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El laboratorio para mover el mundo

· mayo 26, 2017

 

Ismael Ledesma Mateos

 

Fui por la mañana a realizarme unos análisis clínicos, pues tengo la costumbre de hacerme dos por año —aunque el año pasado no seguí mi norma—, y en la espera me puse a reflexionar acerca de la importancia social del laboratorio, más allá de la ciencia y la educación. Evidentemente un laboratorio clínico no es un laboratorio de investigación ni de enseñanza, pero es un laboratorio al fin y al cabo y se basa en los procedimientos y técnicas que se derivan de las ciencias. Se trata de un proceso complejo, que en última instancia implica lo que en sociología llamamos operaciones de traducción, donde la ciencia básica “se traduce” en un conjunto de aplicaciones útiles para la sociedad, derivadas de la tecnología.

En el Reino de Ubú no había laboratorios, en ese mundo que él simboliza las ciencias son algo inexistente, sólo importa el poder individual, cuya finalidad esencial son las phinanzas, pero para su peculio propio, siendo el conocimiento y el saber algo que carece de valor, salvo que sea de utilidad para el enriquecimiento y la posibilidad de contar con formas más perfectas de control, tal como ocurre con los gobiernos totalitarios más salvajes y elementales —puesto que otros más avanzados han sabido utilizar muy bien el conocimiento, para sus aviesos fines—, puesto que la ciencia es algo que debe verse como indisociable del poder, constituyendo en realidad una unidad integral.

El laboratorio es una materialización del desarrollo científico y tecnológico, es un espacio “híbrido” donde se conjugan los conocimientos con la acción específica de los hombres, y que a partir del siglo XIX adquiere un poder enorme. En los siglos XVII y XVIII tenemos ejemplos emblemáticos de experimentos de laboratorio, muchos de ellos que podríamos considerar incluso “caseros”, pero es en este último periodo donde aparecen los primeros laboratorios estructurados, siendo el más representativo de ellos el de Antoine Laurent Lavoisier, donde se realizaron los emblemáticos experimentos acerca de la combustión, que marcan el inicio de la constitución de la química como ciencia.

Sin embargo, indudablemente el siglo del ascenso del impacto del laboratorio será el siglo XIX, fundamentalmente durante su segunda mitad, siendo impresionante el papel de los laboratorios de la naciente ciencia de la biología, donde destacan los dedicados a la fisiología y la microbiología y en el caso de esta última disciplina de la biología, la manera como fue aprovechada por la medicina, creando un nuevo estilo de acción, diferente al de la medicina hipocrática y galénica, sino una con una “orientación científica” —sin que eso signifique que la medicina sea una ciencia en sentido estricto— dando inicio a lo que será una práctica interdisciplinaria, con un enorme ascendente social.

Como Claire Salomon Bayet afirmó: “Ha habido siempre alguien —hechicero o médico— para sanar las enfermedades. Pero ¿qué caminos hubo que recorrer para que el viviente deviniera en objeto de la ciencia, para que la cama del enfermo se sustituyera o ajustara al espacio del laboratorio?”

En este proceso un evento determinante fueron las investigaciones de Louis Pasteur y lo que se denomina la “revolución pasteuriana”, que marca un periodo que se llama de la “pasteurización de Francia”, donde una sociedad se modifica como consecuencia del surgimiento de una ciencia y de manera conjunta con ella, lo que muestra la relación indisoluble entre ciencia y sociedad.

Bruno Latour es quien ha planteado esta tesis, siendo —junto con Karin Knorr Cetina— uno de los precursores de los llamados “estudios de laboratorio”. El libro La vida en el Laboratorio. La construcción de los hechos científicos, de Latour y Woolgar, es una obra emblemática de estas investigaciones, analizando desde una perspectiva etnográfica un laboratorio de biología molecular del siglo XX; pero luego de ello Latour se centró en un laboratorio del siglo XIX, el de Louis Pasteur, lo que condujo a que escribiera un texto ya considerado clásico: “Dadme un laboratorio y moveré al mundo”, paráfrasis de la frase de Arquímedes, “Dadme una palanca y moveré el mundo”. Este texto de Latour constituye un clásico que aborda las diferentes estrategias que se utilizan en la investigación de laboratorio.

