Ismael Ledesma Mateos
Recientemente ha resurgido ante la opinión pública la controversia en torno al aborto, debido a la resolución del Senado de Argentina de echar abajo el acuerdo de la Cámara de Diputados del mes de junio que aprobaba la interrupción voluntaria del embarazo, es decir, la legalización del aborto, lo cual a mi juicio implica el derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo. En el código penal de ese país se consigna como delito, salvo casos especiales en los que no es punible. En marzo de 2012 la Suprema Corte de Justicia argentina precisó que el aborto es no punible en violaciones cometidas sobre cualquier persona con capacidad de gestar; indicó que no es necesario recurrir a la justicia para su realización y mandató a las provincias a elaborar un protocolo de interrupción legal del embarazo.
Resulta sorprendente que en pleno siglo XXI se siga debatiendo algo que de acuerdo a la ciencia debería ser un caso cerrado, que da una idea del imperio de los prejuicios y la ignorancia, basados en una concepción distorsionada de la realidad, o sea, una ideología. Luego de una cerrada votación en el Senado se rechazó lo aprobado en la otra cámara, dejando ver que la sociedad argentina se encuentra dividida y que las secuelas de la dictadura militar derechista aún están presentes. La llegada de Mauricio Macri a la Presidencia fue de entrada indicio del regreso al poder de los sectores más conservadores y reaccionarios de esa nación, luego de varios años de gobiernos de izquierda. A pesar de ello, el actual gobernante declaró: “Estoy a favor de la vida, pero no se lo impongo a nadie. Hay libertad de conciencia.”
Pero ese argumento de “estar a favor de la vida” es falaz e inadmisible, y se basa en el más profundo desconocimiento de los procesos biológicos. De forma tal que con esa afirmación, si enfermo de una infección bacteriana, no debo tomar un antibiótico, pues la bacteria ¡está viva! Esto va ligado a un problema ancestral en la historia del pensamiento, que implica la falta de claridad acerca de lo que es la vida y lo viviente, anclado en las concepciones filosóficas del mundo antiguo y que no tiene nada que ver con ninguna religión, aunque ellas se han entrometido en esos debates. Por supuesto que un embrión o un feto están vivos, pero en caso de un Homo sapiens no quiere decir que tenga ya “vida humana”. Se trata de un asunto muy polémico, donde las creencias se confrontan con el conocimiento científico. Yo parto de la convicción de que el ser humano lo es hasta las últimas semanas del embarazo y en definitiva al momento del parto, y antes es un conjunto de células en proceso de diferenciación y luego de morfogénesis. Y podría analogarse con un tumor, o como un parásito que se nutre de la madre. ¡Suena fuerte, pero así es!
El abortar es una decisión personalísima de la madre, y en algunos casos de la pareja, en la que ninguna instancia, ni jurídica, ni familiar, ni religiosa debe intervenir.
Cuando era estudiante de la carrera de biólogo, moría de pavor con sólo pensar que podría embarazar a mi novia y siempre procuré tener dinero guardado en caso de tener que pagar un aborto —que en esa época era ilegal en el Distrito Federal—; afortunadamente eso no ocurrió, pero yo no podría arruinar mi vida académica o la de mi pareja, en esa etapa de nuestras vidas. Ilegal o legalmente, la mujer que vaya a abortar lo hará, pero lo mejor es que eso ocurra en condiciones sanitarias adecuadas y con vigilancia médica.
La literatura da cuenta en numerosas obras de la problemática del aborto. Para mí, una de las más importantes por de mi posición filosófica existencialista, es La edad de la razón, de Jean-Paul Sartre (1945), el primer tomo de la tetralogía Los caminos de la libertad, en el que narra la problemática enfrentada por su protagonista, Mathieu Delarue, quien habiendo embarazado a su novia se debate en el conflicto existencial de que tenga el producto o conseguir dinero para pagar un aborto con un buen médico. Pero nadie le quiere prestar, y siendo un profesor de filosofía, escritor y bebedor, no tiene un centavo. La novela da cuenta de la tensión esencial que implica el dilema del aborto, aunque finalmente su pareja se enreda con un supuesto amigo de Mathieu, que es homosexual, pero que decide asumir ser el padre, luego de negarle el préstamo, pues en realidad lo odia.
Otra gran obra respecto al tema del aborto es El crimen del padre Amaro, película mexicana del año 2002 con guion de Vicente Leñero, dirigida por Carlos Carrera, basada en la novela homónima del escritor portugués Eça de Queirós escrita en 1875. Antes de su exhibición pública en México se desató un conflicto debido a que algunos grupos católicos intentaron sabotear la película, y aunque el grupo ultraderechista ProVida intentó demandar al gobierno para prohibir su exhibición, esta película se convirtió en la más taquillera del cine de México en su época, así como en Estados Unidos.
