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Conacyt: complejo y paradójico

· mayo 11, 2019

Ismael Ledesma Mateos

En el sexenio de Luis Echeverría Álvarez se funda el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) aprobado por disposición del H. Congreso de la Unión el 29 de diciembre de 1970 como “un organismo público descentralizado del Estado, no sectorizado, con personalidad jurídica y patrimonio propio, que goza de autonomía técnica, operativa y administrativa que tiene por objeto ser la entidad asesora del Ejecutivo Federal y especializada para articular las políticas públicas del gobierno federal y promover el desarrollo de la investigación científica, el desarrollo tecnológico y la innovación a fin de impulsar la modernización tecnológica del país”.

Luego de ello, Echeverría tuvo el acierto de nombrar al ingeniero Eugenio Méndez Docurro como primer director (1971-1972), aunque al mismo tiempo era el secretario de Comunicaciones y Transportes y al año siguiente, en mayo, al Dr. Gerardo Bueno Zirión, destacado economista (1973-1976), quien en una entrevista en abril de 2011 en Ciencia y Desarrollo afirmaba que: “Existía un problema por solventar: la gente, por una parte, percibía al Conacyt como evolución del Instituto Nacional de la Investigación Científica, pero, por otra, pensaba que era un nuevo organismo cuya función era controlar el Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología. Esas dos visiones resultan extremas; necesitábamos dar a conocer que el papel del Consejo era el de promover el desarrollo de la ciencia y la tecnología, y formular la política nacional en ciencia y tecnología, coordinando y orientando los esfuerzos de otros participantes como el Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología, las instituciones, los investigadores, el gobierno y las propias empresas.”

Resulta paradójico que en sus inicios el Conacyt surja por iniciativa de un presidente considerado como represor, en un momento convulso de la historia del país. Al respecto Bueno Zirión expresó: “Se ha dicho que el presidente Echeverría creó el Consejo para revertir el sentimiento de culpa que tenía hacia los sucesos de 1968, pero en realidad fue un presidente que, a diferencia de muchos que lo han sucedido, tenía una visión de largo plazo. Le dio impulso a la educación, a la ciencia y la tecnología; durante su mandato se crearon el Instituto Nacional de la Vivienda y el Instituto Mexicano de Comercio Exterior, por ejemplo. Lo importante es ver más allá de lo que pasa dentro de los laboratorios, para que las cosas que se hacen en ellos funcionen desde el punto de vista del desarrollo.” Sin duda fue un buen inicio para el Conacyt y para el apoyo a la ciencia y tecnología en el país.

Cuando era adolescente y estudiaba la secundaria, me fascinó que existiera una institución gubernamental dedicada a la promoción de la ciencia y de la tecnología, su enseñanza y la investigación: el Conacyt. Veía los magníficos programas de televisión que transmitía y comencé a comprar su revista, Ciencia y Desarrollo; tuve entonces el atrevimiento de escribir una carta al director general (Gerardo Bueno Zirión) pidiéndole información para obtener una beca para estudios de biología en el extranjero, particularmente en la República Democrática Alemana o en Israel, y recibí su respuesta personal muy rápidamente, lo que para alguien de mi edad fue muy alentador.

En esos años se crearon los primeros Centros de Investigación del Conacyt, labor en la que tuvo un papel fundamental el Dr. Raúl N. Ondarza, uno de los más importantes biólogos de México, con una visión integral de la ciencia y de la importancia de promover su enseñanza en todo el país. Posteriormente, el siguiente director general fue el Dr. Edmundo Flores Fernández (1977-1982) durante el sexenio de José López Portillo. Fueron épocas de gran apoyo a la ciencia y la tecnología. Otro director general que realizó importantes contribuciones fue el Dr. Manuel V. Ortega Ortega (1989-1990), ex director del Cinvestav, ex subsecretario de Educación e Investigación Tecnológica de la SEP, bioquímico pionero en el mapeo del genoma bacteriano y los estudios de metabolismo.

Pero luego de ello vino el declive con los directores representativos del periodo neoliberal, como: Fausto Alzati (1991-1994) —sin el grado de doctor que ostentaba—, Carlos Bazdresch Parada (1995-2000) —de los menos malos, a mi juicio, y con trayectoria académica—, Jaime Parada Ávila (2001-2005) —ingeniero procedente del sector privado—, Gustavo Chapela Castañares (2005-2006) —ex rector de la UAM—, Juan Carlos Romero Hicks (200-2011) —uno de los peores, panista radical, que fue rector de la Universidad de Guanajuato y gobernador de ese estado, sin formación científica—, José Enrique Villa Rivera (2011-2013) —ex director del IPN, con conocimiento de ciencia y tecnología y de su gestión, pero un hombre incondicional del sistema político imperante— y Enrique Cabrero Mendoza (2013-2018), con una formación en administración y con la visión inherente a ello, que encarnó lo que siempre he considerado una “visión administrativista”, que en todo momento ha dañado a la educación, la ciencia y la tecnología.

