Ismael Ledesma Mateos
La censura es un fenómeno social que existe desde tiempos inmemorables, desde el mundo antiguo, pasando por una de sus fases más agudas en la Edad Media, hasta la actualidad. Impedir el acceso a ideas o imágenes es parte de una forma de control social que busca la estabilización de una sociedad en función de los intereses de los grupos dominantes —o que pretenden serlo— con una clara pretensión de control que en esencia encierra una visión ideológica y por lo tanto distorsionada de la realidad.
Sin duda alguna el Padre Ubú, malaconsejado por la Madre Ubú hubiera sido un gran censor, acción que sería operada por el Capitán Bordura, como ocurre en todas las dictaduras implacables.
La censura implica el obligar a pensar como el poderoso quiere e impedir que se den otras opciones de ver las cosas. Recuerdo a un cineasta catalán que en una entrevista relataba que para poder ver buen cine durante la atroz dictadura de Franco, tenían que escapar a Perpignan, en la frontera con Francia, pues en España era imposible.
Me viene a la mente también un caso ocurrido en México: la censura de la película La sombra del Caudillo, que permaneció oculta (“enlatada”) por décadas, hasta que se encontró muchos años después una copia que pudo ser puesta a la luz. Eso ha ocurrido con multitud de producciones cinematográficas, que antes de ser exhibidas deben pasar por el filtro de la censura que encierra “la intolerancia”.
Sin embargo, la censura no sólo procede de las altas esferas del poder, sino también de grupos sociales activos con capacidad de ejercer presión. Tal es el caso reciente que se ha dado en Francia, en contra de una campaña publicitaria de Yves Saint Laurent, donde un grupo de feministas llamado “Les effronté-e-s” (Las insolentes), han conseguido la orden del Estado para que se retiren anuncios del modista por considerarlos “degradantes” para la mujer e “incitadores a la violación”, además de valorar la “anorexia”. La polémica campaña recibe críticas desde hace varios días. De los dos afiches que causan mayor controversia, uno muestra a una mujer con las piernas abiertas y deja a la vista su ropa interior y a otra, extremadamente delgada e inclinada en una “postura sexual”.
En el alegato se dice que se trata de una campaña que exalta la “hipersexualización”, la “conversión de la mujer en objeto” y que promueve una “posición de sumisión”. En la Gran Bretaña la campaña fue también censurada por el organismo regulador (Advertising Standars Authority), pero bajo otros argumentos: “el mostrar una modelo desnutrida”, ordenando retirar el anuncio que aparecía en la revista Elle. En su sentencia afirma: “La ASA ha considerado que la pose de la modelo y el efecto de iluminación en el anuncio dibujan un enfoque particular en el pecho de la modelo, donde su caja torácica es visible y aparece prominente. Y sus piernas, donde sus muslos y rodillas parecen tener una anchura similar, se ven muy delgadas debido a la luz, a la pose y al contraste entre la estrechez de sus piernas y sus zapatos de plataforma”.
Por estas razones han concluido que el anuncio es irresponsable al mostrar a una modelo que aparece con unas condiciones de peso “poco saludables”. De hecho, la acción viola el Código de Práctica del Comité de Publicidad que establece que “las comunicaciones de marketing deben estar preparadas con un sentido de responsabilidad hacia los consumidores y la sociedad”. Como diría Foucault: “vigilar y castigar”, la esencia de la punición que vemos claramente en este ejemplo en pleno siglo XXI, que implica además el problema de la corporeidad, de la gestión de los cuerpos, donde aquí los cuerpos de las modelos son objeto de escrutinio.
Yo soy enemigo de la delgadez extrema. Las mujeres “flacas” —así como las gordas— no son de mi agrado, pero eso es distinto a llevarlo a nivel de la censura. La presentación de modelos con delgadez extrema que aparecen en muchas portadas de revistas es objeto de escrutinio y han sido criticadas en los últimos años. “La razón que alegan los detractores es que esos cuerpos imposibles dañan la confianza de las mujeres y niñas al promocionar ideales de cuerpos insalubres y poco realistas.”
