Ismael Ledesma Mateos
Realizaba mi tesis de biólogo en el Cinvestav con el teniente coronel y doctor en bioquímica Boanerges Rubalcava Esparza, acerca de la regeneración hepática, cuando en los pasillos del Departamento de Bioquímica observé a un investigador, ya de mayor edad, con uniforme militar de general. Era el doctor Edmundo Calva Cuadrilla (1922-2018), un hombre muy serio y reservado, que tenía uno de los primeros laboratorios de la planta alta. Me enteré que trabajaba con una enzima y como mi formación original en la ENEP-Iztacala de la UNAM fue en enzimología, me llamó la atención saber qué hacía, aunque en ese momento yo estaba dedicado al estudio de la redistribución intracelular del receptor de insulina (una proteína) en el hígado regenerante y quería realizar mi maestría en esa misma temática.
Con la intención de continuar trabajando sobre regeneración hepática me inscribí en la Maestría en Bioquímica, pero Boanerges Rubalcava, ya coronel, se jubiló y se fue de México para dirigir un área de investigación de una compañía farmacéutica internacional, por lo que yo tenía entonces que escoger con quién podría hacer mi tesis. Pensé en trabajar con el gran fisiólogo Ramón Álvarez Buylla y el bioquímico Alberto Huberman, pero en el Cinvestav no me permitieron irme al Instituto Nacional de la Nutrición (donde realizaría mi investigación) y entonces decidí, dada mi formación original en enzimología, entrar a trabajar con el doctor Edmundo Calva.
Él nació el 20 de noviembre de 1922 en Pachuca de Soto, Hidalgo y obtuvo el grado de licenciatura como “Mayor, Médico Cirujano” en la Escuela Médico Militar de México en 1946 y el doctorado en Química Fisiológica en la Universidad de Wisconsin, en Madison, Estados Unidos, en 1956, donde estudió bajo la dirección de Philip P. Cohen, quien a su vez había sido discípulo de Hans Krebs. En esos años esa universidad era el mejor lugar para estudiar bioquímica en los Estados Unidos y con una beca de la farmacéutica Squibb y luego de la Fundación Rockefeller (al mismo tiempo que ahí estudiaba Guillermo Soberón Acevedo), Calva concluyó su tesis titulada Studies on the Metabolism of Carbamyl Aspartate in Normal and Neoplasic tissues. Fue uno de los pioneros en esas investigaciones y luego fundadores de la Sociedad Mexicana de Bioquímica, ya a su regreso al país en 1957.
Ubú Rey, general del ejército, preguntaría cómo un militar puede ser también un científico. Cuestión producto de su ignorancia, pues el entrelazamiento entre lo científico, lo industrial, lo militar y lo político son algo indisoluble, como lo demuestra Bruno Latour en su magnífico texto titulado “Joliot, un punto de encuentro entre la historia y la física”.
El ejército mexicano tuvo la visión y la capacidad de propiciar la formación de grandes científicos, como fueron José Joaquín Izquierdo y sus alumnos Jesús Kumate Rodríguez y Edmundo Calva Cuadrilla, primero fisiólogos y luego uno inmunólogo y el otro, mi maestro, bioquímico. Sí tenían una licenciatura en medicina, pero su vocación fue la investigación científica.
El interés del doctor Calva no era en lo absoluto médico, aunque impartió por años bioquímica en la Escuela Médico Militar y bioquímica cardiovascular en el Hospital Español, además de muchas otras instituciones. Sin embargo, para él lo más trascendente era el estudio de los procesos metabólicos y las moléculas involucradas en ellos. Conversar con él era un placer. Recuerdo cuando me dio clase en los temibles prerrequisitos para ingresar al Cinvestav. Nos dijo algo que fue una lección para toda mi vida docente: “Yo no vengo a darles en clase lo que está en los libros, no voy a repetirlo, vengo a decirles cosas que no vienen ahí.” Nos narraba vivencias y experiencias que para mí eran mucho mejores que lo que en la noche podría leer en el Lehninger o el Stryer, los mejores textos de la época.
Pero en el examen, lo que preguntaba era lo que venía en los libros, no lo que nos platicaba, y su forma de calificar era de un rigor excesivo. Al momento de calificarme, me reprobó (aunque tenía todo bien), porque mi letra era (y es) horrible y no se entendía; otros profesores, como el doctor Eugenio Frixione, llegaron a pedir que les leyera mis respuestas, pero Calva no aceptó, me dijo que el lenguaje era comunicarse de manera verbal y por escrito, y como yo no podía hacer lo segundo, pues lo que le entregué era ininteligible. Estaba reprobado. Compré una bella pluma fuente y por supuesto aprobé mi siguiente examen, aunque desde muy joven siempre preferí escribir a máquina, primero con una bella Underwood y luego con mi Olivetti Lettera 31, compañera de tantas batallas (como la escritura del Proyecto de Creación de la Escuela de Biología de la UAP), hasta que tuve computadoras (aunque pasé por máquinas eléctricas, “de bola”, que sin embargo no fueron mías, sino de las instituciones en que trabajaba). Por cierto, Calva tardó mucho en aceptar usar una computadora, hasta que luego se hizo adicto a ella.
