Ismael Ledesma Mateos
Escucho reiteradamente en televisión, así como en la convivencia cotidiana, expresiones que aluden al corazón relacionándolo con sentimientos y emociones, lo cual, como biólogo, me molesta sobremanera. Se trata de una estupidez que en occidente viene desde la antigüedad griega. El corazón es un músculo poderosamente potente, cuya función fisiológica es bombear sangre a todo el cuerpo. Pienso en William Harvey, quien explicó por primera vez lo que llamamos la circulación de la sangre, en su obra magistral Del movimiento del corazón y la sangre en los animales, en el siglo XVII”, donde plantea que en el corazón, en nuestras venas y arterias, no existe otra cosa que “la inequívoca sangre”, en alusión a la idea acendrada de que en el corazón y en la sangre existe un “alma” de carácter sobrenatural, algo completamente absurdo.
Hace años, cuando iniciaba mi curso de Historia de la Biología en la UNAM, le pedía a mis alumnos de segundo semestre de la carrera de biólogo, que realizaran un trabajo de campo por medio de encuestas acerca de la idea que la gente tenía de la corporeidad y su relación con sentimientos y emociones. Para mi sorpresa, gente con formación de licenciatura e incluso de doctorado, asociaban al corazón con el amor, la pasión y sentimientos, algo estúpido y aberrante. Eso lo hacía cuando revisábamos el problema del conocimiento del cuerpo en la filosofía presocrática y luego en Platón y Aristóteles. Sin embargo la gente lo sigue pensando. Sigue diciendo cosas imbéciles como “te quiero con todo el corazón” o “has lastimado mi corazón” –en ese caso que vayan a ver a un cardiólogo diría yo-, pero en la realidad social eso existe. Un muy apreciado ex maestro mío y gran amigo ha dicho: “es que es difícil que digan ‘te amo y te quiero con todo mi hipotálamo, mi hipocampo y mi cuerpo lenticular y amigdalino’”, que son las estructuras del cerebro donde se dan las emociones primarias y las pasiones, lo que nos remite a lo que se ha llamado cerebro reptiliano, que viene de nuestra historia filogenética y evolutiva.
Cuando nos enamoramos, el corazón late con intensidad, ésa es una realidad, pero no se debe a sentimientos sino a la acción de una hormona que se llama Adrenalina, producida en las glándulas suprarrenales, como consecuencia del una señal del sistema hipotálamico-hipofisiario. El amor entra por los ojos y de ahí pasa al cerebro y a las estructuras internas que tiene para controlar el sistema endócrino, nada que tenga que ver con las cursilerías que piensa la mayoría de la gente.
Es muy interesante que, en la Grecia antigua, Platón, pensara que “el alma” estaba en el cerebro, mientras que su discípulo Aristóteles, al igual que Hipócrates, creía que “el alma” estaba en el corazón. Ahora sabemos que “el alma” no existe, pero en Platón encontramos una idea importante en relación a la corporeidad. Es realmente apasionante abordar y debatir estos temas, que están tan acendrados en nuestra cultura. De hecho, como señalo, no proceden del cristianismo o la religión católica, sino que son mucho más anteriores, por lo cual es muy difícil quitarlo de la mente de la gente.
Cerca de 1908, en México, se prohibió la enseñanza de la Biología por considerarla “peligrosa para la juventud y las creencias”. Muchos lo atribuyen a la introducción del evolucionismo en el país por parte del fundador de la cátedra, Alfonso Luis Herrera, en 1902, en la Escuela Normal para Profesores. Pero en realidad, aparte de la animadversión ideológica hacia la teoría evolucionista darwiniana, la causa fue que en su libro de 1904, Nociones de Biología –el primer libro mexicano de esta ciencia–, la figura inicial es un retrato de Claude Bernard, a quien menciona como filósofo y fisiologista francés que nos ha explicado la base fisicoquímica de la vida, lo que implica pensar que “la vida se explica por sí misma”, que no hay una fuerza vital sobrenatural y, por lo tanto, que “el alma no existe”, lo cual fue un planteamiento muy fuerte. Es por ello que muchas personas de manera errónea pensarían que lo biólogos estudian plantitas y animalitos, pero no. Eso lo hacen algunos, pero la esencia de nuestra formación debe ser el entendimiento de la vida, lo que implica el conocimiento fisiológico, celular, bioquímico, molecular, ecológico y evolutivo, y bueno, por fortuna sí es una ciencia peligrosa y subversiva.
La palabra “corazón” puede seguirse usando como metáfora, dado que es algo muy acendrado en nuestras culturas, pero debe entenderse así, sin la carga ideológica infundida en ella durante siglos. En la magnífica conferencia que virtualmente nos dio para el Cinvestav el Dr. Renato Dagnino, de Brasil, hablaba del “Corazón vermelho”, es decir del “corazón rojo” que contraponía con las “mentes grises”. La metáfora me encantó, pero siempre debemos pensar que el corazón no tiene nada que ver con la mente, los sentimientos y emociones. No obstante, incluso, yo sigo usando la expresión y en este momento me vino a la mente una estrofa de una canción de Joaquín Sabina donde dice: “Me trajeron aquí tus caderas, no tu corazón”.
El Padre Ubú no pensaría en estas cosas ligadas al corazón, y metafóricamente hablando podríamos decir que el suyo era duro en insensible, lo cual no es real, pues en ese caso tendría que haber ido con un cardiólogo que, imagino, no había en su reino. Por cierto, mi tesis de maestría la hice purificando una enzima de corazón de perro. Sacaba uno cada mes y nunca encontré un alma, espíritu o cosas así.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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