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Científicos mx: no todo es lo mismo

· agosto 13, 2015

Ismael Ledesma Mateos

 

Para el Padre Ubú las sutilezas de los matices y la diversidad son algo incomprensible, para lo que no da su tozuda cabeza. Los científicos no son una entidad homogénea, son dignos de un estudio minucioso y pormenorizado desde la perspectiva sociológica y antropológica. Tenemos, de entrada, una primera partición: los científicos naturales y los científicos sociales; pues los matemáticos (científicos exactos, son otra categoría muy diferente) deben tratarse aparte. Luego de ello, dentro de cada uno hay estamentaciones distintas. No pueden abordarse de la misma manera, y de ninguna forma tienen la misma vida.

Escribo hoy, continuando mi texto de la semana pasada, que quiero que no se malinterprete. En él me refería a la vivencia neurótica de algunos científicos; pero aunque ello no son la totalidad, dan cuenta de una condición horrible, de “angustia, desesperación y desamparo” en el estilo más sartreano de la expresión. Aquellos que abrazaron la profesión científica por vocación nunca imaginaron lo que enfrentarían. No se trata de hacer generalizaciones ni meter todo en un mismo saco, pues los científicos no son todos iguales en nuestro tiempo, ni lo han sido en otras épocas, por lo que el reconocimiento de la diversidad nos lleva a una importante vertiente de investigación, los estudios de caso.

Los científicos de antaño tenían una enorme entrega y pasión por su labor, producto de una muy clara vocación; sin embargo, a medida que se incrementó la población de científicos, las cosas dejaron de ser tan claras, las expectativas de empleo cambiaron así como las condiciones económicas de los investigadores, que paulatinamente dejaron de ser “tan científicos”, alejándose de la visión integral que verdaderamente debe tenerse en las ciencias. La falta de presupuesto, las malas condicione de trabajo y los bajos salarios generaron enorme malestar e inquietud, que no son apropiadas para la creatividad. Lo que condujo a la migración llamada comúnmente “fuga de cerebros”, que llevó a que el Estado buscara paliativos, creando sistemas de estímulos y recompensas que mitigaran el deterioro económico.

Fue así que en 1984 se creó el Sistema Nacional de Investigadores (SNI) como alternativa para frenar el problema y las universidades e instituciones de educación superior establecieron programas similares para garantizar un sobresueldo para profesores e investigadores, lo que en el argot académico se denominó “pilones”, que varían de lugar en lugar y de tiempo en tiempo. Por ejemplo, en la UNAM se estableció el Programa de Primas al Desempeño Académico (PRIDE), que llega a ser mayor quincenalmente que el salario nominal de la categoría laboral más alta, o el caso de la Universidad Autónoma de Puebla, que en sus inicios fueron raquíticos y en la actualidad se otorgan como un número de salarios mínimos por nivel, que también puede superar el ingreso quincenal.

Esto llevó al fenómeno de la llamada “puntitis”, que implica la obtención de puntos sobre la base de la productividad, esto es, cantidad de artículos de investigación publicados, capítulos de libros o libros publicados, conferencias dictadas, congresos nacionales o internacionales en los que se ha participado, tesis dirigidas, comités de asesoría de tesis, proyectos de investigación en los que se participa y muchas cosas más, que deben someterse a evaluación cada determinado tiempo (dos, tres, cuatro o cinco años generalmente), por lo que el ingreso que se tiene en un periodo puede bajar o aumentar, dependiendo el puntaje y en consecuencia la categoría o nivel que se obtenga.

Esta realidad condujo a que muchos investigadores cayeran “al borde de un ataque de nervios”, pensaran que “el punto es primero” y dejaran de pensar creativamente o en términos estrictos de calidad. No quiero decir que eso pase en todos los casos. En la historia de la ciencia mexicana hay ejemplos emblemáticos y extraordinarios, en el pasado y en el presente, y para mí el de científico es uno de los mejores oficios que puede existir; sin embargo, en esa gran pradera que es el mundo de la investigación científica, hay quienes ven más las situación de pesadumbre en la que se sienten atrapados y no la belleza de esa actividad apasionante que es la ciencia.

