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Cazadores de microbios e ideología

· mayo 18, 2019

Ismael Ledesma Mateos

La historia de las ciencias es, sin duda alguna, una disciplina de gran trascendencia, la cual debería enseñarse en todas las carreras dedicadas a la ciencia y la tecnología de manera obligatoria al inicio del plan de estudios, como ocurrió por primera vez en México en la Escuela de Biología de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP) en 1987. En mi libro Historia de la biología (AGT Editor 2000), como consecuencia de esta experiencia escribí en su introducción: “Hablar de una ciencia o el practicarla sin una visión de su génesis, conduce indefectiblemente al reduccionismo y a una visión tecnocrática y acrítica de la realidad. En consonancia, resulta del todo cuestionable que en las currícula de enseñanza de las ciencias no se incluyan cursos en los cuales se busque un análisis y reflexión acerca del surgimiento de los conceptos y teoría fundamentales de las disciplinas de las que se trata. Es así que el estudiante, que en el mejor de los casos llegará a ser un nuevo científico, se forma con una concepción de la ciencia incongruente con la realidad, dado que en su desarrollo se le muestra en todo momento como algo idílico, lineal y acumulativo, o como ha planteado Joan Senet Josa en el prólogo a La lógica de lo viviente (François Jacob, La lógica de lo viviente, Editorial LAIA, Barcelona, 1977), como un conjunto de relatos de caballería.

Existe un visión cursi al respecto, donde se piensa que la historia de una ciencia es una enumeración de anécdotas, con fechas y datos inconexos, sin contexto histórico, donde aparecen grandes próceres que condujeron a “los grandes avances del conocimiento”, que “poco a poco fueron aportando su granito de arena para construir el gran castillo del saber” (qué cursi); pero eso es lo que la mayoría de los enseñantes de ciencias piensan. No entienden que la historia de las ciencias es “rasposa”, agresiva, o como diría Paul K. Feyerabend, más versátil y sutil de lo que cualquier metodólogo ortodoxo pudiera pensar. En su libro Contra el método, esbozo de una teoría anarquista del conocimiento, cuestiona de manera radical esas visiones de la historia de la ciencia que no tienen consistencia real.

Yo enseño historia de una ciencia (la biología) desde 1987 y muy joven, en 1977, tomé mi primer curso de historia de la ciencia con el rector de la UAP, el ingeniero Luis Rivera Terrazas; le llamaban historia de la ciencia, pero en realidad era historia de la física, pues él, como astrónomo, era lo que dominaba. Fue un curso fascinante (en la Escuela de Filosofía y Letras) donde utilizaba el libro Evolución histórica de los conceptos de la física, de Arnold Arons. Yo había decidido estudia  r una ciencia) (biología), pero esa visión fue importante en mi futuro y de ahí la obsesión por hacer que la historia fuera parte de la formación de todos los científicos.

En muchas entrevistas que he realizado o visto o escuchado en televisión y radio, investigadores al hablar del origen de su vocación se refieren a un viejo libro, mucho muy famoso, que se titula Cazadores de microbios, de Paul de Kruif (1926), texto emblemático que nos muestra lo que de ninguna manera debe ser la historia de la ciencia y que da cuenta de la ingenuidad de muchos profesores e investigadores que lo invocan; lo que Louis Althusser llamaría la “filosofía espontánea de los científicos”.

Su origen da cuenta de su visión. Paul de Kruif fue médico, bacteriólogo, que devino en escritor y novelista. Nació en Zeeland (Michigan), Estados Unidos, el 2 de marzo de 1890, descendiente de holandeses. Estudió medicina en la Universidad de Michigan y años después, en 1916, se recibió como bacteriólogo y empezó a trabajar en la misma escuela. Durante la Primera Guerra Mundial fue enviado a Francia con el grado de teniente del cuerpo sanitario de Estados Unidos, llegando después a alcanzar el de capitán, y sus trabajos se encaminaron a combatir la gangrena gaseosa por medio de una antitoxina. Profesional eficaz, fue uno de los primeros en inyectar a los heridos de guerra el suero contra dicho padecimiento. A su regreso, en 1920, ocupó un puesto en la sección patológica del Instituto Rockefeller, en donde sus investigaciones fueron bien valoradas. Sin embargo, habiendo sido un gran bacteriólogo, de ninguna manera era historiador de la ciencia.

