Ismael Ledesma Mateos
Cuando estudiaba en la carrera tuve la oportunidad de escuchar una conferencia del gran fisiólogo Julio Muñoz, quien dijo una frase extraordinaria: “Todo mundo tiene ideas, hasta los idiotas, ideas idiotas.” Se trata de una afirmación muy sabia, que resulta congruente con la frase del ingeniero Luis Rivera Terrazas, quien decía: “Lo doctor no quita lo pendejo”, lo cual le repetí en una ocasión a un físico que me contestó: “Pero algo ayuda”, ante lo cual respondí: “¡Pero a los inteligentes!”
La palabra idiota proviene del griego idiotes, para referirse a aquellos que no se ocupaban de los asuntos públicos sino sólo de sus intereses privados; pero en la versión latina significa: ignorante, estúpido. Lamentablemente, el mundo de la academia y la ciencia está lleno de farsantes e incluso hay muchos idiotas, independientemente de que sepan mucho de la parcela intelectual a la que se dedican. Eso me ha llevado a decir que “entre más conozco a los académicos, más quiero a mi gato”. Las ciencias están llenas de claroscuros, donde “ni están todos los que son, ni son todos los que están”, y en ocasiones la memorización es predominante sobre el razonamiento.
Resulta sorprendente cómo en eventos académicos —como congresos y coloquios— se dicen cosas absurdas y aberrantes, y por desgracia en la formación de los científicos faltan materias de historia de la ciencia, de teoría de la ciencia, de relaciones entre ciencia, sociedad e historia.
La tradición heredada (la leyenda), que proviene del positivismo, generó una visión ingenua en muchos científicos. El mito idiota del “método científico” sigue imperando en las escuelas de ciencias, y gente que egresa con esa visión estúpida es incapaz de arribar a un nivel pleno de creatividad. Muchas instituciones educativas y de investigación enfatizan en los datos numéricos sin pensar en la calidad y el rigor conceptual; los alumnos son sólo cifras para justificar el presupuesto. El mito del método proviene de la tradición de la filosofía positivista del siglo XIX e implica creer que con un conjunto de reglas, a manera de recetas de cocina, es posible hacer ciencia.
Es triste ver cómo en pleno siglo XXI la gente que enseña ciencias y se dedica a la investigación no sabe de qué se trata el oficio. Como dijera gran biólogo Jean Rostand: “Trátese de política, de moral y de filosofía, yo sospecho de los juicios de aquellos que ignoran de qué están hechos”, lo cual también es aplicable a las ciencias. Prejuicios, ideas distorsionadas, representaciones incorrectas de la actividad científica son una constante en el mundo académico. El Padre Ubú estaría plenamente satisfecho ante tal elogio a la estulticia, a la imbecilidad, disfrazada muchas veces de conocimiento. Lugares comunes, cosas que se dicen de la ciencia, por quienes nunca han estado en un verdadero laboratorio, ni se han sometido a los rigores de la investigación real. Ésa es una constante que tenemos que sufrir quienes nos dedicamos a los estudios sobre las ciencias.
La ciencia es algo que se presta a visiones simplificadoras, que son muy dañinas: producen generaciones de universitarios que no tienen idea de lo que realmente es. Las ideas absurdas de objetividad, método, como dije, herencia del cientificismo del siglo XIX, han sido de lo más nefastas en la formación de los científicos.
La carencia de una formación histórica al inicio de las carreras es un elemento preocupante. En el año 2000, en Francia el gobierno socialista de Lionel Jospin se planteó un proyecto de enseñanza de historia y filosofía en todas las carreras de ciencias, a cargo de Dominique Lecourt, el cual al parecer no fue instrumentado.
En todos los niveles escolares se habla de ciencias, sin embargo, eso no significa que exista claridad acerca de lo que eso sea. La ciencia —o las ciencias— es algo plagado de prejuicios, de malentendidos y confusiones. De ahí la importancia de la visión histórica y sociológica para poder arribar a su comprensión cabal. El academicismo, la memorización mecánica, son parte de los grandes obstáculos para un verdadero pensamiento científico. La formación del espíritu científico requiere rigor y disciplina, además de una visión crítica y analítica, que normalmente son omitidas en la formación escolar, que en los hechos se vuelve absolutamente castrante en términos intelectuales.
La llamada “reforma educativa” del sexenio actual, es un fraude más, que no conducirá a ninguna mejoría en la enseñanza. Sexenios van y sexenios vienen, sin que veamos cambios sustanciales en la educación, en sus diferentes niveles, lo cual constituye uno de los más grandes problemas de la nación. En las cámaras de diputados o senadores la educación y la ciencia no son prioridades, lo cual da una idea del predominio de la mentalidad idiota. Los idiotas, por desgracia, predominan en el mundo, y hay muchos en nuestro país. Son la plaga más espeluznante que tenemos que sufrir y soportar. Cuando me muevo en lugares públicos, escucho tantas idioteces, que me hacen recordar la frase del Dr. Julio Muñoz.
La imbecilidad, la idiotez junto con la ignorancia, son los mejores aliados de la corrupción y la perversión de la política. El Padre Ubú estaría orgulloso de conocer un país donde la estupidez y la imbecilidad predominan, incluso en el ámbito de la academia y de la ciencia, asentando el escenario del imperio de la estulticia.









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