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Comprender la historia

· diciembre 15, 2017

Ismael Ledesma Mateos

La historia me obsesionó desde que tuve contacto con ella. A los nueve años ya había leído la Iliada y la Odisea de Homero, que si bien no son libros de historia abordan literariamente temas históricos. Para mí son emblemáticos: con ellos comencé a hacerme en el aspecto intelectual. El hermano de mi abuela, “Mamá Anita”, el tío Miguel Hernández, no me quería, era simpatizante del franquismo, un hombre de ultraderecha, y chocaba con mi abuela, quien odiaba a Francisco Franco, lo cual ella me inculcó (no se trata de mi tío Miguel Marín, quien me formó y fue como mi padre). Las amistades de ese hermano de mi abuela eran repugnantes, derechistas reaccionarios y anticomunistas.

Una mujer horrible de pelo cano quedó espantada de que a mi edad supiera de memoria esas obras de Homero, además de que tomara una copa pequeña de coñac, y dijo que yo sería un atrofiado o un enfermo mental, que era algo horrible, incorrecto, inaceptable, además de que como el presidente Echeverría, a mi corta edad “tenía sonrisa de diablo”. Y bueno, mi abuela que fue una maestra partidaria de Plutarco Elías Calles, que aun siendo egresada de una normal de monjas, combatió como profesora a los cristeros, mandó a tal señora directo ¡a la chingada!

El Rey Ubú tampoco tenía noción de la historia y seguramente también se habría espantado de ver a un niño hablando de cosas que él no habría leído ni comprendido, como toda le gente elemental y reaccionaria: lo único que importa es saber leer, escribir y hacer cuentas, y ahora inglés y computación; para ellos la historia es molesta pues es “la gran maestra de la vida” y ellos adoran la ignorancia, que les permite el uso arbitrario del poder. Claro, hay diferentes formas de ver la historia, hay distintas historias, la de los vencidos y la de los poderosos. Ubú hubiera encargado que le hicieran un historia que lo mostrara como “un héroe”, lo cual evidentemente sería una falsedad, como todas esas historias que pululan en el mundo y que el gran historiador mexicano Luis González y González llamó la “historia de Bronce” y que Herbert Butterfield llamó la “historia whig”, la historia adulatoria, lambiscona, la favorita de los gobernantes, que carece de “historicidad”.

Y pensando en la historia, me aparece la imagen de los libros de texto gratuitos de la Escuela Primaria, aquellos que ordenó hacer Adolfo López Mateos, y pienso en los que narraban la conquista de lo que sería la Nueva España, lo que dio lugar a México y particularmente los de quinto y sexto año, que eran una maravilla. El de quinto es un libro extraño e inigualablemente valioso que trata de la historia de América Latina y el de sexto de historia universal. Luego en la secundaria seguí leyendo libros de historia, muy particularmente los de historia de México de Aguirre Cinta y de Alfonso Toro, muy superiores al de Ciro González Blackaller, que era el texto pedido por mi profesor el abogado Miguel Ángel Ordóñez, al que recuerdo con gran estima. Y en la preparatoria tuve contacto con el gran libro, aunque pequeño de tamaño, de Juan Brom, Para comprender la historia, que fue mi primer contacto con la teoría de la historia.

A los doce años tomé la decisión de ser biólogo, luego de que en una crisis asmática que me tuvo en cama y me hizo leer completo el libro de biología coordinado por don Enrique Beltrán, el primer biólogo mexicano. Fue al llegar a la sexta unidad, referente a la célula, al conocer el fenómeno de la reproducción celular (la mitosis), que supe lo que debería estudiar. Sin embargo, en el camino tuve dudas, pues también me apasionaba la filosofía y, por supuesto, la historia. En Puebla podía estudiar cualquiera de ellas: de hecho estudie dos semestres de filosofía, antes de irme e la UNAM a estudiar la carrera de biólogo que no existía; y luego en la UNAM estudié otros tres semestres de filosofía, simultáneamente a biología, pero finalmente fui biólogo, aunque “la fuerza de las cosas” me llevó a dedicarme a la historia, a la historia y de la biología y a estudios sociológicos acerca de esa ciencia. La vida me regresó a la historia y así pude conjuntar dos de mis pasiones.

La historia como ciencia social es apasionante, y muchos de los que nos dedicamos a ella no estudiamos la carrera de historia. Enrique Krauze, miembro de El Colegio Nacional, es ingeniero industrial de origen; Elías Trabulse, un gran historiador de la ciencia, es químico; Lorenzo Meyer es licenciado en relaciones internacionales, y seguro habemos muchos más que amamos la historia y vivimos de ella. Y todo esto viene a cuento por tener a mi lado un impresionante libro de Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, un texto imprescindible para nuestra disciplina. Como está escrito en la presentación: “Hay muchos libros acerca de los acontecimientos históricos de este siglo: revoluciones, guerras, crisis económicas… pero hasta hoy no había una auténtica historia del siglo XX que, como ésta, los enlace a todos en una perspectiva global. Para ubicar un panorama tan complejo se requería alguien con la erudición de Eric Hobsbawm; alguien que, como él, vivió el siglo: que estuvo en Berlín cuando Hitler fue proclamado canciller y en Moscú después de la muerte de Stalin; que conoció los movimientos revolucionarios de América Latina y que convivió en Cambridge con Turing y también con los descubridores de la estructura del ADN…” Se trata de “un libro poderoso e inquietante…”

