Ismael Ledesma Mateos
Crecí impactado por la política. En el pasillo que daba a la sala de mi casa había un busto de bronce de Adolfo López Mateos (mi tío), también un retrato suyo. Me encantaba ver un diploma de mi abuelo, firmado por Carmen Serdán, donde lo reconocía como precursor de la Revolución. De hecho estoy vivo porque Aquiles Serdán lo envió a llevar unos documentos a Madero; si eso no hubiera ocurrido, lo hubieran matado el 18 de noviembre de 1910, como a todos los que estaban vinculados con el proyecto revolucionario en la casa de Santa Clara en Puebla.
Desde mi infancia amé la política, como una de las expresiones más altas de la humanidad, pero también amé la ciencia y en una grave crisis de asma leí en la cama el libro Biología contemporánea, coordinado por Enrique Beltrán, y decidí ser biólogo. Tenía doce años. Pero también quería ser político. Cuando llegué a la sexta unidad del libro, que trataba de la célula, al ver la parte de la mitosis, es decir de la reproducción celular, tuve mi vocación claramente definida. Mi hijo Andrés, que ahora estudia la carrera de física, decía muy pequeño que quería ser científico y bombero; yo le respondí: “como tu papá”, pues hay un tipo de político que se llama bombero, y creo que tuve esa habilidad, la de negociar y apagar fuegos.
El Padre Ubú no era científico ni bombero; al contrario, era un ser autoritario sin capacidad de negociar ni llegar a acuerdos, alguien que no comprende el arte de la política, que en esencia es el arte de la paciencia, de calcular con frialdad, para mantener el poder. No se trata del ejercicio burdo de la fuerza, como pensaría él al lado de su salvaje Capitán Bordura y de su infame y ambiciosa mujer, la Madre Ubú.
El ejercicio del poder implica la política y también requiere de la ciencia, de forma inmediata de las ciencias sociales, como es la ciencia de la historia y la de la economía política; pero también de las ciencias naturales, que nos permiten hacer armas nucleares o controlar una epidemia o una guerra bacteriológica.
Yo amo la ciencia y la política. Para mí fue fascinante ser alumno del ingeniero Luis Rivera Terrazas, el astrónomo, el físico, al que Elena Poniatowska apodó “el fotógrafo del sol”, pues tomaba las fotos de las manchas solares que le encargaba su marido, Guillermo Haro, el director del observatorio de Tonantzintla. Un lugar extraordinario, cuya historia merece ser contada. Uno de los más importantes asesores académicos del presidente Lázaro Cárdenas fue Luis Enrique Erro, y al final del sexenio le preguntó qué quería que le diera, a lo cual respondió: “un observatorio”. El presidente le respondió, pero si aquí no hay astrónomos, y Erro le dijo: “pues para que los haya”. Era el fin del sexenio y entonces Cárdenas le indicó que lo hablara con el futuro presidente, su sucesor, Manuel Ávila Camacho, que era poblano, y le instruyó que la condición para hacer ese observatorio astronómico sería que fuera en el estado de Puebla. Y Erro encontró el lugar adecuado en Tonantzintla. Lo que ahora es una poderosa institución, el Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE).
La ciencia y la política no pueden separarse, el pensar eso es algo absurdo. La UAP fue la concreción de la ciencia, del conocimiento y la política. Yo tuve la dicha de ser alumno del ingeniero Luis Rivera Terrazas, del rector que por las mañanas daba clase de mecánica clásica en la Escuela de Física que fundó y por la tarde enseñaba historia de la ciencia —que en realidad era historia de la física—, la cual tomé con él en la Escuela de Filosofía y Letras con mi amiga Ruth Ocampo, que ya murió. El curso era extraordinario y el ingeniero, entonces rector, usaba un libro fascinante que era el de Arnold Arons. Evolución histórica de los conceptos de la física. Y ahí, en la clase, estaba Don Chon, su guarura, su pistolero, con la metralleta en un portafolio Samsonite, en una clase extraordinaria, que ni en Harvard se daría, en una universidad “crítica, democrática y popular”.
El ingeniero era un hombre extraordinario, comunista convencido que tuvo la habilidad política para tomar el control de la Universidad Autónoma de Puebla. Como científico, como astrónomo, como físico, tenía una enorme frialdad, lo que es crucial para hacer política. Él me enseñó la “operación apagar la luz”, que ocurrió en una sesión del Consejo Universitario, donde de pronto se apagó la luz y activistas que él controlaba golpearon a los porros del rector Martín Carbajal Caro. Cuando se encendió la iluminación, el ingeniero pidió la destitución del rector y consiguió que se nombrara a su cuñado, el doctor en química Sergio Flores Suárez, y así el Partido Comunista Mexicano tomó el control de la universidad. Eso es un ejemplo de conjunción de ciencia y política: un físico y un químico tomando el poder de la más importante institución educativa de Puebla.
El ingeniero era un astrónomo, frío y calculador —como dije— y formó en política a un joven historiador, Alfonso Vélez Pliego, que me formó a mí. Por ello tengo a la UAP en mi sangre. Cuando era adolescente la derecha poblana pegaba volantes atacando a los dirigentes de la universidad. Recuerdo uno donde aparecía la foto de Alfonso muy joven y que tenía una leyenda que decía: “Lo que me ordene el maese Terrazas, aunque nunca sea abogado”. Y efectivamente, Alfonso no se tituló de abogado —aunque acabó la carrera—, pero fue un brillante historiador. Mi primer artículo de historia de la ciencia fue supervisado por él.
La ciencia es inseparable de la política. Mi proyecto de investigación cuando tenía 26 años era “El poder y la ciencia”. Siempre me ha parecido un tema apasionante. Cuando era un adolescente causaba mucho ruido en mi frágil cerebro la relación entre la política y la ciencia. Y llegó a mis manos un libro de Max Weber titulado El político y el científico, que leí con avidez. Mi conclusión es que no son oficios excluyentes y que un buen político puede ser un buen científico. De hecho, eso sería lo deseable para un buen gobierno. El presidente Carter armó cabezas nucleares en submarinos, y eso le da una dimensión muy fuerte para entender el tamaño del riesgo del uso de ese armamento. ¡Lo realmente peligroso es la ignorancia y la pendejez!
La política debe siempre ser vista como algo inseparable de la ciencia, su vínculo es indisoluble. La gente estúpida no lo entiende. ¿Qué sería de nosotros sin la energía nuclear? O retomando a Lenin: “El socialismo son los sóviets más la electrificación.” La ciencia y la tecnología no pueden separarse de la política, son algo indisoluble. Alguna vez escuché a un colega que decía que los poblanos éramos “muy grilleros”. Pues a huevo, porque la política corre por nuestras venas y nos alimenta espiritualmente.
Ubú Rey no era un político, era un autócrata. La política es un arte que debe ser cultivado con cuidado, y la ciencia es útil para ello.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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