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De cerdos y votos fraudulentos

· junio 12, 2017

Ismael Ledesma Mateos

 

La noche del 3 de junio algo que estremeció a la opinión pública fue la imagen de cabezas de cerdo ensangrentadas, arrojadas enfrente de oficinas de Morena en los municipios de Tlalnepantla, Cuautitlán Izcalli e Ixtapaluca en el Estado de México, acompañadas de cruces de madera y hojas de papel con nombres de ciudadanos que presuntamente votarían por la profesora Delfina Gómez Álvarez, candidata de ese partido de oposición. Se trata de una acción que trae a nuestra mente la utilizada por los sicarios del narco, que depositan cabezas de integrantes de algún cartel enemigo. La analogía es imposible de no ser tomada en consideración, en un país donde sin duda los nexos entre la política corrupta y el narcotráfico parecen por demás evidentes.

El Padre Ubú vería esas prácticas con cierto asco y escepticismo, cabezas de cerdos decapitados, aunque él no fuera muy refinado, le parecerían de muy mal gusto. Para eso existen las tenazas de descerebración, o la aplicación de palitroques en las onejas, para utilizase directamente a los enemigos de su régimen o a quienes se oponen al pago de los impuestos, pero esos simbolismos tan rebuscados son realmente nauseabundos. O será que a la mafia en el poder le molestó el espot de López Obrador donde se refiere a lo que se da para comprar los votos, como despensas con “frijol con gorgojo” o “cerdos, puercos, cochinos, marranos” y algún imbécil que se creyó inteligente dijo: ¡vamos a ponerlos en las puertas de las oficinas de Morena!, en municipios donde se pensaba que Delfina tendría ventaja.

El día siguiente, el 4 de junio fue de enorme tensión y aunque no habito en esa entidad, como todos los que esperamos un cambio democrático en el país estuve pendiente de la elección desde temprana hora. Sin embargo, pronto recapacité que cualquier cosa que viera en televisión sería tendenciosa y no daría cuenta de lo que en realidad estaba ocurriendo, incluyendo “sesudos” comentarios de analistas políticos que no decían nada, así que habría que esperar en un silencio molesto, por no decir angustiante, información de otras fuentes, pues en esa elección se habían depositado grandes esperanzas. Pero a las 19:43 comenzaron a fluir datos que apuntaban a cambiar el estado de ánimo, tal como la noticia de que en la casilla de la cabecera de Atlacomulco (el territorio del grupo caciquil que ha gobernado por décadas ese estado) el triunfo fue de Morena y el PRI resultó derrotado, (así fue, finalmente), lo cual adquiría un enorme valor simbólico.

Más tarde se siguió difundiendo información, donde incluso Consulta Mitofsky, El Universal y Excélsior, que nos son proclives al movimiento que encabeza López Obrador, daban por ganadora a Delfina, lo cual, sin embargo, se revirtió al momento que el Instituto Electoral del Estado de México le dio la ventaja al candidato Alfredo III (apodo acuñado por Sabina Berman, por demás apropiado). El hecho a muchos nos pareció desconcertante y una muestra del ejercicio del poder por parte del aparato del Estado y, en este caso, de sus “aparatos ideológicos”, siendo el principal la televisión”, junto con otros medios de comunicación, que de inmediato se abocaron a la tarea de desmentir el triunfo de Delfina que había sido declarado públicamente en función de la difusión de los primeros resultados.

Siguiendo a Max Weber, el poder se basa en la conjunción del rito y el mito, y en este caso, el mito del PRI invencible en el Estado de México se venía abajo, independientemente de los resultados de las votaciones; por eso era necesario frenar eso, siendo crucial para el gobierno de Peña Nieto, en la perspectiva de la sucesión presidencial del 2018. No obstante, algo innegable es que un partido emergente como Morena se posicionó con una muy alta votación en un proceso por demás difícil.

Un dato importante es que las nueve principales zonas urbanas del Estado de México fueron ganadas por Morena, en tanto que Alfredo del Mazo Maza (Alfredo III) ganó en zonas rurales, donde el nivel de información y politización es prácticamente nulo. En Ecatepec, cuna y territorio del actual gobernador Eruviel Ávila, Delfina Gómez ganó a pesar del robo de una urna a mano armada por parte de encapuchados, obteniendo finalmente el 38%, logrando sumar más de 196 mil votos.

Delfina Gómez, candidata de Morena, ganó en regiones como Tultitlán (38%), Tlalnepantla (35%), Coacalco (38%) y Cuatitlán Izcalli (38%), territorios que tradicionalmente habían sido dominados por el PRI. Tlalnepantla, por ejemplo, fue escenario de una fuerte disputa y agresión partidista durante la campaña. La candidata también predominó en zonas como Valle de Chalco (31%), Texcoco (48%), Naucalpan —parte del llamado corredor azul por su apoyo al PAN— (34%), e Ixtapaluca (35%), lo que significa un triunfo en 20 de los 45 municipios.

