Ismael Ledesma Mateos
Cuando en 1987 nos encontrábamos en el proceso para poner en marcha la Escuela de Biología de la UAP, junto con el rector Alfonso Vélez Pliego tuvimos la idea de realizar un ciclo de conferencias para sensibilizar a la comunidad acerca de la importancia de la biología y su estado de desarrollo en ese momento. En ese entonces colaboraba conmigo el MVZ Juan Losada León, quien estudiaba la maestría en biología en la Facultad de Ciencias de la UNAM, y como él estaba muy interesado en la ecología le pedí que contactara a algunos conferencistas, entre ellos a Rodolfo Dirzo, que dictó su conferencia en la hermosa e imponente Biblioteca Lafragua del Edificio Carolino. Rodolfo era ya un connotado científico, conocido por sus investigaciones acerca de la interacción planta-insecto, así como sus trabajos en la selva de los Tuxtlas, por lo que su presencia sería muy motivadora para nuestros jóvenes asistentes al ciclo.
Dirzo era un digno exponente de la escuela ecológica que se instauró en la UNAM gracias al impulso dado por José Sarukhán Kermez, quien formado en Gales, Reino Unido, con John L. Harper inició en México la investigación en ecología de poblaciones, particularmente vegetales. De regreso en México, Sarukhán tuvo entre sus discípulos a Rodolfo Dirzo, a quien incentivó para estudiar también en Gales con Harper, para que a su regreso se incorporara a trabajar con él en el Instituto de Biología de la UNAM, consolidando así una orientación de la investigación ecológica de gran rigor y solidez. Aunque Karl Reiche, profesor de botánica en la Escuela Nacional de Altos Estudios de la Universidad Nacional de México realizó investigaciones que podrían considerarse un antecedente de la ecología vegetal, éstas no tuvieron continuidad y no fue sino hasta la llegada de los exiliados españoles a la ENCB del IPN que comenzó a pensarse en términos ecológicos, con una orientación a lo acuático. Hasta 1957 se presentó una tesis de biología pesquera, ligada a la ecología, en tanto que en la UNAM ocurrió hasta 1964, con un “Estudio sucesional de un área talada en Tuxtepec, Oaxaca”, de José Sarukhán. De esta forma la ecología fue una de las disciplinas biológicas que emergió de forma tardía pero con gran rigor científico en la biología mexicana.
Para los gobiernos autoritarios, como el del Reino de Ubú, el estudio del medio ambiente y de las interacciones que regulan la distribución y abundancia de los seres vivientes carece de sentido y se aleja de su estrecha visión del poder, que concebido en forma seria debería tomar en cuenta estas dimensiones para propiciar el adecuado desarrollo de sus pueblos; pero eso requiere una visión científica ajena a los autócratas que la desprecian, pues no la comprenden y les parece inútil. Como siempre han afirmado los reaccionarios, la gente sólo debe saber leer, escribir y hacer cuentas (ahora le han agregado inglés y computación). Todo conocimiento adicional es para ellos superfluo, e incluso nocivo para poder mantener el control sin riesgo de cuestionamientos o de críticas.
De ahí la importancia de la existencia de carreras científicas y humanísticas en las universidades. Así pasó en la UAP con el inicio del proceso de Reforma Universitaria, donde uno de sus primeros logros tangible fue la creación de la Escuela de Físico-Matemáticas en 1965, durante la gestión del rector Manuel Lara y Parra, que fue un gran médico y aceptó la iniciativa del ingeniero Luis Rivera Terrazas, investigador y subdirector del Observatorio Nacional de Tonanzintla para fundar la escuela y con ello poner en marcha la enseñanza científica moderna en la institución, siendo un espacio académico de vanguardia, que causó irritación a la derecha, al extremo de intentar acabar con ella mediante un ataque porril del Frente Universitario Anticomunista (FUA) en 1966, destruyendo buena parte de su equipamiento y agrediendo a profesores y alumnos, lo que condujo a que dejaran la universidad y los estudiantes se incorporaran al IPN o la UNAM. Como consecuencia de ello, el Dr. Leopoldo García-Colín se refirió en uno de sus libros a “la malograda escuela de Física de la UAP”.
Otra carrera científica fue la de biólogo, fundada 12 años después de Físico-Matemáticas, en 1987, con la intención de dar mayor impulso al espíritu científico en la UAP; también contó con enorme animadversión, no por razones ideológicas y políticas, sino por actitudes patrimonialistas y mezquindad. A pesar de todo, la Escuela de Biología pudo hacerse y tomó como figura emblemática la de Alfonso L. Herrera, un científico extraordinario, víctima de la incomprensión y de la exclusión institucional, que se convirtió en un factor de identidad y cohesión de nuestra comunidad. Ligado a esto, se instauró la medalla con su nombre, la cual fue entregada por primera ocasión a José Sarukhán y a Antonio Lazcano-Araujo y ahora, a 30 años de creación de la Escuela de Biología, a Rodolfo Dirzo, en el marco de la Cátedra Alfonso L. Herrera, que existe desde los primeros años del plantel. Es simbólico que las dos conferencias del pasado viernes 16 de junio en Ciudad Universitaria de Puebla fueran dictadas por Sarukhán y Dirzo, hace tiempo maestro y alumno y ahora colegas con una fructífera interacción académica.