No obstante, durante tantas décadas de funcionamiento del Conacyt, muchos científicos y tecnólogos supieron acomodarse e instalarse en una “zona de confort”, algunos recibiendo apoyos millonarios para actividades que realmente no eran relevantes ni significativas para el conocimiento, pero se adaptaban a las circunstancias sin protestar, a pesar de que en los pasillos de los departamentos o institutos siempre había quejas por la tardanza en la llegada de los presupuestos para los proyectos de investigación o bien el problema de que los recibían cuando había cambiado la paridad del peso con el dólar, algo muy delicado cuando se hacen trabajos que implican la importación de equipamiento o reactivos de laboratorio, para las ciencias experimentales o las tecnologías.

De acuerdo con el “efecto de San Mateo” o “efecto Mateo”, postulado por el sociólogo de la ciencia estadounidense R. K. Merton: “Al que más tiene todo se le dará y en demasía y al que menos tiene incluso se le quitará lo poco que tenga.” Esto ocurre en el ambiente de la investigación a nivel mundial y queda perfectamente ejemplificado en los casos del Conacyt y el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) en México y de otras instancias similares en todo el mundo (Conicet en Argentina, CSIC en España, CNRS en Francia, etc.), lo que implica condiciones de inequidad: los científicos consolidados gozan de todos los privilegios y, en cambio, quienes inician sus actividades tienen todas las dificultades para avanzar y construir un capital simbólico y entrar a un “ciclo de credibilidad”, que permite la obtención de recursos para trabajar y tener alumnos con una beca para poder continuar con las investigaciones y publicarlas.

Ante esto aparece otra paradoja: la que investigadores que no fueron plenamente beneficiados por la operación de Conacyt durante el periodo neoliberal, ahora hostilicen a la nueva dirección general, que a partir de 2018 está en manos de la Dra. María Elena Álvarez-Buylla Roces, quien conociendo desde dentro la operación de la ciencia y la tecnología en el país (fue Premio Nacional de Ciencias en 2017) pretende hacer cambios trascendentes como enfatizar la importancia de las humanidades. Me desconcierta y enoja el enorme golpeteo mediático en contra de la directora general del Consejo, que ha sido atacada por importantes científicos —incluso amigos míos— desde una postura que pareciera una reacción al proyecto de la llamada “cuarta transformación de México”, como si hubiera sido mejor mantenernos en el estado anterior y no fueran necesarios cambios radicales.

La ignorancia sobre la ciencia y la obtusa representación social que se tiene de ella, han llevado a distorsiones donde se aprovecha “el prestigio de la ciencia” para golpetear al nuevo régimen. Hay ajustes que deben realizarse y evitar excesos que en muchas ocasiones se dieron. Yo, como evaluador de proyectos de investigación del Conacyt, me topé con casos impresionantes, con peticiones exorbitantes de dinero para actividades que no se justificaban, y no eran excepciones, sino algo muy frecuente.

Sin duda la ciencia, la tecnología y las humanidades deben ocupar un lugar prioritario en un proyecto democrático de nación y es incorrecto que no se le dé un lugar preponderante en el discurso gubernamental y que en el Plan Nacional de Desarrollo se le haya tratado con descuido, dedicándole poco espacio. Eso debe ser corregido de inmediato, sin caer en una demagogia cientificista. En otros gobiernos se llegó a hablar en muchas ocasiones de ciencia y tecnología sin que en los hechos de vieran consecuencias reales, y desviando recursos al sector empresarial. Habrá que esperar que en el futuro se pongan en marcha políticas de consolidación científica, tecnológica y humanística, para acallar las quejas de científicos a las que hacen eco diversos medios de comunicación con fines de desestabilizar la vida política nacional y crear confusión cuando se está iniciando un cambio, creo, drástico y benéfico en la situación de México.

El Padre Ubú estaría confundido —por no decir anonadado— ante situaciones como la que vivimos, difíciles de entender y asimilar. En su reino no se cultivaba la ciencia ni la tecnología, y por tanto no tendría el problema de crear instituciones dedicadas a la atención de esos quehaceres y mucho menos confrontar posturas encontradas, ante las que no tendría otra idea que reprimirlas. Por fortuna el México actual no es así, no tenemos un rey autoritario e ignorante, y existen las condiciones para que mantengamos la esperanza.

¡Para mí es suficiente!

ubú[email protected]

 

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