Ismael Ledesma Mateos
En la noche del 26 de noviembre de 1911 tuvo lugar el trágico suceso que llenó de estupor y tristeza a los socialistas de todo el mundo. Paul Lafargue y Laura Marx se habían suicidado en su casita en el poblado de Draveil, hecho que sorprendió a toda la militancia internacional. La entrañable pareja, después de haber pasado todo el sábado en París se habían dirigido a su casa en las afueras. Según el testimonio de un jardinero y su familia, que conversaron con Laura y Paul, habían estado en un cine. Se veían serenos y contentos, aunque en sus mentes la muerte ya se encontraba presente. A la mañana siguiente, el jardinero estaba inquieto pues no los había visto, algo que no correspondía con sus costumbres, por lo que tocó la puerta y, al no tener respuesta, la abrió él mismo. Encontró a Paul y Laura sin vida. Él permanecía acostado y vestido en su habitación y en la contigua Laura estaba sentada en un sillón, también muerta.
Todo lo demás permanecía como siempre, limpio y ordenado. Sobre una mesa había una carta dirigida a su sobrino Edgar Longuet y una pequeña hojita con sus disposiciones póstumas:
“Sano de cuerpo y de espíritu, me mato antes de que la implacable vejez, que me roba uno a uno los placeres y alegrías de la existencia y que me despoja de mis facultades físicas e intelectuales, paralice mi energía y rompa la voluntad y me convierta en una carga para mí y los demás.
Desde hace años me prometí no pasar de los setenta. Fijé la época de mi partida y preparé el modo de ejecutarla: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico.
Muero con la alegría suprema de tener la certidumbre de que en un próximo futuro, la causa a que consagré mi vida durante 55 años triunfará.
Viva el Comunismo.
¡Viva el Socialismo internacional!”
En cuanto a la actitud de Laura, se ofreció una explicación en un pasaje que se encuentra en la correspondencia que ambos mantuvieron con Engels, en la que se podía leer:
“No es cuestión de vida o muerte, pero sí está robusto y en buena salud.
¿Cómo podría hacer de otro modo el trabajo que nuestro querido Moro [Marx] le dejó?
¿Y quién lo haría si usted cayera gravemente enfermo? Es demasiado terrible de pensar… Si se hubieran tomado medidas inmediatas, y hubiera podido serlo en el caso de mi hijo Étienne, él viviría hoy y tendría catorce años, eso me recuerda el día de mi cumpleaños, ¡hace algunos días llegué a los 38 años! ¿No es escandaloso? ¡Jamás pensé en que viviría tanto! Y nadie me ha felicitado.”
Sobre la reacción de Lenin, ante todo ello dejó su pareja Nadiezhda Krupskaia el siguiente testimonio: “El mes… fue señalado por el suicidio de los Lafargue. Su muerte impresionó fuertemente a Ilich. Recordamos nuestra visita a su casa. Ilich me dijo en esta ocasión: ‘Sí ya no tienen más fuerzas para trabajar por el socialismo, es necesario mirar rectamente la verdad y hay que morir como los Lafargue. Ilich tuvo el deseo de declarar ante la tumba de los Lafargue que su trabajo no había sido en vano, que la obra de Marx, obra a la cual Paul y Laura Lafargue estaban tan estrechamente ligados, tomaba amplitud y se extendía hasta la lejana Asia: en esta época precisamente se veía en China la renovación del poderoso aliento revolucionario. Vladimir Ilich escribió su discurso e Inés [Armand] lo tradujo. Recuerdo la emoción con que él lo pronunció en las exequias, en nombre del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso.”
Para Lenin el acontecimiento fue en realidad desconcertante, pues como llegó a decir, “un socialista no se pertenece a sí mismo, sino al Partido y mientras tenga fuerza para apoyar a la clase obrera, aunque sea para escribir un artículo o un llamamiento, “no tiene derecho a suicidarse”. ¡Sin embargo ellos lo hicieron!
El Padre Ubú no entendería una situación como ésta y por supuesto no se mataría junto con la Madre Ubú, la cual con toda su avaricia y egoísmo jamás pensaría en dejar el poder con todos sus privilegios y lujos, y pensar en morir por un amor solidario no cabría en su reducido universo mental, que rige su burda existencia, tal como no lo harían muchos gobernantes contemporáneos, sólo ávidos de poder y de riquezas.