Promotor de la creación de espacios académicos —uno de los requisitos reglamentarios para recibir la medalla—, Sarukhán fue el fundador de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), que cumple 25 años en este 2017. Es una institución gubernamental ejemplar, que ha sido conducida con gran visión por Sarukhán, siendo un modelo a nivel internacional, pues como nos dijo en su conferencia, ante la necesidad de incrementar el conocimiento estratégico sobre la biodiversidad, en un documento oficial del gobierno de los Estados Unidos dirigido al entonces presidente Obama, se recomienda conocer las acciones de Conabio y basarse en ellas para implementar la política estadunidense al respecto.
Las dos conferencias de las que constó el segundo día de la Cátedra Alfonso L. Herrera (el primer día no pude asistir) fueron excepcionales y pienso que de gran utilidad para el estudiantado, acorde con el ánimo de un evento crucial en la vida académica para la que fue creada la Escuela de Biología en la UAP. Sarukán inició explicando qué es El Colegio Nacional, una de sus tres adscripciones (junto con la UNAM y la Conabio), para evitar que se confunda con el Colegio de México, diciendo que es una institución creada por decreto presidencial de Manuel Ávila Camacho y que cuenta con 40 miembros, que constituyen lo más destacado del saber de nuestro país, donde han estado personajes como Diego Rivera, Octavio Paz, Carlos Fuentes y otros sabios, científicos y artistas muy destacados. Luego de ello, entrando en materia, realizó una magnífica disertación titulada: “Inteligencia para la toma de decisiones sobre el capital natural de México”, que da cuenta de una visión integradora y no sólo biológica y ecológica, que incluye la dimensión social en temáticas como el bienestar en la sociedad y los niveles de consumo, así como los fenómenos ligados con el cambio climático.
Rodolfo Dirzo estructuró su conferencia en varios momentos, iniciando con una imagen de los vitrales de Catedral de Chartes y la frase de Bernardo de Chartres, quien dijo que “somos como enanos a los hombros de gigantes. Podemos ver más, y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra vista ni por la altura de nuestro cuerpo, sino que somos levantados por su gran altura” (frase que fue posteriormente retomada por Newton), lo cual cobraba sentido en el contexto de recordar a los maestros que contribuyeron a su formación, siendo uno de ellos José Sarukhán.
A continuación dio cuenta de investigaciones realizadas en varias etapas de su trayectoria académica, hasta lo que hace ahora, que se ha retirado de la UNAM y trabaja en la Universidad de Stanford, para la que realiza una interesantísima investigación acerca de la alimentación de la megafauna africana en Kenia y Tanzania. Otro aspecto abordado fue el de la “defaunación”, que es una categoría acuñada por él, que resulta complementaria a la de deforestación y que tiene un gran impacto en las cadenas tróficas de los ecosistemas.
Como amigo de la Escuela de Biología de la UAP desde su surgimiento, mencionó a los estudiantes egresados de ella que han realizado tesis en sus laboratorios tanto en la UNAM como ahora en Stanford, particularmente en el proyecto que efectúa en África, donde participa una bióloga mexicana egresada de la Escuela de Biología de la UAP como estudiante posdoctoral (cuestión que me llena de orgullo, pues muestra la calidad de los estudiantes de biología de la UAP). Luego de recibir la medalla Alfonso L. Herrera, Rodolfo pronunció unas palabras en las que da cuenta de su vínculo con la Escuela, ahora Facultad y de la relación que hemos mantenido —principalmente en los periodos en los que fui director—, así como la amistad que nos une.
Padrino de la tercera generación de biólogos poblanos, Rodolfo es alguien sin duda muy importante para la biología en la UAP, al igual que José Sarukhán, que siempre ha estado presente como referente de lo que los biólogos deben tratar de hacer y poder lograr. Me siento personalmente muy satisfecho por haberlos encontrado en la universidad en la que siempre pienso, a 30 años del inicio de la existencia de biólogos profesionales poblanos.
Creo que al Padre Ubú todo esto le aburriría. ¿Ciencia? ¿Y tiene que ver con la política y los gobiernos? Creo que mandaría que me aplicaran ¡palitroques en la onejas! ¡Bueno, si es que me dejo!
¡Vamos a interrumpir aquí!









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