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Cátedra Herrera: la Escuela de Biología en Puebla y Ondarza

· octubre 22, 2015

Ismael Ledesma Mateos

 

El 14 de julio de 1987 se creó la Escuela de Biología de la Universidad Autónoma de Puebla, en un contexto difícil y conflictivo. Era como una niña odiada por todas las hadas maléficas. Algunos químicos querían que Biología fuera una carrera más de la Escuela de Ciencias Químicas; otros pensaban que podría ser parte de la Escuela de Ciencias Físico-Matemáticas, para que fuera una “Facultad de Ciencias” como en la UNAM; en Veterinaria decían que se estableciera ahí, en Tecamachalco, por estar relacionada con ella; e incluso hubo quienes consideraron que fuera parte de Medicina; además de que profesores de biología de preparatorias pensaron que era una posibilidad de promoción para ellos.

Yo comenté al rector Alfonso Vélez Pliego (mi jefe, maestro y amigo) que tendría que ser una escuela independiente, con una sola carrera, la de biólogo; eso era o no sería conmigo al frente. Alfonso aceptó, además de no tener una denominación absurda como “Escuela de Ciencias Biológicas”, como se usa en la universidad mencionada, sino “Escuela de Biología”, pues no se trata de una confederación de ciencias, sino de una ciencia única y autónoma.

Se trataba de hacer algo nuevo, original y único, con un plan de estudios diferente a todos los existentes en el país. Y, a pesar de todo, lo logramos.

En la sesión del Consejo Universitario de ese 14 de julio enfrentamos todo el odio y la animadversión de los detractores del proyecto; sin embargo, conseguimos su aprobación, por gran mayoría y sólo ocho abstenciones, pues quienes se opusieron no se atrevieron a votar en contra. La escuela nació, pero había que protegerla de las “hadas malignas”. Para ello, era necesario contar con una identidad y factores de cohesión que integraran a todos los miembros de la comunidad, que permitieran entender que la biología no es una “ciencia química”, ni es parte de la medicina y cosas así, y para ello no había nada mejor que la imagen del iniciador de la biología en México: Alfonso L. Herrera.

Alfonso Luis Herrera López enfrentó la animadversión a la biología y en su contra. Habiendo fundado la primera Cátedra de Biología en 1902 (en la Escuela Normal para profesores), escribió el primer libro mexicano de esta ciencia, publicado en 1904: Nociones de biología. La cátedra fue suprimida por ahí de 1908, por considerarla “peligrosa para la juventud y las creencias”. Luego, hace cien años, el 2 de octubre de 1915 impulsó la fundación de la primera institución dedicada a la investigación en biología, la Dirección de Estudios Biológicos de la Secretaría de Fomento, la cual desapareció en 1929, para dar lugar al Instituto de Biología de la naciente UNAM, del cual Herrera fue excluido y con él su visón de la biología junto con el pensamiento evolucionista.

Herrera es sin duda un personaje emblemático para la biología y por ello debía de ayudarnos a consolidar la identidad de la escuela. Fue así que, con el apoyo de mi amigo Antonio Lazcano-Araujo, en 1998 se estableció la “Cátedra Alfonso L. Herrera”, acerca del origen y evolución temprana de la vida, la cual se impartió anualmente durante toda mi gestión como director de la escuela y, como resultado de ello, nació la iniciativa de crear la “Medalla a la Investigación en Biología Alfonso Luis Herrera”, como un signo más de identidad de nuestra comunidad.

La medalla fue entregada por primera ocasión en 1991 a José Sarukhán Kermez, por su contribución a la ecología evolutiva y la fundación del Centro de Ecología de la UNAM (hoy Instituto) y a Antonio Lazcano-Araujo, por sus investigaciones acerca del origen y evolución temprana de la vida. En 1992 se le otorgó a Francisco Bolívar Zapara por sus trabajos en biología molecular e ingeniería genética y su papel en la fundación del Centro de Investigaciones en Ingeniería Genética y Biotecnología y posteriormente del Instituto de Biotecnología de la UNAM en Cuernavaca, eventos congruentes con el perfil propuesto para este reconocimiento.