Ése es el gran problema de la historia y los estudios sociales de la ciencia. Cuando fui director de la Escuela de Biología de la UAP e impartía historia de la biología se dio la coyuntura de ser candidato a rector (1990) y le comenté a una colega y amiga que me preocupaba quién daría la clase. Un profesor que estaba ahí, médico de formación, se entrometió en la conversación y dijo que él la podía dar. ¡Por supuesto no lo hubiera permitido!, pero eso me hizo recordar una clase de mi maestro Rolando García (ex rector de la Universidad de Buenos Aires), que era ingeniero de origen, antes de dedicarse a la historia y epistemología de la ciencia, quien nos dijo: “Si en una escuela hay una vacante de curso de mecánica de fluidos, nadie que no sea experto se atrevería a darla, pero si dicen que hay una vacante de historia o filosofía de la ciencia, cualquier boludo (pendejo) de mierda diría que la puede dar.” Ésa es una triste realidad, que refleja la falta de respeto a los estudios sociales y humanísticos sobre la ciencia y la tecnología, los cuales son vistos como algo complementario y no sustancial.

Esa visión encaja perfectamente con el desconocimiento de la historia de la ciencia y de la tecnología, de su profundidad y trascendencia, de la necesidad de valorarla en términos de planeación estratégica del desarrollo nacional y, como debe ser, directriz para el diseño curricular en las carreras científicas y tecnológicas, más allá de pensar en anécdotas o relatos hagiográficos, es decir, de elogios a personajes, como ha sido el caso de Pasteur. El libro de Paul de Kruif es un ejemplo de ello: un hombre que dedicó ejemplarmente su vida a trabajar con microbios, a manipularlos y combatirlos, pero que al momento de explicarlo tiene una visión de heroísmo, distante a la frialdad de un científico. Entre los capítulos que más me desagradan de su clásico libro, es el referente a Pasteur, donde lo muestra como un ser genial y maravilloso, el hombre que “hace bien las cosas”, siguiendo los cánones del “método científico”, la mejor concreción de ese mito que Philip Kitcher ha llamado “el legado de la leyenda”, que es una forma de ideología.

Habría que hacer una investigación acerca del impacto de Cazadores de microbios entre los científicos y los estudiantes de ciencias, pero sin duda su efecto es impactante. Aquí lo idílico se conjuga con lo ingenuo y es “bonito”: la ciencia “es buena y es bella”. Aunque en realidad “la ciencia no es como la pintan”. Mi crítica no es realmente a De Kruif, sino a quienes lo leen y lo repiten de manera acrítica, sin tener idea de qué es la ciencia y cómo se construye, a quienes piensan que hay que poner altares y prender ahí sus veladoras, lo que llamamos la historia “whig” o, en palabras de Luis González y González, la “historia de bronce”, la de las estatuas de los próceres.

De Kruif tiene otro libro emblemático poco conocido, Cazadores de hormonas, donde hace una historia del estudio de esas maravillosas moléculas y el desarrollo de la endocrinología. Leerlo, al igual que Cazadores de microbios, es útil en un inicio, pero debe evitarse quedar atrapado en esa visión didáctica pero no científica (y aquí hablo de las ciencias sociales, tal como la historia) pues se encuentra anclada en lo que en teoría de la historia de las ciencias llamamos “internalismo”, en una idea de las ciencias separada de su contexto, de las condiciones políticas, económicas, sociales, psicológicas y culturales que la determinan, lo que Bruno Latour denominó “historia descubrimiento”, que es muy diferente a la “historia construcción” o como él dice: la “historia a secas”.

La manera como se ha idealizado Cazadores de microbios conlleva una ideología que distorsiona el quehacer científico, que muestra lo que no debe ser la historia de las ciencias. En particular, contrastaría con las obras de Bruno Latour, Pasteur, una ciencia, un estilo, un siglo, o Microbes, guerre et paix, o The prívate science of Louis Pasteur, de Gerald Geison, que desmantelan el mito del “gran científico”, prócer del conocimiento para “el beneficio de la humanidad”, algo muy acendrado en las mentes frágiles y que fue abonado por la obra de De Kruif. Mostrar a la ciencia como una actividad humana como cualquier otra es algo de gran trascendencia, desmitificar la ciencia y mostrar a los científicos como seres humanos, con virtudes y defectos es algo fundamental, y muy distinto a lo que se relata en Cazadores de microbios.

Para el Padre Ubú, pensar en todo esto sería una tontería. Los científicos deben ser gente “preparada” (como si fueran un guiso) para hacer cosa útiles que contribuyan al acrecentamiento de las phinanzas, que sería lo único que importaría en el mundo.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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