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Científicos al borde de un ataque de nervios

· enero 5, 2019

Ismael Ledesma Mateos

 

Recientemente muchos científicos mexicanos han reaccionado de manera adversa ante los cambios en la política científica del Conacyt y tienen temor de ajustes salariales por parte del gobierno federal, recurriendo a la presentación de amparos al respecto. Es sorprendente cómo gente con una sólida formación académica se deje llevar por rumores y especulaciones sin fundamento, sólo como consecuencia de una visión ideológica de la realidad. La ciencia es lo contrario a la ideología, pero paradójicamente los investigadores se dejan afectar por ésta, como en una suerte de esquizofrenia donde disocian la actividad creativa que deben realizar con su vida personal, quedándose en el mundo de los prejuicios y representaciones sociales distorsionadas de la realidad.

A nivel público se han dado pronunciamientos, como el de la Sociedad Mexicana de Bioquímica, respecto al recorte de más de 12% del presupuesto para Conacyt (el cual ya había sido reducido drásticamente en el gobierno anterior), lo cual tendría “grandes consecuencias negativas en el desarrollo científico y tecnológico del país”; así como el publicado en Nexos el 20 de diciembre de 2018, donde varios investigadores del Cinvestav manifiestan su “profunda preocupación ante las implicaciones del proyecto presupuesto de Egresos de la Federación para 2019, presentado a la Cámara de Diputados el 15 de diciembre”. Dicen: “En dicho presupuesto se presenta un recorte de 57.1 millones de pesos a nuestra institución, lo cual representa una reducción del 6.2% si consideramos la inflación del presente año. De ser aplicado, el recorte afectará actividades sustantivas que realizamos en la investigación y la docencia, tales como trabajo de campo, experimentos, becas para estudiantes, actividades de difusión, así como los ingresos del personal académico y administrativo de nuestra institución”.

Atrás de este reclamo válido, subyace el temor por una disminución en los salarios, de acuerdo a la nueva ley al respecto, planteada por el ejecutivo federal, que establece un tabulador de salarios máximos de los funcionarios públicos, donde en el caso de los más altos, no podrán ser mayores al que recibe el presidente de la República. El argumento de los investigadores del Cinvestav consiste en que, dado que no es una institución autónoma, se considera que ellos son funcionarios y eso podrá implicar una reducción de su sueldo, cosa que no ha ocurrido y no creo que ocurra.

Entre los postulados fundamentales para la creación del Cinvestav se encontraba el otorgamiento de salarios más elevados a su personal académico, que garantizara su dedicación exclusiva a la investigación, y por ello no debería ser parte del IPN, por lo que considerarlo parte de esa institución es algo sólo de nombre, pues se trata de una entidad completamente independiente. De hecho, su director es nombrado por el secretario de Educación Publica, en acuerdo con la Presidencia de la República. Pero a su vez, al depender directamente del gobierno federal tiene una serie de restricciones que no se dan para las universidades autónomas, por ejemplo en la compra de equipamiento.

Pero, en mi contacto personal con colegas y amigos investigadores del Cinvestav he escuchado opiniones y comentarios desconcertantes, revelando una faceta derechista, reaccionaria y mezquina, que los muestra “al borde de un ataque de nervios”, criticando las acciones del nuevo gobierno en vez de presentar propuestas de innovación y desarrollo. Pareciera una conjunción de esquizofrenia e histeria, donde además se externa animadversión a las posibilidades de cambio en el Conacyt, donde los que se dedican a las ciencias naturales repudian la idea de la doctora Elena Álvarez-Buylla Roces de un cambio de nombre para llamarlo Conahcyt, es decir, “será el Consejo de las Humanidades, Ciencias y Tecnologías”, pues el cambio es para fomentar “el concurso de todas las áreas del conocimiento, incluyendo las ciencias sociales y humanidades en favor del desarrollo científico y tecnológico con responsabilidad ética, social y ambiental”. Esto involucra una reivindicación del papel de las humanidades en la sociedad, que en mucho se hace a un lado.

Una brillante bióloga, doctora en bioquímica, me mandó un mensaje inaceptable, en respuesta a una crítica que hice a los investigadores naturales porque muchos realizan investigaciones intrascendentes, que no son relevantes y significativas, ante lo que responde: “Ay sí, como si lo que hacen los de sociales y humanidades fuera muy trascendente. ¡Ni siquiera saben escribir en inglés, ¡ja! Los estudios de aldea no son trascendentes tampoco, ¡eh! Y aunque sepan francés, ¿a quién le importa el francés!… ¡Lo increíble es que los pejezombis no aceptan que la gente piensa diferente; ya es una autocracia!” No doy crédito que una mujer de ciencia pueda hacer afirmaciones como ésa, pero para muestra basta un botón.

Desde de que comencé a vivir en el ambiente de la ciencia y de la investigación conviví con la palabra “crisis”, y esto se dio en el seno de varios gobiernos priistas, donde en todo momento se escuchaban quejas, quejas y más quejas, siendo el tema del dólar algo de la mayor importancia, pues el equipo de laboratorio es en su mayoría importado. Con el arribo de Vicente Fox a la presidencia ciertos científicos tuvieron una esperanza que se esfumó de inmediato, y el desencanto perduró en el sexenio de Felipe Calderón y luego con el regreso del PRI en el gobierno de Peña Nieto. No obstante, a pesar de las dificultades y vicisitudes los científicos e intelectuales tienden a comportarse como cortesanos en todas partes del mundo a lo largo de la historia. Pero ahora que existe la posibilidad de un cambio verdadero, aparece una reacción adversa, cuando a cargo de Conacyt está una bióloga, una científica reconocida internacionalmente, y no un empresario o un administrador.

El ataque de nervios de aquellos que se dedican a la ciencia y a la tecnología es entendible, pues temen a un cambio que los saque de su zona de confort, de su práctica cotidiana, que se da en el contexto de lo que Thomas S. Kuhn llama “ciencia normal”, con horarios rutinarios. Muchos, que ya son abuelos, perdieron la energía de la juventud que los llevaba a soñar en la “ciencia extraordinaria” que conduce a las “revoluciones científicas”. Por ello esa angustia y ansiedad, ante el inquietante enunciado de la “cuarta transformación”.

Me viene a la mente un magnífico artículo de Víctor Manuel Toledo que leí en el primer semestre de la carrera de biólogo: “Las cuatro biologías de una universidad subdesarrollada: la UNAM” (1975), donde hace una clasificación de los biólogos en “cientificistas”, “subcientificistas”, “subcientíficos” y “científicos”, donde los cientificistas son aquellos que ven la ciencia como algo aislado de la sociedad, como algo puro y exacto; los subcientificistas son algo similar, pero con menor formación; los subcientíficos son aquellos mediocres, rutinarios y conformistas; y los científicos, que serían los que ejercen su labor en plenitud (en realidad pocos), tienen una visión integral de la realidad y no sólo de su parcela disciplinaria, buscando la comprensión de la articulación entre ciencia, sociedad e historia.

El Padre Ubú estaría muy lejos de semejantes controversias y tribulaciones. Para su fortuna eso de los presupuestos y ajustes salariales era inexistente en su reino, donde los impuestos y las phinanzas se destinaban a su peculio, al de la Madre Ubú, al Capitán Bordura y al ejército, para mantener su régimen de explotación. Algo muy distinto de lo que será México con la cuarta transformación, que vivimos y que nos llevará a implantar la democracia.

¡Vamos a interrumpir aquí!

ubú[email protected]

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