Calva era un científico hecho a la antigua. Formado en el más estricto positivismo (al igual que Jesús Kumate) por el gran fisiólogo (poblano, por cierto) José Joaquín Izquierdo. Se trata de una filosofía que no comparto, pero que en su época tuvo un papel importante en la formación de los científicos. Calva y Kumate compartían un dormitorio en la Escuela Médico Militar, que funcionaba como internado, y de pronto, a altas horas de la madrugada, Izquierdo los llamaba para hacer un experimento que se le había ocurrido. Tenían que levantarse y no podían hacer especulaciones: “Hechos hijitos, hechos”, eso es lo que les decía. Y con esa visión decimonónica y de inicios del siglo XX se formaron sin embargo como científicos con una mentalidad abierta para aceptar otros enfoques.
Mi general Calva era un bioquímico metabólico y su enfoque de las enzimas era tradicional. Yo llegué a su lado a proponerle otras cosas, a ver a las proteínas como entidades biológicas y no químicas, siguiendo el principio del Premio Nobel Max Perutz, quien dijo: “De acuerdo a todo lo anterior, yo he aprendido que el secreto de la vida se encuentra encerrado en la estructura de las proteínas.” De Calva aprendí mucho de metabolismo y de rigor metodológico e instrumental con los aparatos de laboratorio; con él también aprendí “Historia de la guerra”, que como militar dominaba. Y él tuvo la sencillez de aceptar de un pobre alumno de maestría de 25 años que le enseñara nuevas ideas sobre proteínas, cómo estudiarlas, purificarlas y caracterizarlas. Así debe la ciencia complementarse. Yo aprendí cosas antes de llegar con él, pero a su lado aprendí muchas otras, y principalmente una actitud humana.
General brigadier del ejército mexicano, doctor en bioquímica, investigador del Cinvestav, nunca faltó a su responsabilidad hasta el retiro, a pesar de la animadversión de colegas abyectos. A su regreso de Wisconsin se hizo cargo del Departamento de Bioquímica del Instituto Nacional de Cardiología, que él fundó (1956 a 1973) y luego, por invitación del segundo director del Cinvestav, el gran neurobiólogo y bioquímico Guillermo Massieu Helguera, llegó a ese centro. Ahí cultivó una línea de investigación acerca de una extraña enzima que extraía del corazón de perros, la NAD Glicohidrolasa. Con ella realicé mi tesis de maestría, pero en verdad no sabemos su verdadera función biológica. Sí conocemos qué hace bioquímicamente, pero ¿para qué le sirve a la célula?
Yo trabajé al lado del doctor Calva, de la doctora Rosario Núñez, su colaboradora de toda la vida y de compañeras como Mercedes (Concha) Urbán, por años, tratando de encontrar el misterio de esa enzima. Luego mi más brillante alumna de la Escuela de Biología de la UAP, la ahora doctora Angélica Rueda y Sánchez de la Vega, realizó su tesis en el mismo tema, en el laboratorio de Calva, y espero que ahora, ya como investigadora del Cinvestav, piense en retomar el tema. No voy a entrar en detalles científicos específicos y escabrosos, pero se trata de un asunto apasionante que, si pudiéramos dilucidar, representaría un tributo al científico que se interesó por primera vez en esa enzima, cuya historia, como sociólogo de la ciencia, ahora me lleva a reflexionar acerca del proceso de la construcción de los hechos científicos.
Calva es un engranaje entre la ciencia que se comienza a consolidar a fines de los años cincuenta y el conjunto de generaciones que continuaron con ello, hasta la actualidad. En mis manos tengo, de su puño y letra, con su magnífica caligrafía el Acta Constitutiva de la Sociedad Mexicana de Bioquímica del 21 de julio de 1957, lo cual anhelaron desde estudiantes en Wisconsin, él y Soberón, a quien le dejó el derecho de la presidencia, aunque fue una iniciativa de ambos, que lograron concitar a otros científicos mexicanos, como Mario García Hernández, Raúl N. Ondarza, Guillermo Massieu, Jesús Kumate y Jesús Guzmán, entre otros, para crear una organización científica cuyo peso y trascendencia perdura hasta nuestros días.
¿Qué diría Ubú?: “¡Cuánta espesura! Si yo me muriera ¡no pasa nada!” Pero sí pasa, y a Ubú lo recordamos como un engendro de las más nefastas facetas del ser del hombre, y en contraposición debemos hacerlo con quienes han construido lo mejor de la humanidad, como Edmundo Calva Cuadrilla.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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