Ismael Ledesma Mateos
Barcelona es una ciudad de España que siempre ha llamado la atención y es la capital de la Comunidad Autónoma de Cataluña. En lo personal, yo he estado ligado siempre a otros sitios de ese país, como la región de Castilla y León, donde se encuentra la provincia de Salamanca, que en su ciudad capital, del mismo nombre, tiene una de las primeras universidades del mundo, con su impresionante biblioteca y donde Cristóbal Colón tuvo que presentar el proyecto de su viaje, el cual fue rechazado, aunque sin embargo se realizó. En Salamanca también existe un municipio llamado Ledesma (uno de mis apellidos), ya casi en la frontera con Portugal. Otra región emblemática para mí en la infancia y juventud es Andalucía, donde se encuentra Sevilla, y muchos años después Valencia, otro lugar maravilloso, desde donde pude ver por primera vez el Mediterráneo, que se encuentra precisamente en el mapa abajo de Cataluña.
Al Padre Ubú todos estos comentarios geográficos le parecerían tonterías, pues la única geografía que le importa es la de su reino, y si pensara en la ubicación de otras localidades sería sólo para maquinar cómo conquistarlas y establecer ahí su dominio para poder cobrar impuestos y acrecentar sus phinanzas. Pero la historia no es así, es más compleja, viva y sutil de lo que algunos historiadores y muchos otros académicos pueden imaginar. España es digna de estudio, considerando la riqueza de los procesos por los que se construyó como nación y por lo tortuoso que ha sido su vida política, desde hace muchos siglos hasta nuestros días, como lo vemos con los acontecimientos vinculados a la declaración de independencia de Cataluña.
Creo que supe de Barcelona y Cataluña en los años setenta, cuando escuché la canción de Serrat: “nací en el Mediterráneo”, y tuve conciencia de su posición geográfica, en ese mar en el que se encuentran los pueblos que fueron la cuna de la civilización occidental, en Fenicia, la antigua Grecia y luego en Roma que, al invadir la península ibérica la integró a su imperio, para que luego, tras la invasión musulmana sufriera grandes transformaciones que contribuyeron al resguardo del pensamiento de la antigüedad durante la Edad Media.
También llamó mi atención cuando en el Edificio Carolino de la UAP, en los tiempos en los que el ingeniero Luis Rivera Terrazas era rector y Alfonso Vélez director de la Escuela de Filosofía y Letras se invitó a dictar una conferencia a Pierre Vilar en el marco de los festejos del IV Centenario de la institución en 1978, que tuvo tal expectación que se colocaron bocinas en las escaleras y en la Plaza de la Democracia, pues el Salón Barroco estaba abarrotado. Este historiador fue uno de los máximos exponente de la llamada Escuela de los Annales, que se aglutinaron en torno a la revista Annales en Francia. Pierre Vilar se convirtió en uno de los más grandes hispanistas, considerado el más destacado exponente de la historiografía catalana, sobresaliendo sus obras Histoire de l’Espagne (1947, 22ª edición en 2009), La Catalogne dans l’Espagne moderne. Recherches sur les fondements économiques des structures nationales (1962) o la Història de Catalunya en 10 volúmenes (que dirigió entre 1987 y 2003), entre muchas otras.
Pero, ¿por qué interesarse en Cataluña? Resulta prácticamente imposible decir cuándo comenzó a existir como un territorio delimitado y hay autores que hablan de la Pre-Cataluña en la época romana y visigótica; otros consideran que fue hasta la invasión musulmana que comenzó su gestación, aunque es imposible pensar en fechas precisas. Su enclave geográfico es interesante. Limita al norte con Francia y Andorra, a través de los Pirineos, siendo por ello uno de los pocos puntos de comunicación entre España y Francia por tierra, que por décadas fueron sólo dos, del que hablamos y el otro por el País Vasco (luego de que se cerrara el túnel de Jaca, en Aragón). En consecuencia, la relación entre Cataluña y Francia es muy estrecha. Sus otras fronteras son: al este con el mar Mediterráneo, con una franja de 580 km, al sur con la Comunidad Valenciana y al oeste con Aragón, lo que le confiere una ubicación estratégica que le permite un intenso comercio.
Desde el surgimiento de Cataluña hasta hoy se han producido algunas variaciones. “La más importante tuvo lugar en el siglo XVII como consecuencia del tratado de los Pirineos (1659), la anexión a Francia de algunos territorios catalanes.” Como toda la península ibérica, los romanos invadieron la región que ahora constituye Cataluña. Entre los siglos VI y I a.C. al margen de las zonas litorales, el territorio estuvo sobre todo habitado por los pueblos íberos, pero en 218 a.C. desembarcaron en Ampurias los ejércitos romanos, que tenían como principal objetivo atacar a la retaguardia de las tropas de Aníbal, que en aquellos momentos estaban combatiendo en la península itálica. Esa zona litoral se había convertido en una zona de disputa entre Roma y Cartago, teniendo como línea de separación al río Ebro, y los romanos implicaron en la segunda guerra púnica a todos los pueblos íberos de la región. Al término de la guerra los romanos se abocaron a conquistar todo el territorio, sea por el camino de la negociación o de las armas. La actual Cataluña quedó integrada a una región llamada Hispania Citerior y su capital fue la actual Tarragona, que contó con monumentales construcciones romanas.
