Ismael Ledesma Mateos
En la edición del 31 de marzo la imagen de esta columna fue la de un bello gato, al lado del libro Pastoral americana de Philip Roth (1997), del cual se derivó la película El fin del sueño americano (2016), de Ewan McGregor, que da cuenta de la historia de El Sueco, Seymour Levov, su mujer y su hija, Merry, personaje tartamuda que asume una posición política radical e interviene en la realización de un acto terrorista. Como en todas las novelas de Philip Roth, la existencia se presenta de manera desgarradora, lo que me lleva a recordar la frase de Sartre: “existir es beberse sin sed”, y la de Ortega y Gasset: “la vida nos dispara a quemarropa”.
Para el Padre Ubú la existencia es el medio de producción de las Phinanzas, y no tiene idea del significado de la pasión, con todas sus polimorfas implicaciones, de las cuales Philip Roth sabe bien dar cuenta, como consecuencia, entre otras, de su infancia judía. Ubú Rey no tuvo a una hija subversiva, que hubiera combatido a su reino y le hubiera puesto bombas, por lo que esta narración le parecería boba, tonta o estúpida, pero no lo es. Se trata de una joven que toma conciencia de un momento crucial de la historia y que asume una postura, un compromiso, que la lleva al acto terrorista.
La novela se ubica en el contexto de los Estados Unidos, inmersos en la guerra con Vietnam, cosa que fue impactante para su sociedad y para todas las del mundo. Yo crecí con la imagen de esa guerra, que me impulsó a tomar una posición de izquierda; y eso ocurrió en la mente de esa jovencita, que decidió volverse radical, al grado de perpetrar un acto terrorista. La guerra de Vietnam fue un acontecimiento que afectó a la juventud de todo el mundo. Era algo extraño y atroz, que costaba trabajo entender, y Merry, la hija de El Sueco, lo resintió enormemente, en una condición psicológica particular, que llevó a su tartamudez y que tendría que ver con el choque de dos culturas: la judía (por la parte paterna) y la católica (de parte materna).
El título de la novela tiene que ver con esta idea, pues Pastoral americana sería el día en el que judíos y cristianos (católicos o protestantes) conviven, sin considerar las diferencias en sus credos; como en toda la obra de Roth esta contradicción está siempre presente.
Se trata de uno de sus más aclamados libros —a mí me gustan más otros—, que por su calidad fue merecedor al Premio Pulitzer y la National Medal of Arts y forma parte de la llamada “Trilogía Americana, que incluye otras dos novelas: Me casé con un comunista y La mancha humana.
Es muy interesante cómo el acto terrorista de Merry irrumpe en pleno contexto de la guerra fría, ligado al impacto de Vietnam. Ésta es una imagen de los Estados Unidos que no todos podemos ver: un país en el que un sector de su población, principalmente joven, está en contra de lo establecido. De ahí otro aspecto trascendental de la novela: El Sueco aparece como un hombre ejemplar, casado con una miss Nueva Jersey y heredero de la fábrica de su padre, hasta que en 1968 se da cuenta que la América que anheló no existe, se hundió.
Su hija tartamuda le revela a El Sueco una realidad que no notaba: la vida real es más dura y cruda que una imaginaria y color de rosa. Eso fue revelado con el acto terrorista de la joven, que vuela una tienda (en la película una estación de gasolina), luego de que el propietario eleva la bandera de los Estados Unidos, escena muy simbólica que da cuenta de la diferencia entre la posición política del comerciante y la de la muchacha comprometida con la lucha en contra de la guerra en Vietnam.
Esto puede motivarnos pensar en la importancia del espionaje en la guerra fría. Merry ejecutó un acto terrorista, pero ella y toda su familia fueron víctimas de la acción policial en torno de ese suceso. Se trata de un país donde la fobia anticomunista montó un aparato impresionante para “vigilar y castigar”, el cual operó no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo.
Curiosamente, cuando estaba escribiendo este texto, pude ver en TV-UNAM un programa extraordinario acerca de la CIA, donde agentes reales, funcionarios de alto nivel de la agencia, contaban operaciones en las que estuvieron involucrados, tal como sus acciones en Irán, el armamento de los “contras” en Nicaragua, o la forma como entrenaron a los talibanes de Afganistán, con especial atención en su dirigente Osama bin Laden, un verdadero agente de la CIA.