Si inicialmente se le daba a Delfina una ventaja cercana al 4% sobre Del Mazo, el resultado oficial fue distinto: 33.72% para el candidato del PRI y 30.81% para la candidata de Morena, lo cual sugiere para nosotros, los desconfiados, un maniobra al momento de la contabilización orientada a cambiar la tendencia: un fraude “a la antigüita”, más que un “ciberfraude”. También debe tomarse en cuenta que el Estado de México cuenta con una enorme cantidad de electores: 11,318,000, aunque en este proceso la abstención fue muy grande (alrededor de un 52%, lo que da cuenta del desencanto y desinterés de la ciudadanía por los procesos electorales).

Un factor que debe ser tomado en consideración es la corrupción y el clientelismo acendrados en la entidad. Un amigo habitante de Ecatepec me contaba que muchas personas decidieron no votar, particularmente por el PRI, pues en la elección para gobernador de Eruviel Ávila se les repartieron tarjetas para realizar compras, muchas de las cuales no fueron activadas, lo que consideraron un engaño, que condujo a la idea de castigar a quienes los defraudaron. Pero entonces, ¿podemos hablar de democracia cuando la base de la participación se sustenta en el otorgamiento de dádivas y la carencia de convicciones, en la compra de los votos?

De acuerdo a las cifras mencionadas, los municipios ganados por Del Mazo se caracterizan por un bajo nivel cultural, además de socioeconómico, donde sus habitantes son fácil presa del engaño. Pero no debemos ser ingenuos, independientemente de un fraude, el cambio de una ventaja de cerca de cuatro puntos de uno u otro candidato no es en ninguno de los dos casos estadísticamente significativo y la declaratoria de triunfo se basaría en la histórica frase de Felipe Calderón: “haiga sido como haiga sido”.

Los votos fraudulentos van más allá del fraude directo, tienen que ver con la intimidación, con sembrar el miedo y la zozobra en la sociedad, en la generación de desconfianza, en orillar a la gente al abandono de la esperanza. En sus 92 años de control del Estado de México, primero con el PNR y luego 88 con el PRI, la gente se acostumbró en forma irreflexiva a ser gobernados por esos políticos, como si fuera algo inexorable, como el destino de los habitantes de esa entidad. Podría pensarse que el voto fraudulento está metido en el inconsciente de muchos ciudadanos, por lo que los no despreciables votos de Del Mazo dan cuenta de que ellos, carentes de convicciones, de manera casi animal van a las urnas empujados por las motivaciones más burdas y elementales. ¡Si no me dan, si no me cumplen, ya no voto por ellos!, dirían algunos.

También pude escuchar a un parroquiano que decía: “Del Mazo ganó porque tuvo más billete, ¡las elecciones se ganan con billete! Y “¡si Obrador y su Delfina no ganaron es por avaros! Seguramente tenían mucho billete, pero no lo supieron gastar, y si no lo tiene, es que ese Obrador no ha sabido robar, y sólo va a empezar con sus idioteces de ‘voto por voto’. ¿Quién les va a creer?” Ese tipo no es mexiquense, ni vota ahí, pero así piensa guiado por el odio a Morena y a la idea de un cambio en el país.

Pudo haber un fraude con los números, pero el verdadero voto fraudulento se basa en la inconciencia, que lleva a la representación de los políticos como cerdos, que deben ser decapitados como tales, pues creen que todos son de su misma condición. El fraude está en el modelo de nación en que vivimos, que va desde una falsa reforma educativa, la reforma energética, el descarado robo de los ductos de Pemex y el encubrimiento de la delincuencia organizada, entre muchas cosas más.

El Padre Ubú estuvo lejos de estos escenarios electorales, que no pasaban por su mente; su reino era simple, como su propia mentalidad elemental, que lo llevó sin embargo a gobernar autoritariamente, de una manera directa, sin mediaciones tan complicadas como las que vivimos en las llamadas democracias occidentales que, creo, distan mucho de serlo. Sin embargo, su reino cayó, aunque ignoro cuál fue el rumbo que tomó después de su partida, el cual quizás tampoco fue nada bueno.

En tanto, muchos de los mexiquenses que votaron por Alfredo III recibieron sus despensas con cerdos, puercos, cochinos, marranos, frijol con gorgojo, pero ultimadamente el frijol con gorgojo es frijol, y ¡si no mata engorda!

¡Para mí por hoy es suficiente!

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