
Los cuatro jinetes del apocalipsis en la ciencia y la tecnología: El cientificismo, el productivismo, el innovacionismo y el emprendedurismo, frenos para un desarrollo armónico
Ismael Ledesma Mateos
El lunes 27 de julio, en el nuevo escenario virtual que nos ha impuesto la pandemia COVID 19, tuvimos la oportunidad de contar con la participación del Dr. Renato Dagnino dentro del Seminario del Doctorado Transdisciplinario sobre Ciencia y Tecnología para el Desarrollo de la Sociedad del CINVESTAV, quien dictó la conferencia: “La tecnociencia solidaria como herramienta cognitiva para la post-pandemia”. Se trata de una contrastación entre la idea de una economía capitalista inexorable contra una posición alternativa que, en este siglo XXI, nos debe llevar a reflexionar hacia otras formas de comprender el mundo donde la economía es algo crucial, pero lejos de una perspectiva tecnocrática sino social.
La situación que mundialmente enfrentamos nos lleva a pensar en una nueva normalidad, que irrumpió de manera abrupta en nuestra realidad. Los mercados colapsan, el desencanto, la angustia y la desesperación carcomen al mundo y aquí un actor “no humano”, el virus Sars-Cov 2, productor de la pandemia COVID 19, convulsiona al mundo. Pero aquí se entrelazan elementos de gran trascendencia histórica, sociológica y antropológica. Lo que se pensaría en una visión tradicionalista torpe, no encaja con la realidad. No se trata de la separación entre un problema médico y uno social. Implica lo científico y lo político, donde una vacuna pasa por decisiones políticas. Se trata de un magnífico ejemplo, crudo y doloroso, de que no se puede continuar con la partición entre sociedad y naturaleza, entre lo científico y lo político, pues todo está articulado.
Esta nueva realidad que ha emergido abruptamente nos debe llevar a reflexionar acerca de la necesidad de arribar a una sociedad más justa, equitativa y socialmente sustentable, como sostiene Dagnino. Él dice que para pensar así se debe tener un “corazón rojo”. Ahí discrepo con mi amigo, pues para mí hablar de corazón es un asunto de la fisiología y, en caso de enfermedad, de la cardiología, pero es una metáfora acendrada desde el mundo antiguo, pero simbólicamente nos dice muchas cosas, pues de acuerdo con Platón el corazón rojo implica la pasión y el valor. Sin embargo, en contraste con ese corazón rojo, Renato Dagnino nos habla de “cerebros grises”, lo que nos muestra la contradicción entre la subjetividad pasional, pero creativa, la que busca el cambio, en contraposición a una mentalidad conformista, adecuada a los estándares de sistemas caducos y obsoletos que hacen que los científicos y técnicos busquen sólo su comodidad y su bienestar.
Los que tienen una “mente ceniza”, aquellos de “cerebros grises”, no percibirán nada mas allá que el conocimiento que poseen y no son capaces de pensar en una sociedad distinta, difundiendo y utilizando sólo lo que conocen. A ellos les enseñaron que la tecnología es sólo la aplicación de la ciencia, la cual –siguiendo la idea ingenua de Merton– es neutra, verdadera y universal, que busca el avance, para producir más, mejor y más barato para el beneficio de la sociedad.
Renato Dagnino plantea las siguientes consideraciones:
- “¿Cómo hacer para que los que elaboran las políticas públicas relacionadas a la producción de bienes y servicios perciban el papel que puede desempeñar la Economía Solidaria (o Social, o Popular) en la construcción de la sociedad del bien vivir, más justa y ambientalmente responsable? Las evidencias disponibles muestran que muy difícilmente nuestros países podrán alcanzar esas metas socioeconómicas mediante el sostenimiento del modelo de desarrollo que hemos adoptado hasta ahora, fundamentado en la estrategia de generación de ‘empleo y salario’ y en la hipótesis del ‘derrame’.
- “¿Cómo hacer para que los integrantes de las instituciones públicas involucrados con la política cognitiva (de enseñanza y de ciencia, tecnología e innovación) se den cuenta de las oportunidades contenidas en la propuesta de la Tecnociencia Solidaria? Al orientar sus agendas de investigación y enseñanza en la dirección de la Tecnociencia Solidaria, ellos no estarán solamente retribuyendo a los que pagan el impuesto que las mantienen y avanzando en la consecución de las metas del nuevo modelo de desarrollo”
- “¿Cómo hacer para que los responsables por eses dos conjuntos de políticas públicas (la cognitiva y la relacionada a la producción de bienes y servicios) sean capaces de prospectar la ‘oferta’ y la ‘demanda’ de conocimiento tecnocientífico necesario para impulsar el modelo de desarrollo del buen vivir?”
Dagnino afirma que:
“Identificar esas demandas y diseñar actividades de investigación y desarrollo, de extensión y de formación de personal pasibles de atenderlas con la movilización del potencial tecnocientífico existente, es una tarea que sólo aquellas instituciones públicas pueden realizar”.
Aquí aparece la contradicción entre la “Tecnociencia Solidaria”, que implica emprendimientos solidarios que implican trabajo e ingresos, y la tecnociencia capitalista, basada en la empresa privada, cuyos principios son sólo empleo y salario. La tecnociencia solidaria, de acuerdo con este autor, requiere la propiedad colectiva y la autogestión, en tanto que la tecnociencia capitalista se centra en la propiedad privada de los medios de producción.
En este debate nos encontramos ante la contradicción entre la visión tecnocientífica solidaria y la visión empresarial, que además debe enmarcarse en la contradicción entre países de “Centro” y países de “Periferia”. Y en nuestras naciones latinoamericanas tenemos un impacto brutal de lo que Renato Dagnino ha llamado “la alta iglesia de la ciencia dura”, la que de una manera casi clerical ha deificado la manera de hacer ciencia al estilo de los países anglosajones. Por ello bien se ha referido a una “economía infernal” –-no informal–, enemiga de una tecnociencia solidaria.
A este respecto, me encantó una diapositiva presentada durante su conferencia que muestra los cuatro jinetes del apocalipsis en la ciencia y la tecnología: El cientificismo, el productivismo, el innovacionismo y el emprendedurismo, que son frenos para un desarrollo armónico de la ciencia y la tecnociencia. Estos son grandes problemas que se afrontan en el ámbito científico y tecnológico, y que no entienden quienes los cultivan.
En el momento actual de México, cuando los sectores más conservadores, derechistas y reaccionarios en la ciencia atacan cualquier posibilidad de cambio y viven victimizándose, añorando sus glorias con el PRIAN, este tipo de reflexiones resultan absolutamente pertinentes. No se trata de regresar a la absurda dicotomía stalinista-lisenkista entre “ciencia burguesa” y “ciencia proletaria”, o de “ciencia burguesa” o “ciencia revolucionaria”, sino pensar en la necesidad de arribar a un nuevo orden mundial, donde la ciencia y la tecnología son algo indispensable, y pensar en un estado superior y complementario que es la tecnociencia, con una visión solidaria para el beneficio de la sociedad en su conjunto.
Creo que al Padre Ubú le aburrían estas disertaciones. En su época no existía el neoliberalismo ni la ideología de la globalización, pero su mente elemental, codiciosa y pragmática lo hubiera llevado a adoptarlas como la verdad absoluta. Pero por fortuna este es otro tiempo y, como dijera Jean Paul Sarte: “este tiempo es el nuestro”.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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