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El Conacyt, dependencia controversial

· octubre 22, 2018

Ismael Ledesma Mateos

El domingo 14 de octubre leí la columna de Roberto Rock, “Retrato hereje”, en El Universal, titulada “La rebelión de los dueños del Conacyt”, donde señala que “el equipo del presidente electo Andrés Manuel López Obrador ha determinado poner lupa sobre los presupuestos federales destinados a la promoción de la ciencia, la tecnología y la innovación, en particular en lo que toca al Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). Tiene la certeza de que se trata de un hoyo negro por donde anualmente miles de millones de pesos se esfuman bajo un esquema discrecional y opaco.”

En este bien documentado texto, se nos dice que en el actual sexenio el Conacyt gastó casi 127 mil millones de pesos “con resultados que especialistas en la materia califican de mediocres. Pero tal cantidad sólo representa 40% del total asignado al rubro de ciencia. Otros 250 mil millones de pesos se diluyeron durante la administración de Peña Nieto en una decena de dependencias más, en forma inconexa y muy poco transparente…” La inversión en ciencia, tecnología e innovación es algo fundamental para un país, pero su planeación es algo crucial, que debe ser manejado de manera estratégica. La pregunta es: ¿en los últimos sexenios las cosas han sido así?

El Conacyt fue fundado en el sexenio de Luis Echeverría Álvarez, concebido como un organismo público descentralizado del gobierno federal mexicano “dedicado a promover y estimular el desarrollo de la ciencia y la tecnología en [el] país. Tiene la responsabilidad oficial para elaborar las políticas de ciencia y tecnología nacionales”. Entre sus funciones se encuentra el otorgamiento de becas para realizar estudios de posgrado (maestría o doctorado), así como estancias posdoctorales en instituciones de educación superior de México o del extranjero.

El Conacyt evalúa y acredita los programas de posgrado que ofrecen instituciones de educación superior del país y aquellos que cumplen con altos grados de nivel académico son considerados como parte del Padrón Nacional de Posgrado de Calidad (PNPC). Paralelamente, el Conacyt maneja el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), mediante el cual se reconoce con un nombramiento especial y un estímulo económico a investigadores que hayan cubierto con una serie de criterios de formación y productividad académica y que se sometan a una supuesta “rigurosa evaluación de sus pares académicos”, lo cual en ocasiones genera severas dudas, pues en ese sistema “ni están todos los que son ni son todos los que están”. Otra de las funciones sustantivas del Conacyt es el apoyo a proyectos de investigación científica y tecnológica tanto en instituciones públicas como a empresas, lo cual se ha incrementado recientemente y ha sido severamente cuestionado.

En sus inicios el Conacyt representó una alternativa para el desarrollo nacional, como si en una especie de “cruda” por los atroces acontecimientos de 1968, Luis Echeverría hubiera querido resarcir de alguna manera el daño, como una reacción a un sentimiento de culpa, aunque en opinión de uno de los mejores directores que ha tenido esa institución, el Dr. Gerardo Bueno Zirión (el segundo, de 1973 a 1976), en realidad Echeverría “fue un presidente que, a diferencia de muchos que lo han sucedido, tenía una visión de largo plazo”.

Fue así que el 29 de diciembre de 1970 se publica en el Diario Oficial la creación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, iniciando sus labores formales en 1971, “proponiéndose la formulación de programas específicos para enfrentar la problemática del aprovechamiento de los recursos naturales, instrumentar acciones para solucionar las deficiencias en salud, alimentación, producción agropecuaria, industrialización, educación, desarrollo rural y descentralización de la investigación mediante la creación de centros de investigación foráneos, situación observable ya en el año de 1976 con la fundación de 15 centros de investigación distribuidos a través de la república”. En esta labor tuvo un papel determinante el Dr. Raúl N. Ondarza, uno de los más grandes biólogos mexicanos.

