunicaciones y Transportes (curiosamente, el mismo hombre que impulsó la creación del Cinvestav). Hacer un recuento de todos los acontecimientos ocurridos en esas décadas en torno a la ciencia y la tecnología resulta apasionante e implica arduas jornadas de investigación y procesamiento de la información.
Se trata de etapas de la historia nacional, en la que hubo hombres visionarios, con capacidad para crear instituciones, teniendo en la mente un proyecto de nación, cosa que creo ya se ha perdido. Méndez Docurro fue el artífice de los inicios del Conacyt y a partir de su gestión se incorporaron grandes científicos como el Dr. Raúl N. Ondarza, un gran biólogo que tuvo la energía para impulsar la creación de los primeros centros de investigación en el interior de la república, que ahora conocemos como Centros SEP-Conacyt, de valor incalculable para el avance científico y tecnológico del país.
En una entrevista publicada en Ciencia y Desarrollo, Gerardo Bueno Zirión, director general del Conacyt de 1973 a 1976, dice que: “Entre 1970 y 1976, el presupuesto para ciencia y tecnología aumentó considerablemente, pasando de 400 millones de pesos a 2,400 millones… Muy pocos presidentes, después del Lic. Echeverría, tuvieron una visión de largo plazo para el desarrollo científico y tecnológico. El presidente Echeverría se reunía frecuentemente con científicos, lo cual no ha sucedido últimamente. Si desde el punto de vista de asignación de recursos no se hace un esfuerzo, las cosas seguirán su inercia. México pierde capacidad competitiva año tras año. En todos los países donde hay un desarrollo científico y tecnológico importante, hay también un desarrollo económico, social, y político que es importante; son países que tienen un mayor potencial. Pero, lo que no hagamos por nosotros mismos, nadie lo va a hacer.”
En nuestra juventud muchos teníamos expectativas en el avance de la ciencia mexicana. ¡Había una esperanza! Yo, que empezaba mi formación en los setenta la tenía, ¡pero algo pasó! El advenimiento del neoliberalismo trastocó las cosas de una manera impresionante. Por ejemplo, cuando yo era estudiante de maestría se comenzaba a discutir en los pasillos de las instituciones el asunto de dar prioridad a la tecnología sobre la ciencia, al grado de que se bromeaba diciendo que debía de cambiarse el nombre de Conacyt a Conatyc, poniendo en primer término a la tecnología. Se trata de un debate que no debe de ser soslayado, que implica el orden de prioridades entre la ciencia básica y la ciencia aplicada y, en consecuencia, de la tecnología. Pero ¿en esos regímenes se ha apoyado con decisión a la tecnología nacional desarrollada en las instituciones públicas? Yo creo que no, y nos encontramos ante un ejemplo de ello.
En el caso de “las turbinas de Vladimiro” tenemos a una gran empresa trasnacional, General Electric, ubicada en Querétaro. Su presidente y director general es Vladimiro de la Mora. Debe estar orgulloso de lo logros alcanzados durante su gestión, pero la pregunta es si deben considerarse como algo mexicano. En el mencionado artículo Frixione y Laclette apuntan: “Quizá al igual que General Electric y otras grandes empresas trasnacionales hayan recibido de nuestro erario fondos suficientes para sus actividades de innovación tecnológica. Desafortunadamente no se puede decir lo mismo de los laboratorios en universidades y otras instituciones que desarrollan investigaciones científicas de clase mundial. Existen hoy proyectos en curso que deberán suspenderse o se han detenido por falta de recursos, así como estudiantes de posgrado que soñaban con dedicar su vida al desarrollo de la ciencia mexicana y ahora contemplan otras opciones. […] Es posible que para las autoridades exista una enorme diferencia entre los productos que reportan ambas vías de investigación apoyadas con fondos públicos. Por una parte, como señala el presidente en la cápsula mencionada, los apoyos a las empresas atraen inversiones y representan fuentes de empleo, además de presencia competitiva de México en los mercados globales. En contraste, la investigación científica produce sólo publicaciones en medios de comunicación para especialistas. […] Conviene hacer notar que esta falta de comprensión acerca del papel del conocimiento en el desarrollo económico de los países, no es privativa de las autoridades mexicanas. Puesto que la ciencia básica genera nuevos conocimientos —un intangible— queda en gran medida fuera de los escenarios comerciales. De ahí que en la mayor parte de los países la ciencia básica es financiada por el Estado, a menudo con oposición de las fuerzas más conservadoras en el espectro político.”
La argumentación de los autores es contundente y da cuenta de un malestar presente entre investigadores y estudiantes de instituciones de educación superior e investigación científica. Enrique Cabrero Mendoza, director general del Conacyt, respondió en el mismo diario el 2 de octubre de 2017 en un artículo titulado “¿Dónde está México en ciencia y tecnología?” Escribe que los autores hacen insinuaciones apresuradas. Y prosigue: “Con respeto para mis queridos colegas, creo que estas frases las tomaron de algún documento de crítica a la política científica de hace algunos años y rápidamente lo traen a la mesa, convencidos que nada ha cambiado.” Luego, con una retórica claramente gubernamental, enumera datos que en nada conducen a refutar lo dicho en el artículo anterior.
Al mejor estilo en que el Capitán Bordura saldría en la defensa de Ubú Rey, el director de Conacyt sale en la defensa de las políticas en ciencia y tecnología de este sexenio, lo que es de esperarse de quienes están al servicio del poder.
¡Para mí es suficiente!









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