En del diario El País, el 5 de marzo de 1983 apareció una nota que daba cuenta del suicidio de Arthur Koestler y su esposa, Cynthia, quienes fueron encontrados muertos en su apartamento londinense. “Hicieron un pacto de suicidio”, según confirmó la policía británica. Ambos pertenecían a la Sociedad para la Eutanasia Voluntaria (VES), anteriormente conocida como Exit (Salida). Arthur era el autor del prólogo del polémico libro que editó la VES, en el que se describen métodos para acabar voluntariamente con la vida.
Este gran escritor de 77 años, autor de obras como Los sonámbulos, El cero y el infinito, Jano, Los convocados y muchas otras, junto con su tercera esposa, de 56 años, fueron encontrados en dos sillones del salón del primer piso del apartamento. “Las cortinas estaban corridas. A fin de evitar el shock del descubrimiento a la criada, los Koestler colocaron una nota en la puerta principal, pidiéndole que no subiera y que llamara a la policía. Koestler padecía, según sus amigos, la enfermedad de Parkinson. Un amigo que le visitó hacía tres semanas afirma que intelectualmente se encontraba tan ‘alerta’ como siempre, pero que sufría con el continuo temblor que le producía la enfermedad.”
Según la nota, una amiga, Daphrie Hardy, dijo que Koestler nunca ocultó que se suicidaría cuando no pudiera soportar más. Su mujer, Cynthia, con la que se casó en 1965, trabajaba como su secretaria. “Chyntia era la mejor amiga de Arthur”, añadió Hardy. “No podía vivir sin él. No padecía ninguna enfermedad, pero ellos no querían vivir el uno sin el otro.” Él y Cynthia se mataron en la tarde del 1 de marzo de 1983 con sobredosis del barbitúrico Tuinal tomado con alcohol. Sus cuerpos fueron descubiertos en la mañana del 3 de marzo, cuando llevaban muertos 36 horas.
Koestler conjuntó la militancia política con la biografía, la historia y una visión crítica de la ciencia, y para muchos su mayor legado a la humanidad fue su vida misma. La cual terminó de esa manera.
Arnoldo Kraus, experto en bioética médica, escribió en Nexos (23 de enero de 2017): “El suicidio de parejas es tema complicado, más que el individual. Quienes se quitan la vida al unísono, ¿lo hacen por amor?, ¿por temor a pervivir sin la pareja?, ¿por presión de quien toma la decisión de quitarse la vida, ya sea por enfermedad u otra razón?, ¿por desamor hacia la vida?, ¿por deudas impagables?, ¿como protesta?… muchas preguntas, incontables respuestas.”
Más adelante retoma el mito griego de Filemón y Baucis, diciendo que muchos quisieran ser como ellos, pero “pocos, muy pocos, lo consiguen”. Filemón y Baucis fue un matrimonio “cuya notoriedad se debe a que tuvieron el tino de ser los únicos en permitir entrar a su hogar a los dioses Hermes y Zeus, disfrazados de mortales. Tras la negativa de los habitantes de Frigia de acogerlos, los dioses tocaron a la puerta de Filemón y Baucis, unos viejos y pobres campesinos, quienes los recibieron y compartieron su comida y vino. Como castigo contra los habitantes de Frigia, los dioses destruyeron la ciudad por medio de una inundación, preservando únicamente la casa de Filemón y Baucis, la cual se transformó en templo.
Cuando Zeus ofreció cumplirles un deseo, el matrimonio solicitó trabajar como ministros del santuario y permanecer siempre juntos. Baucis falleció a los pocos días de la muerte de Filemón. Zeus convirtió a Baucis en tilo y a Filemón en roble. De acuerdo a la leyenda, los árboles se inclinaban uno hacia el otro. Suelen ser bellas las realidades cuando semejan leyendas”.
Tanto Paul Lafargue y Laura Marx, como Arthur Koestler y Cynthia tomaron el camino de morir juntos, porque, como cantaría Sabina, “el amor, cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”.
¡Vamos a interrumpir aquí!









No Comments