Si fray Luis de León afirmó: “No se puede vivir sin amar” (frase emblemática ligada a la novela de Malcolm Lowry, Bajo el Volcán), el sociólogo francés Luc Boltanski dijo: “No se puede vivir sin admirar”, y el otorgamiento de reconocimientos es una muestra de esa admiración, la cual nos debe orientar y animar a continuar con tareas por demás arduas y abrumadoras, pues la ciencia y la academia no son cosas simples.

Luego que dejé la escuela, otro director, Hugo Mejía Madrid, luego de una grave crisis retomó la tradición y otorgó la distinción a la doctora Helia Bravo Hollis, primera mujer graduada en el antecedente de la carrera de biólogo, experta en las cactáceas de México y fundadora de su disciplina. Trascurrieron años más, hasta que el director Jorge Alejandro Cebada Ruiz revivió la cátedra y en el marco de los veinte años de la creación de la Escuela de Biología me otorgó la medalla en 2007 por haber sido su fundador. Tiempo después, en su 25 aniversario, se otorgó a dos importantes investigadores: Gonzalo Halffter Salas, por su trabajo en el Instituto de Ecología de Veracruz y a Jerzy Rzedowski, por su contribución a la botánica en México.

Con altibajos, en contextos difíciles, la Escuela de Biología ha conseguido mantener esta tradición que la identifica y cohesiona, y ahora en 2015, a iniciativa del actual director, Héctor Eliosa León, se otorgó a Raúl N. Ondarza Vidaurreta, fundador de la Cátedra de Biología Molecular en la Carrera de Biólogo de la Facultad de Ciencias de la UNAM en 1963.

Ondarza es autor de importantes libros que han dejado huella en el país, como su Biología moderna, editado por Siglo XXI en los años setenta. Se trata de un científico nacido en 1928, que a sus 87 años continúa activo, como lo mostró el pasado viernes 16 de octubre, cuando dictó su conferencia “Cómo me enteré de la doble hélice del ADN” en el auditorio de la Escuela de Biología, en Ciudad Universitaria.

El doctor Ondarza estudió la carrera de biólogo entre 1947 y 1951 en la Facultad de Ciencias de la UNAM, habiendo publicado siete trabajos al momento de su titulación. Luego de ello, realizó estudios e investigación en la Universidad de Glasgow, Escocia; en la Universidad de San Diego, La Jolla, California; y en la Universidad del Estado de Nueva York en Brooklyn. Se trata de un investigador que hizo cosas en verdad trascendentes, siendo el iniciador de la enzimología en México. Su principal contribución fue el descubrimiento y caracterización de la enzima glutatión-Coenzima A disulfuro reductasa de hígado de rata, además de identificar su sustrato Coenzima A doble disulfuro glutatión.

Con la madurez que da haber hecho investigación antes de obtener grados escolares, se doctoró en biología en 1963, con la tesis “Estudio sobre nucleótido-péptidos en hígado de la rata” y en el ámbito institucional fue asesor de la Dirección General del CONACyT, coordinador general de Comités de Ciencias del CONACyT, de 1973 a 1982, Asimismo, director general del Centro de Investigaciones Ecológicas del Sureste en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, de abril de 1983 a junio de 1990; director general de Cooperación Técnica y Científica de la Secretaría de Relaciones Exteriores en 1990; director del Centro de Investigación sobre Enfermedades Infecciosas de Cuernavaca, Morelos, de 1992 a 1995; asesor de la Dirección General del Instituto Nacional de Salud Pública, en Cuernavaca, Morelos, en 1995. Como un reconocimiento internacional a su labor, recibió el doctorado Honoris Causa por la Universidad de París XIII en 1984.

Ondarza dictó varias conferencias en la Escuela de Biología, cuando la dirigí, y ahora me llena de satisfacción que se le otorgue este reconocimiento, pues es alguien que en verdad ha hecho contribuciones fehacientes y significativas a nuestra ciencia. Si bien no realizó investigación acerca del origen de la vida, fue un promotor de su estudio y por ello en 1972 organizó un simposio “Homenaje en memoria de Alfonso L. Herrera”, para el cual invitó a importantes personalidades internacionales dedicadas al tema, además de abordarlo en sus libros.

La comunidad de la Escuela de Biología de la Universidad Autónoma de Puebla debe sentirse orgullosa de este acontecimiento, del cual, por supuesto, me congratulo, ante la mirada atónita y llena de incomprensión del Padre Ubú, quien no entiende nada de estas cosas.

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