Publicado en 1983 este artículo, conocido mundialmente por su título en inglés, de manera abreviada: “Give me…”, ha sido uno de los más importantes referentes para los “estudios sociales de la ciencia y la tecnología”. En la parte titulada “Dadme un lugar para colocarme y moveré la tierra”, Latour comienza diciendo: “Estamos en el año de 1881, la prensa francesa semipopular y científica rebosa artículos acerca del trabajo llevado a cabo en cierto laboratorio, el de Monsieur Pasteur en la École Normale Superieure. Día tras día, semana tras semana, periodistas, científicos, médicos e higienistas centran su atención en lo que ocurre en unas cuantas colonias de microbios en distintos medios: bajo el microscopio, dentro de animales inoculados, en las manos de unos pocos científicos. La simple existencia de tan enorme interés muestra la irrelevancia de una distinción demasiado clara entre el ‘interior’ y el ‘exterior’ del laboratorio de Pasteur. Lo que es relevante es el breve circuito establecido entre gran cantidad de grupos sociales, normalmente indiferentes respecto a lo que ocurre dentro de los muros del laboratorio, y laboratorios normalmente aislados de tal pasión y atención. De algún modo, algo está ocurriendo en estos cultivos de microbios que parece ser directamente esencial para los proyectos de todos los grupos sociales que expresan sus preocupaciones en los periódicos. El interés de la gente ajena a los experimentos de laboratorio no es algo dado: es el resultado del trabajo de Pasteur intentando enrolarlos y alistarlos.”

En efecto, la estructura del discurso de Pasteur y su forma de argumentación apuntaba no sólo al ámbito científico, sino al social y político: conocer a los microbios para mejorar o mantener la salud, para preservar e incrementar la calidad del vino y la cerveza o favorecer la higiene y fomentar la vacunación son algunos de los elementos utilizados para involucrar a la sociedad y mover el mundo por medio del laboratorio. Pasteur sin duda era un político eficaz (para mí no es un científico admirable); no hay que mistificarlo, pero sí valorarlo en sus justos términos. No se trata de hacer elegías o hagiografías, sino ubicar las cosas en su contexto histórico y social, y es ello lo que pretendo hacer.

Existen varias etapas en este proceso: un “primer movimiento” es captar los intereses de los otros; un “segundo movimiento” es mover el punto de apoyo de una posición débil a una fuerte; el “tercer movimiento”, consecuencia del anterior, es mover el mundo con la palanca. Todo ello deberá conducir a la disolución de la “dicotomía dentro/fuera”, que implica hacer que la sociedad se involucre plenamente con la ciencia y viceversa y buscar la “destrucción de las diferencias de escala”.

Como dice el texto, sería una concepción débil de la sociología si lo único que mantuviera al lector es que la microbiología “tiene una influencia” o “está influida por el contexto social del siglo XIX… Los laboratorios de microbiología son unos de los pocos lugares en los que la composición misma del contexto social se ha metamorfoseado. No es una tarea pequeña transformar la sociedad de tal modo, que pase a incluir en su propio tejido, microbios y vigilantes de microbios”. Se trata de dos fuerzas comparables en su característica esencial. Los laboratorios y los microbios que se controlan en ellos son nuevas fuentes de poder para modificar la sociedad de su época.

Ésta es la historia de cómo un laboratorio pudo mover al mundo de su época, en particular a la sociedad francesa, lo cual se convirtió en un fenómeno recurrente en Europa en el siglo XIX y posteriormente en los Estados Unidos. La incorporación de países como México y Argentina a estos procesos tendrá evidentemente un retraso, pero una realidad que en ocasiones no es percibida claramente por la mayoría de la población es cómo los laboratorios son determinantes en nuestras vidas, y no sólo los ligados a disciplinas biológicas, sino también los de física y electrónica, los de ingeniería y robótica; y bueno, por ejemplo, los teléfonos móviles, tan adorados por la gente, se diseñan y prueban en laboratorios; el mismo narcotráfico que nos azota requiere de laboratorios para el procesamiento de las drogas, y no se diga de los medicamentos.

La Madre Ubú y el Capitán Bordura le dirían al Rey Ubú: ¡Qué cosas tan rebuscadas!, los microbios son los pobladores que no pagan sus impuestos a tiempo y que ¡es necesario castigar! Ubú les daría la razón y diría: ¿laboratorios para qué?, pero a pesar de lo que ellos piensen, el mundo no es así.

¡Por hoy es suficiente!

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