Las mentalidades torpes —que conforman las hordas de súbditos del Padre Ubú— entienden por científicos sólo a quienes se dedican a las ciencias naturales, e ignoran a quienes practican las ciencias sociales, que además confunden con las humanidades. Es así que numerosos manuales horrendos acerca de qué es la ciencia, se refieren exclusivamente a las ciencias naturales, dejando de lado a las sociales y las matemáticas. Otra división aberrante es la que se hace entre las llamadas “ciencias duras” y “ciencias blandas”, donde las primeras serían las naturales y las segundas las sociales. Esa partición es un absurdo inaceptable, que se repite cotidianamente, incluso entre colegas serios cuando hablan de otras cosas.

La idea de que las ciencias sociales son más fáciles y simples desgraciadamente se encuentra muy generalizada. Adicionalmente, un prejuicio acendrado es que lo “científico” es superior a cualquier otra cosa, y esto procede desde el siglo XIX, que bien puede ser denominado “el siglo de la ciencia” (no en balde en el porfiriato bajo la influencia ideológica derivada de la filosofía del positivismo, se llamó “científicos” a un grupo político que no hacía ninguna actividad científica pero pregonaba argumentos que denominaban “científicos”).

Los científicos naturales no trabajan igual que los sociales, y viceversa; lo que hacen los físicos no es igual a lo que hacen los biólogos y lo que hacen los historiadores no es igual a lo que hacen los sociólogos, y dentro de cada profesión hay variantes y no es lo mismo ser biólogo marino que biólogo molecular, etcétera. Por otra parte, en ninguno de los casos es igual lo que ellos piensan dentro de esa heterogeneidad enorme. Esto en el terreno de su actividad profesional, pero en el mundo de lo subjetivo se reproducen patrones que tienen que ver con las condiciones de su trabajo en un mundo cada vez más hostil a la creación, debiendo quedarnos claro que “los científicos también son seres humanos”.

Para entender “la ciencia” —aunque es mejor decir “las ciencias”—, una premisa determinante es acercársele “tal como ella se hace”, y eso implica el contacto directo con sus actividades, los estudios de caso, la ubicación del contexto en el que las cosas pasan y el conocimiento de todo lo involucrado en esta actividad, los estilos de trabajo, la manera como maestros enseñan a sus discípulos en la investigación y cómo se ven ellos mismos y lo que hacen.

En los dibujos animados de “Pinky y Cerebro” nos encontramos ante una grotesca metáfora de la ciencia, que puede verse en este diálogo:

Pinky: ¿Cerebro, qué vamos a hacer esta noche?

Cerebro: Lo mismo que todas las noches, Pinky: ¡tratar de conquistar el mundo!

Esas ratas de laboratorio nos dan una lección sociológica acerca de la imagen de la ciencia, esa cosa, inasible, incomprensible, pero que sirve para esos fines: control, dominación y poder. Los científicos mx, tanto naturales como sociales, son víctimas de la misma realidad, que deberían ser capaces de entender, aunque los prejuicios se lo impidan y con frecuencia no puedan salir de este estado cuasi esquizofrénico en que se pueden quedar inmersos.

¿Cuántas cosas se dicen en nombre de la ciencia? Cuando algo quiere ser muy bien comercializado se puede incluir en la propaganda que “está científicamente comprobado que funciona, aunque en nombre la ciencia se hagan cosas atroces.

La abyecta ambición del Padre Ubú, por fortuna le impide ver que la ciencia puede ser usada en su favor para controlar a sus súbditos y con mayor ambición para dominar a toda la humanidad, lo cual, sin embargo, hasta el momento no ha ocurrido.

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