Hablo de un referente indispensable, aparte de los autores clásicos como Karl Marx, que para mí es el fundador de la ciencia de la historia, a partir de la teoría que llamó “materialismo histórico”. Y Hobsbawm era marxista y nunca renegó de ello. Enrique Krauze lo mencionó en una de sus primeras conferencias en El Colegio Nacional, junto a sus grandes maestros mexicanos Luis González y González y Daniel Cosío Villegas, además de Thomas Carlye y Edgard H. Carr, que con seguridad son sus principales influencias, aunque no mencionó a las mías que vienen de la Escuela de los Annales de Francia, como Lucien Febvre, Marc Bloch y mi autor favorito, Fernand Braudel, junto con Georges Duby.

En el seminario en París, en el Centro de Sociología de la Innovación de la Escuela Nacional de Minas, mi maestro, Bruno Latour, nos hacía leer un texto de la Escuela de los Annales, sobre San Luis Rey de Francia. ¿Pero si lo que estudiamos es historia de la ciencia, para qué estudiar eso? La respuesta es clara: aunque vayas a hacer historia de la ciencia, tienes que saber historia y para Latour, y coincido con él, ése es un extraordinario texto de historia. Si haces historia del arte, historia de la cultura o historia de la ciencia, tienes que saber historia en general y conocer los métodos y técnicas de la investigación histórica. Conocer las telarañas de los archivos e incluso infectarte de hongos o bacterias al estar en el mundo de lo viejo, para entender el presente y planear el futuro, pues para mí la historia no sólo es erudición sino algo práctico para la planeación estratégica a largo plazo.

Mi tío Miguel era abogado porque su papá abogado y notario lo obligó a estudiar eso, pero le encantaba dar clases de historia en la Normal de Tlaxcala (ahora la universidad), a la que asistía diario desde Puebla. Su padre, a pesar de su oficio, también enseñaba historia y literatura en la UAP, de hecho fue maestro del asesino Gustavo Díaz Ordaz, tanto en la preparatoria como —creo que— de derecho romano en la Escuela de Derecho. Siempre estuve cerca de la historia y en la UAP conocí a un gran historiador que fue rector, Alfonso Vélez Pliego, quien estudió derecho pero inteligentemente se cambió a historia. Cuando era adolescente, veía en las paredes de las calles volantes pegados por el Frente Universitario Anticomunista (FUA) donde atacaban a tres personajes: al químico Sergio Flores Suárez, director de la Escuela de Química, que fue rector; al ingeniero Luis Rivera Terrazas, director de la Escuela de Física y Matemáticas, que fue rector, y a un joven que se llamaba Alfonso Vélez Pliego, que también fue otro gran rector… Pero que debajo de su foto decía “Lo que diga el maese Terrazas, aunque nunca sea abogado”. Y en efecto, el ingeniero que era un científico (un astrónomo colaborador de Guillermo Haro en el observatorio de Tonantzintla, al que Elena Poniatowska llamó “El fotógrafo del sol”, pues estudiaban las manchas solares), quien influyó en Alfonso, ese joven colaborador suyo, para que dejara derecho y estudiara historia.

Y joven conocí a una bella y brillante estudiante de economía, Leticia Gamboa Ojeda, que se dedicó a ser historiadora, de manera por demás exitosa. Aunque no fue mi maestra, era mi amiga y me mostró con el ejemplo cómo se fabrica la historia y que luego hace poco le dirigió la tesis de historia a la prima de mi prima: Anita Rojas Marín, una mujer bella y brillante. ¿Qué pequeño es el mundo?

Y Alfonso Vélez Pliego, ya como exrector, y yo como director de la Escuela de Biología, me dirigió mi primer artículo de historia de la ciencia, publicado en una revista internacional arbitrada (Quipú), titulado “Esbozo del desarrollo histórico de la biología en Puebla”, en el año de 1990; ya antes había publicado un trabajo de historia, pero en una revista de la UNAM, Ciencias, acerca del caso Lysenko. En 1986 mi primer artículo de historia, pero era en un medio de divulgación.

En Europa, ya dedicado profesionalmente a la historia de la ciencia, tuve la dicha de conocer en un tren Alaris de Valencia a Madrid, a una bella mujer, licenciada en historia y geografía, doctora en “historia moderna y contemporánea”, posdoctorada en Florencia, que me ha permitido contar son su amistad. Y años después me hice presidente de la Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y de la Tecnología, fundada por Don Enrique Beltrán, y como diría María Conchita Alonso: “Ésa es la historia…”

El Padre Ubú, como buen autócrata ignorante diría que sólo escribo tonterías. Yo espero que haya quien sí las lea y le puedan parecer de interés. No escribo para autócratas iletrados, que no puedan comprender la historia y la importancia de su estudio.

¡Creo que esto fue un verdadero divanazo!

¡Vamos a interrumpir aquí!

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