Se trata de una temática que en lo referente a mi vida personal, en mis gustos literarios y cinematográficos, en lo político, en lo filosófico en el campo de la ética y la bioética y como biólogo me parece de lo más trascendente. El aborto es sin duda un acto de libertad, responsable, la confrontación en el caso de una mujer entre su vida y otra futura vida, que involucra no tener que someter la suya, ni a voluntades ajenas ni peligros. Esto tiene que ver con la esencia misma de la biología, cuyo principio fundamental es que “la vida se explica por sí misma”, que su fundamento son procesos físico-químicos y moleculares y en consecuencia no existe un alma que dé la vida, lo cual es algo arcaico y que no viene de ninguna religión, las cuales adoptaron esa idea ante la falta de explicaciones científicas. Eso hace que la biología sea molesta para las mentes retrógradas, al extremo de que en México en 1908 la primera cátedra de biología fue suprimida “por considerarla peligrosa para la juventud y las creencias”, y no fue sólo por la enseñanza de la teoría darwiniana de la evolución, sino por la fisiología bernardiana, que lleva al abandono de la idea de un alma como base de la vida.
Recuerdo mis tiempos de estudiante de maestría en bioquímica en los años ochenta, cuando conocí a América Soto López, quien estudiaba filosofía y me pidió participar en un espacio radiofónico que conducía, en el noticiero de Enrique Montero Ponce en Puebla. Fue mi primera entrevista, donde aborde el tema del aborto, que produjo llamadas de ataque, de crítica y cuestionamiento ante lo que decía y otras de acuerdo y apoyo. Interesante experiencia, y en congruencia con mi formación, tanto científica, filosófica y política, siempre apoyaré la libertad de decidir y en este caso el aborto.
Muchos son los países donde el aborto es legal, en Europa: Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, España, Francia, Italia, Noruega, Países Bajos, Portugal, República Checa, Suecia, Suiza, Albania, Azerbaiyán, Bielorrusia, Bosnia y Herzegovina, Bulgaria, Croacia, Eslovaquia, Estonia, Georgia, Grecia, Hungría, Letonia, Lituania, República de Macedonia, Moldavia, Montenegro, Rumania, Rusia, Serbia, Turquía, Ucrania; en América: Uruguay, Estados Unidos, Cuba, Canadá, Barbados, Belice, Guyana, Puerto Rico. En Asia: Baréin, Camboya, China, Kazajistán, Kirguistán, Nepal, Singapur, Turkmenistán, Uzbekistán y en Oceanía: Australia.
En la Ciudad de México es legal hasta las doce semanas de embarazo, desde abril de 2007, cuando la Asamblea de Representantes (equivalente a una Cámara de Diputados), lo aprobó por 46 votos a favor, 19 en contra y una abstención, reformando el artículo 144 del Código Penal de México D. F., garantizando con ello la salud de las mujeres que toman esa decisión, utilizando procedimientos bioquímicos como el uso de Zacafemyl-Mifepristona o Cycotec (Misiprostol), derivado de la prostaglandina E1, o bien técnicas quirúrgicas como el legrado o la succión del endometrio, dependiendo del tiempo de implantación de la célula fecundada, mórula, blástula, embrioblasto, trofoblasto, gástrula, embrión y feto (este último lo es hasta las ocho semanas).
No obstante, si la Ciudad de México es la más avanzada del país a este respecto, existen otras entidades que mantienen atavismos impresionantes, tal como es el caso de Guanajuato, donde a la mujer que aborta se la pueden aplicar penas hasta de 30 años de prisión. En Querétaro también está altamente penado y ha sido objeto de cerrado debate en Baja California Sur y San Luis Potosí, en tanto que en Michoacán y en Yucatán lo aceptan por condiciones económicas. Sin embargo, en todos los estados del país se permite a consecuencia de una violación y en otros se prohíbe incluso cuando la madre está en peligro de muerte.
Lo ocurrido en Argentina es un verdadero retroceso, debiera decirse una atrocidad, que nos muestra la involución de la democracia en ese país, donde luego de la sanguinaria dictadura militar, pensaríamos que habría una adecuada valoración de los derechos humanos, en este caso de las mujeres, y sostener que un cúmulo de células en proceso de construcción de un cuerpo tienen derechos, como entonces los tendrían las células metastásicas de un tumor que no debería ser irradiado o sometido a quimioterapia por “respeto a la vida”.
El Padre Ubú seguramente sería un opositor al aborto, pues en el fondo de su mente tendría la idea de que él hubiera podido ser abortado, por lo que tendría ante ello un miedo atroz, lo cual en caso de gobernantes nefastos como él hubiera sido un bien para la humanidad, si su madre hubiera tenido idea de lo que su hijo haría al tomar el poder, y algo así hubiera sido bueno que hubiera hecho la madre de la Madre Ubú. Cierto: el aborto puede evitar el nacimiento de gente valiosa para la humanidad, pero también de seres nefastos como los mencionados.
¡Para mí es suficiente!









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