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EL-COMPLOT-MONGOL
UBÚ 0

El complot mongol

· diciembre 3, 2015

Ismael Ledesma Mateos

 

Si el Padre Ubú al escapar luego de ser derrocado se hubiera ocultado en México en los años sesenta, hubiera sido con seguridad sospechoso de una conspiración internacional, pues procedía de Polonia, en plena Guerra Fría. Podríamos imaginar que lo hubieran investigado y la tarea habría sido encomendada a Filiberto García, tal como pasó en el “complot mongol”.

Hace cien años, el 28 de junio de 1915 nació Rafael Bernal, interesante personaje, autor de la extraordinaria novela El complot mongol (Joaquín Mortiz, 1969). Algunas veces que he invitado a investigadores académicos extranjeros, cuando están interesados en nuestro idioma y me preguntan por un libro de ágil lectura, lo primero que se me ocurre es recomendarles El complot mongol, tanto por su claridad estilística como por su contenido literario, que proporciona una imagen de las complejidades de la política mexicana. Al enterarme del centenario del natalicio del autor, pensé en escribir al respeto antes de que acabe este año.

En esta novela la subjetividad se entrelaza con la política, el amor con la violencia, la frialdad con el compromiso y la lealtad, la atmósfera psicológica con las sinuosidades de la vida urbana en el centro de la Ciudad de México. Mayco Osiris Ruiz señala que se trata de “un relato obscuro de la vida de los barrios bajos de la ciudad de México… y pone en escenario un desfile de personajes vulnerados por la maraña de sus propias pasiones…, las más de las veces en un ambiente viciado por la corrupción y la violencia”.

En la obra nos encontramos con los sucios procederes del poder político y de las instituciones que lo sustentan, proporcionándonos una perfecta radiografía sobre las operaciones gubernamentales, que la convierten en referente indispensable en cuanto al surgimiento de la novela negra en México. Aquí se ve cómo un matón, un asesino a sueldo (Filiberto García) se convierte en una suerte de detective y espía, que en el intento por detener una conspiración internacional que pone en riesgo la seguridad nacional y la paz mundial, tiene que colaborar con agentes del FBI y la KGB.

Filiberto era muy joven cuando comenzó a realizar ejecuciones, siendo asistente de un general villista. Posteriormente, terminada la Revolución, trabajaba al servicio del un coronel, quien lo citó una tarde para encomendarle un trabajo. La descripción de los momentos previos a ello es genial: “La noche empezaba a invadir de grises sucios las calles de Luis Moya, y el tráfico, como siempre a esas horas, era insoportable. Resolvió ir a pie. El Coronel lo había citado a las siete. Tenía tiempo. Anduvo hasta la avenida Juárez y torció a la izquierda, hacia el Caballito. Podía ir despacio, tenía tiempo. Toda la pinche vida he tenido tiempo. Matar no es un trabajo que ocupa mucho tiempo, sobre todo desde que lo estamos haciendo a la mucha ley y al mucho orden y al mucho gobierno. En la Revolución era otra cosa, pero entonces yo era muchacho. Asistente de mi General Marchena, uno de tantos generales, segundón…”

Filiberto García encarna la imagen del llamado “hombre del sistema”, alguien que vive de él, lo sirve, es leal y se considera “institucional”. Por ello matar “a la mucha ley, al mucho orden y al mucho gobierno” es algo bueno y que no afecta sus principios, pues es un individuo apegado a ellos, que no permite que hagan chistes sobre sus “sus generales”. Un abogadito que hizo un chiste sobre su general ya está muerto: “hay que respetar a Filiberto García y sus generales. ¡Pinches chistes! No le gustaban los chistes”. Esta mentalidad fue importantísima para el sostenimiento de los regímenes post-revolucionarios y el priismo: lealtad y disciplina, traducido al lenguaje coloquial en: “lo que usted mande, señor licenciado” o “con usted hasta la ignominia”.

En la misión que le encomendaría el licenciado y coronel, “no quería escándalos ni muertes que no sean estrictamente necesarias”. Ante ello Filiberto pensó: “¡Pinche Coronel! No quiero muertes, pero bien que me manda llamar a mí. Para eso, porque quieren muertos, pero también quieren tener las manos muy limpiecitas. Porque eso de los muertos se acabó con la bola y ahora todo se hace con la ley. Pero a veces la ley no alcanza y entonces me mandan llamar. Antes era más fácil. Quiébrense a ese desgraciado y estaba clarito, muy clarito. Pero ahora somos muy evolucionados, de a mucha instrucción…”