En muchos países existen dependencias gubernamentales encargadas de la promoción de la ciencia y de la tecnología y su apoyo, por ejemplo, el Consejo Nacional de la Investigación Científica (CNRS) en Francia, la Junta de Ampliación de Estudios (JAE) durante la República española y luego Consejo Superior de la Investigación Científica (CSIC) en España, o el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) en Argentina. México no podía estar al margen de esta dinámica y en consonancia en los años setenta surge el Conacyt, impulsado por quien sería su primer director, el Ing. Eugenio Méndez Docurro, que había impulsado en la década anterior la creación de una de las más importantes instituciones científicas, el Cinvestav.

Sin embargo, entre la época de su surgimiento y la actualidad, las cosas han cambiado. Las prioridades fueron otras y se comenzó a apoyar a instituciones privadas, en detrimento de las públicas, se cancelaron programas y se engrosó el aparato burocrático, enfatizando lo administrativo. Bien podría decirse que el Conacyt se convirtió en un “monstruo acéfalo”, donde incluso se llegó al extremo de aprobar proyectos, a los cuales se entregaban los recursos económicos necesarios, con un retraso inconcebible, cuando en el caso de las ciencias naturales que requieren compra de equipamiento o reactivos importados; su costo había cambiado, por lo que la asignación presupuestaria era insuficiente.

Basta hablar con “investigadores de a pie”, que no corresponden a la “élite privilegiada”, a esa “casta divina”, a lo que Roberto Rock llamó “los dueños del Conacyt”, para percatarnos de su insatisfacción y malestar. En efecto, ese Consejo y el SNI —y en todas las instituciones de su naturaleza en el mundo— se cumple lo que el gran sociólogo estadounidense de la ciencia, R. K. Merton, llamó el “efecto Mateo” o efecto de San Mateo, cuyo enunciado es: “al que más tiene todo se le dará y en demasía y al que menos tiene todo se le negará e incluso se le quitará lo poco que tenga”. Y eso que se escribió en 1968, es vigente en la actualidad.

De ahí que resulte estimulante que este cambio político en el país, que muchos anhelamos, un área tan trascendental para el futuro nacional pueda transformarse y retomar su espíritu original, convirtiendo la ciencia, la tecnología y la innovación en un motor para el progreso. Para ello se requiere que el Conacyt sea dirigido con una visión científica y no administrativa, pues lo que he llamado “administrativismo” es la ruina de la política, la educación y todos los aspectos de la gestión pública.

Por ello, es esperanzador que la futura directora, María Elena Álvarez-Buylla Roces, haya declarado: “Para el Conacyt, menos burocracia, más ciencia”; con lo que sus prioridades serán “el apoyo a la ciencia básica, la recuperación del talento mexicano que se fugó del país, así como un manejo presupuestal transparente y eficaz, además de austero que priorizará la ciencia de frontera transformadora de México y la formación de nuevos científicos en diversas áreas”. Una iniciativa muy valiosa es la transformación del nombre de la institución a Consejo Nacional de las Humanidades, Ciencias y Tecnologías (Conahcyt), que “no es más un capricho cambiar”, pues son las ciencias sociales “las que nos permiten los análisis pertinentes del desarrollo científico y tecnológico. Las humanidades nos permiten el análisis filosófico, ético y estudiar las perspectivas históricas para entender las posibilidades más humanitarias y más convenientes para el futuro del devenir científico y tecnológico” (El Universal, 17/10/2018).

Los que se sienten dueños del Conacyt, los científicos reaccionarios, beneficiados por el statu quo, verán con recelo y animadversión esta postura que es la correcta para conseguir la transformación del país. El Padre Ubú estaría aterrado ante una situación así, si hubiera tenido que enfrentarla. Aunque, bueno, en su hipotético país la ciencia y la tecnología no eran un asunto prioritario, así que sería algo extraño y ajeno, como los burócratas que gobiernan muchos sectores de la ciencia, la tecnología y la educación, que nunca se han dedicado a cultivar estas actividades, no las comprenden ni entienden su significado. Pues como dijo Jean Rostand: “Trátese de política, de moral o de filosofía, yo sospecho de los juicios de aquellos que ignoran de qué están hechos”.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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