Al paso de los siglos, con la caída del Imperio Romano de Occidente los visigodos se establecieron en Hispania, pero posteriormente en 711 los bereberes del norte de África entran en la península, abocándose a la conquista de toda ella. Las primeras incursiones de los musulmanes en Cataluña empezaron al final del año 712 o principios del 713. Una partida de Tariq, procedente de Valencia, ocupó el actual Baix Ebre y el Montsià. El mismo año asediaron Tarragona, que resistió hasta el 716, momento en que buena parte de la ciudad huyó a refugiarse en los Pirineos. Los musulmanes atravesaron los Pirineos y llegaron a Narbona en 725. Un año más tarde, todo el territorio catalán estaba ocupado, aunque para el siglo VIII d.C. comenzaron a ocurrir intervenciones francas que contribuyeron a la expulsión de los musulmanes, estableciéndose lo que se llamó “la Marca hispánica”, un conjunto de territorios gobernados por condes, que hasta el último tercio del siglo IX eran de origen franco, aunque luego los hispano-godos y los francos comenzaron a emparentar, aunque más allá de la “Marca” se mantenía la presencia árabe. Así, por ejemplo, el conde Wilfredo murió en 897 defendiendo los límites de su “Marca”, frente a las tropas de Lubb ibn Muhammad, procedentes de Lérida.
En el siglo XII el condado de Barcelona y el reino de Aragón se unieron debido al matrimonio acordado entre Ramiro II de Aragón y Ramón Berenguer IV de Barcelona en 1137, por los que el conde barcelonés contraería matrimonio con la futura reina aragonesa Petronila. En el siglo XIV, ya como Principado de Cataluña, tuvo un destacado papel económico en el marco del comercio mediterráneo. A partir del segundo tercio del siglo XIX se dio la Renaixença, que fue un movimiento cultural que buscó recuperar el catalán como la lengua propia de su cultura, lo que en años posteriores devino en lo que se denomina “el catalanismo político”, que llevó a la formación de partidos como la Lliga Regionalista y Esquerra Republicana, que condujeron a los primeros proyectos de autogobierno que culminaron primero en la Mancomunidad de Cataluña (1913-1923) y luego en la restauración de la Generalidad de Cataluña y aprobación del Estatuto de Autonomía de Cataluña de 1932; sin embargo, durante la feroz dictadura de Francisco Franco (1939-1975), tanto en Cataluña como en el resto de España se dio la anulación de las libertades políticas, y junto con ello la prohibición del catalán como lengua en el ámbito oficial y educativo, lo que sólo cambió hasta que ocurrió la “transición democrática” y se promulgó la nueva Constitución española de 1978, en la que se reconoce la existencia de comunidades autónomas dentro de España. Al amparo de la Constitución, se aprobó un nuevo Estatuto de Autonomía en 1979, que recuperó el uso oficial del catalán, posteriormente sustituido por el Estatuto de 2006, que tras algunas modificaciones dictadas por el Tribunal Constitucional en 2010 es el actualmente vigente.
Esta historia de la península ibérica es en verdad apasionante y nos deja ver un conjunto de guerras, conflictos, ambiciones territoriales que pueden ayudarnos a entender la situación contemporánea, ahora que el 27de octubre de 2017 el Parlamento de Cataluña declaró su independencia y acordó convertirla en República. La declaración fue suspendida por el Tribunal Constitucional y el presidente del gobierno a nivel nacional, el derechista Mariano Rajoy, destituyó al gobierno catalán, para convocar elecciones para el 21 de diciembre de este año y promovió que el presidente de la Generalitat, Charles Puigdemont, sea acusado junto con la Mesa del Parlamento por cargos de sedición, rebelión y malversación de fondos (usados para la realización del referéndum independentista). Él ahora, con cuatro consejeros, se encuentra en Bélgica en busca de su defensa. Conociendo la historia que narré someramente, debemos reflexionar acerca de la unidad de una nación construida bajo procesos de tal complejidad.
El Padre Ubú hubiera actuado como Rajoy si se diera un movimiento de independencia en su reino, el cual, sin embargo, no es tan heterogéneo como España, pero en su caso hubiera ordenado que les pusieran palitroques en las onejas y les aplicaran las tenazas de descerebración, y como se trata de España, que a Puigdemont le aplicaran el “garrote vil”, como se dice hicieron con el licenciado Verdad por impulsar la independencia de México.
¡Para mí es suficiente!









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