Merry es una adolescente que se hace terrorista por su repulsa a la guerra contra Vietnam. Es en los hechos una niña tartamuda con gran conciencia social, que toma una posición política, que la aleja de la comodidad de la vida burguesa de su familia (de hecho es una psicóloga quien la pone en contacto con los grupos radicales que la llevan a realizar el acto definitorio de la narración). Pero algo importantísimo es la claridad en el pensamiento de la joven, que tenía, junto a su tartamudez, sólidas convicciones que la llevaron a actuar como lo hizo.
Efectivamente, se trata del fin del sueño americano, gran mentira que bien puede llamarse la pastoral americana.
Roth es cruel y sagaz a este respecto, conoce perfectamente a su país y cómo funciona. Una nación que se basa en la simulación y la doble moral, que puede permitir la alternancia entre dos partidos de derecha (quizás uno más y otro menos), pero que de ninguna manera representan los intereses de las grandes mayorías de la sociedad y donde se sabe que la economía de guerra es una forma de fortalecer a los grandes capitales.
En mi mente se cruzan las imágenes de la película, la novela de Roth y el documental sobre la CIA. ¡Vietnam, la Guerra Fría! son parte de mi infancia, con lo que yo crecí, y esa guerra fue fundamental en mi formación. Pero ocurrió un evento determinarte para que terminara. Llegó al gobierno de Estados Unidos Jimmy Carter, quien era un marino formado en física e ingeniería nuclear, sabía montar cabezas de misiles balísticos y tenía muy claro el potencial de muerte que eso implica. Por eso, al llegar al poder, lo que buscó fue la paz. Memorable es la imagen en la que se besa —a la usanza rusa— con Leonid Brézhnev, lo que marca la intención de una etapa de distención, que no pudo ser, luego de la invasión soviética a Afganistán, que llevó a la CIA a darle armamento a los fundamentalistas islámicos.
Pastoral americana implica todo eso: la idea de reconciliación en la simulación… Y de pronto pienso en la maravillosa foto de Pancho Villa con Pershing y Patton, en la cual parecen muy amigos, y luego la incursión del héroe mexicano en Columbus vendrían a perseguirlo a México. Así son los rituales y las simulaciones: “hoy amigos, mañana enemigos, y luego pues quién sabe”. La novela de Roth nos deja esa clara idea de las relaciones humanas. El Sueco es un hombre coherente, que se confronta con su padre para casarse con una mujer católica, que de hecho negocian lo que es permisible o no, y finalmente queda al frente de la fábrica.
Pero Levov tiene una motivación fundamental para su vida: su hija, y es por ello que después de la explosión de la tienda de dedica a buscarla, hasta que finalmente la encuentra, verdaderamente destruida, en tanto que su bellísima mujer tomó el camino de dejarlo por otro. Aquí de nueva cuenta Roth muestra su enorme capacidad por dar cuenta de la naturaleza humana y sus veleidades, y lo hace por medio de dos mujeres, por la hija (terrorista, tartamuda) y la esposa (miss New Jersey) que muestran una contradicción que enriquece el relato, donde aparece la joven subversiva y la mayor católica, la madre, enfrentándose a un padre judío sin fuerza, pero lleno de amor a ellas. ¡Se ve cruel: lo es!
En la historia de una familia, Roth nos lleva a reflexionar acerca de múltiples facetas de la existencia humana, acerca de la familia y el poder, de la coacción y el chantaje, del amor y la pasión, de lo banal y lo perdurable. Como judío, el autor conoce perfectamente el peso de la familia, que ha sufrido, y que seguramente aparece en sus pesadillas, pero en el caso de El fin del sueño americano, el director lo plasma con magistralidad, y el subtítulo de la película dice mucho: “Una ordinaria familia radical”:
Ubú Rey y la Madre Ubú tuvieron una familia monárquica tradicional: no tuvieron hijos subversivos, que pusieran bombas en tiendas, y por ello estas cosas de las que escribo no estarían en su ámbito. Pero en el mundo de la subjetividad, sí lo están.
Éste es mi mundo, y los invito a él.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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