Ismael Ledesma Mateos
El lunes 31, en el canal 14.1 de televisión, pude ver la magnífica película El infierno de todos tan temido (1979), dirigida por Sergio Olhovich y basada en el libro homónimo de Luis Carrión. Producida por Conacine –en una época trascendental para el cine mexicano, que fue protagonizada por Manuel Ojeda. El filme se empezó a rodar en enero de 1979 en los Estudios Churubusco y en el Hospital Psiquiátrico de Tlalpan, pero se estrenó hasta el 10 de septiembre de 1981, lo que me lleva a pensar que fue “enlatada” un tiempo debido a la aguda crítica a las instituciones psiquiátricas y su uso represivo en relación a posiciones políticas, sobre todo después del movimiento de 1968.
El argumento es muy oportuno para la época. Se trata de un joven escritor que había participado en el movimiento estudiantil del 68 y que después del conflicto busca continuar con su vida intelectual, pero se hunde en el alcohol y las drogas. Depresivo, adicto y conflictivo, convencido de sus posturas políticas, renuncia a su trabajo en una productora cinematográfica y luego de una crisis neurótica agravada por una bestial borrachera es internado en un manicomio. Pero como muchos de los “pacientes”, en realidad no está loco, y dándose cuenta de la aberrante situación, consigue que los amigos que lo visitan le lleven armas. Así consigue encabezar una rebelión de los internos en contra de las autoridades del hospital para luchar contra las represalias y los tormentos que sufrían.
Esto nos lleva a reflexionar acerca del problema de lo que se denomina “la violencia psiquiátrica”, que constituye un conjunto de prácticas médicas que pudieran considerarse criminales: la aplicación de electrochoques, baños de agua helada, confinamiento en celdas de aislamiento, la aplicación de insulina para producir un estado de shock (el shock insulínico), así como la administración de diversos psicofármacos, e incluso la realización de una cirugía denominada “lobotomía prefrontal”, todo encaminado a anular la voluntad del individuo y su capacidad de pensamiento. Es cierto que es necesaria la atención psiquiátrica en muchas ocasiones muy especiales, pero no de esa manera.
En México, como en la Unión Soviética y los Estados Unidos, por decir solo algunos países, se utilizó como un arma de represión política. Había soluciones diferentes: una era la cárcel y otra el confinamiento psiquiátrico, lo cual era también utilizado por familias para apoderarse de herencias y propiedades. Existen obras cinematográficas de gran valor acerca del tema. Aquí recuerdo El paciente interno, un documental mexicano dirigido por Alejandro Solar Luna donde se aborda, a partir de la investigación periodística de Gustavo Castillo García, el caso de Carlos Francisco Castañeda de la Fuente, ferviente católico quien el 5 de febrero de 1970, a los 29 años de edad, trató infructuosamente de asesinar al entonces presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz como venganza personal por los eventos del 2 de octubre de 1968.
Castillo García consigue una pistola Luger y en un acto político donde estaría el Presidente consigue hacer un solo disparo, el cual le dio a un automóvil que no transportaba al Presidente sino al general Marcelino García Barragán, Secretario de la Defensa Nacional, sin herir a nadie. Por esa razón pasó 23 años de su vida encerrado en el hospital psiquiátrico “Samuel Ramírez Moreno”. El expediente del caso formó parte de las investigaciones de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp). La película da cuenta de las condiciones que vivió tanto en el hospital psiquiátrico como ante los mandos policíacos y deja ver la actitud prepotente de los médicos psiquiatras con su indiferencia, su actitud proclive a la tortura, injusticia, negligencia administrativa en el hospital, burocracia y todo aquello que caracteriza a la psiquiatría tradicional.
El caso de El paciente interno es un referente en la historia política de México. Desde joven, cuando veía algunos pordioseros e indigentes con un aspecto que no correspondía a gente pobre, me llamaban la atención. Años después escuché a alguien decir que creía que eran militantes políticos de la época de la “guerra sucia” que fueron enloquecidos y luego aventados a la vida en situación de calle. Una técnica utilizada en estrategias represivas es la “inyección intratecal”, donde se introduce en el cerebro alguna sustancia psicoactiva para enloquecer o idiotizar a una persona, y es creíble que esto pudo haberse utilizado en aquella época, lo cual sería digno de una investigación seria.
En la década de los setenta surgió con fuerza un movimiento denominado antipsiquiatría, que cuestionaba fuertemente el uso de esta disciplina como un instrumento represivo en todos los órdenes de la sociedad. En ese orden de ideas, David Cooper escribió La muerte de la familia (1972), uno de los textos fundamentales de la antipsiquiatría, que muestra a la familia como una institución social generadora de patologías psicológicas. También debe mencionarse al respecto la obra de Franco Basaglia, La institución negada. Informe de un hospital psiquiátrico (1970), y el gran libro coordinado por Franco Basaglia y Franca Basaglia Ongaro, Los Crímenes de la Paz. Investigación sobre los intelectuales y los técnicos al servicio de la opresión (1971), que incluye textos de autores trascendentales respecto del tema de la locura como Michel Foucault, Robert Castel, Rene Lourau, Ronald D. Laing y Thomas Szasz, entre otros. Ronald D. Laing escribió también El yo dividido. Un estudio sobre la salud y la enfermedad (1960), obra precursora del pensamiento antipsiquiatrico.
Foucault, con su tesis Historia de la locura en la época clásica (1961), es otro referente crucial para el entendimiento de este fenómeno que conduce al cuestionamiento de la psiquiatría y a pensar en la antipsiquiatría, y que posteriormente tiene una visión sintética en su obra El poder una bestia magnífica (1994), donde aborda la temática del poder, la prisión y la vida, que implica considerar al manicomio como una estructura de poder similar a la prisión.
En este momento me viene a la mente la imagen de Ubú Rey ordenando algo análogo a lo que se haría en un manicomio como forma de castigo y represión: ¡Que les pongan palintroques en las onejas y que les apliquen las tenazas de descerebración!
¡Vamos a interrumpir aquí!









No Comments