La tarea a realizar por Filiberto era investigar un rumor comunicado al gobierno mexicano por la embajada rusa, acerca de un atentado en contra del presidente de los Estados Unidos durante una visita de tres días a México. El Servicio Secreto soviético supo que se estaba planeando en la China comunista y se captó por primera vez en Mongolia Exterior, habiendo partido de Hong Kong rumbo a América tres terroristas al servicio de China —aunque no chinos, por lo que no se sabe qué pasaportes tengan—; y aunque se ordenó una vigilancia estricta de las fronteras, no se sabe si ingresaron al país, pero que entrarán aquí en contacto con un agente del gobierno de Mao Tse Tung. Por ello, García debe adentrarse en el barrio chino de la Ciudad de México, en las calles de Dolores, donde se encuentran las tiendas, cafés y fumaderos de opio clandestinos, para averiguar qué se sabe al respecto, apoyado por un agente estadunidense y otro ruso. Se trata de impedir que se lleve a cabo “el complot mongol”.

El contexto de la época era el más apropiado para esta historia, luego del asesinato de Kennedy en Dallas, Texas, aunque si se hubiera escrito en esta época, tal vez hubiera sido “el complot islámico” y la trama se hubiera ubicado en Puebla, pues como reza el dicho: “es la última colonia española dominada por los árabes”. Chinos comunistas, rusos que colaboran con los gringos, mexicanos serviles, terroristas, matones a sueldo: una intriga internacional. La mentira, la traición y el amor son elementos que integran esta magnífica novela que también fue llevada a la pantalla cinematográfica por Antonio Eceiza en 1977, teniendo el papel de Filiberto García el actor Pedro Armendáriz Jr.

En la última parte del relato, Filiberto, al ir atando cabos se da cuenta que el “complot mongol” es una farsa, una cortina de humo preparada con la intención de matar al presidente de México, aprovechando los rumores, lo cual le dice al Coronel. Recuerda la muerte de Obregón, presidente electo, y piensa: “pero para eso no se anduvieron con cuentos de la Mongolia Exterior. Toral fue y lo mató, allí, frente a todos. Y luego se tronaron a Toral. Eso se entiende. ¿Qué tal si en esos años salen con las pendejadas de Hong Kong y la Mongolia Exterior?”

“Esto es muy grave para México —dijo el Coronel—, hemos creado un orden jurídico que no debe romperse… Un gobierno de leyes… Eso es lo que tenemos que conservar a toda costa.” Filiberto piensa: “La Revolución no se ha convertido en nada. La Revolución se ha acabado y no hay nada más que pinches leyes. Y así, por todos lados, nos andamos haciendo pendejos.” Esa tarde compró un reloj muy caro para Martita, la china que se había llevado a su departamento. Se había enamorado y no dejaba de pensar en ella. Sin embargo, al llegar a buscarla, la encuentra muerta. Había sido asesinada… “se inclinó y la besó en la frente. Luego le cubrió la cara con la sábana y se sentó en la silla junto a la cama”.

Filiberto había descubierto a los autores del complot para matar al presidente: Del Valle y el general Miraflores, quienes habían encargado al Coronel contratarlo como parte de su plan, pero ante el dolor de la muerte de Martita, que dejó sola, “sola con su muerte”, decide encararlos en la casa de Del Valle, quien pretendía hacerse de la presidencia de México luego del magnicidio.

Pero había una muerte de más, la de Martita, y eso no lo permitiría. Obligó a Del Valle a matar a Miraflores, en una secuencia de extraordinaria tensión, con diálogos de gran riqueza donde de las bocas de Del Valle y Miraflores sale la esencia de la asquerosidad humana y la bajeza moral en aras del ansia de poder. Del Valle esperaba hacerse presidente y Filiberto lo convence de que matando al General podría aparecer como era para próximamente sí poder ser presidente, pero cuando ahora se percata de que va a matarlo, le dice: “lo puedo hacer rico cuando llegue a la presidencia”. “A la presidencia del infierno, Señor Del Valle”, responde Filiberto y le dispara una sola vez.

A Martita en realidad la había matado un chino por venganza, pues la creía culpable de entregar a su hijo, el cual fue ejecutado. Luego de la confesión del chino, que decía: “la mujé es mala de nacimiento, mu mala, que traiciona”, García lo mató de un solo tiro. Finalmente bebió en La Ópera, donde encontró a su amigo, un licenciado, a quien pidió lo acompañara junto al cadáver de Martita y le pidió que rezara. Cuando empezó, García tomó un trago. La pistola le dolía sobre el corazón. ¡Pinche velorio! ¡Pinche soledad!

El Padre Ubú se espantaría al ver que, a pesar de ser un asesino, Filiberto García tenía valores, sentimientos, que el amor era capaz de hacer que se expresaran. Ésta es una importante lección que nos deja la lectura de El complot mongol.

[email protected]

Si desea ver el filme de click en el siguiente enlace

https://www.youtube.com/watch?v=kGTwvrfljd0

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