El control de los cuerpos es un elemento fundamental de lo que Foucault llama el “biopoder”, el poder sobre la vida, que implica también la corporeidad. En su conceptualización de la “disciplina”, el control de los cuerpos ocupa un lugar fundamental, que puede ser llevado al plano de lo social por la vía de la punición implícita en la censura.
En nuestro mundo contemporáneo, donde los medios de comunicación juegan un papel trascendental, la vigilancia y el castigo se han ampliado, por la extensión a la que pueden llegar las imágenes y las ideas, y este ejemplo es un caso por demás interesante.
Se trata de un caso donde se conjugan diversos elementos sociológicos e históricos, desde “el discurso” y las “formaciones discursivas” (Foucault), los “efectos de Moda” y las “leyes de la imitación” (Tarde), hasta la “sociología del gusto” (Bourdieu). Efectivamente, la delgadez extrema implica una visión del mundo y de la realidad muy particular, es decir un discurso, el cual se propaga por moda e imitación y que involucra la generación de un gusto en particular. He visto conductoras y actrices en televisión que me encantaban, y de pronto aparecen “flacas”. ¡Qué horror!, no son ni la sombra de lo que eran antes, pero eso obedece a los parámetros que he señalado.
Esas mujeres famélicas me parecen atroces, pero la racionalidad debe anteponerse a la intolerancia y no puede ser una justificación de la censura. Creo que el argumento de la ASA británica es mucho más potente y poderoso que el sexista de las feministas de Francia que, cabe decir, es un país donde los prejuicios pesan, ¡y pesan mucho! Para ello, la censura es útil. Fue así en el caso de la película Baise-moi (2000), traducida como “Viólame”, aunque lo correcto sería “Cógeme”, la cual fue prohibida en Francia y cuando vivía ahí, pues tuve que ir a verla a Bélgica. La base de su censura fue que tenía escenas de violencia extrema y sexo explícito, por lo que no era posible su exhibición en cines, ¡y eso en pleno gobierno socialista de Lionel Jospin! Al verla vemos: ¡no es para tanto!
Es impactante que en pleno siglo XXI la intolerancia, aunada a la censura se encuentren completamente enseñoreadas. Racismo, discriminación, son signos de nuestro tiempo, lo cual pareciera absurdo. Vivimos en un mundo plagado de prejuicios, que se diferencia de la Edad Media tan sólo por la tecnología que, por cierto, también genera preocupación para muchos, pues pareciera que procede de la forja del demonio.
Pero más grave es que algo que en sus inicios apareció como un movimiento reivindicador de la libertad y la igualdad (el feminismo) se haya convertido en algo inquisitorio, promotor de la censura y la intolerancia. Esos cuerpos flacos, para mí son feos, mejor dicho horribles, pero tienen el derecho a ser exhibidos. El combate a ello no puede darse por la censura, sino por el convencimiento colectivo, acerca no de su fealdad, sino de los daños que implica la anorexia y la bulimia. Pero eso entra en el terreno del debate colectivo, que la censura busca conculcar de un solo plumazo.
No encontramos aquí ante un problema transdisciplinario e hiperdimensional, que involucra lo biológico, con la corporeidad, lo psicológico, con la representación individual y social del cuerpo, lo antropológico, con la dimensión cultural que esto implica, lo sociológico, con la manera como se generan estos patrones de imagen, y lo histórico, pues el concepto de belleza es cambiante con el tiempo y los contextos en que se da esto es sin duda un problema complejo, y no una trivialidad de revista de moda.
La Madre Ubú es gorda, al igual que la botarga de su marido Ubú Rey, y sin duda censuraría esas imágenes, aunque Ubú tal vez pensaría en sacar algún provecho y cobrar un impuesto especial a la flacura, para poder así agrandar sus phinanzas. Pero no estamos en su reino, y aquí y en todo mundo la censura y la intolerancia son inaceptables y todo fundamentalismo —como lo es el feminismo— debe ser cuestionado y rechazado. ¡Aquí la única intolerancia válida es contra la censura!
¡Vamos a interrumpir aquí!









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