Ismael Ledesma Mateos
Para Ubú Rey evolución es llegar a mayores estados de seguridad en el control del poder. “¿Puede haber otra cosa más que mi poder?”, preguntaría al Capitán Bordura y, a corta distancia, la Madre Ubú le diría: “Por supuesto que no, Su Majestad”. Y los súbditos estúpidos lo creen y lo seguirán creyendo, no sólo en le metafórico Reino de Ubú, sino en infinidad de lugares. Evolución, en su reino es sólo el cambio en el modelo de carro, de marca de ropa o de zapatos…
Acerca de la evolución de las especies la gente suele tener ideas confusas, a veces hasta hilarantes. De niño escuché decir: “La prueba de que no hay evolución, es que desde niña vi a los changos en el Paseo Bravo y hasta el momento no se han convertido en hombres” (conversación entre mi querida Elodia Sánchez Andreu de Rojas, entonces directora de la primaria nocturna Justo Sierra y mi tía Lulú, que no estaba de acuerdo, pero no entraba en agrias controversias.) Con el tiempo, esa loca idea fue una motivación para estudiar evolución.
La biología no es estudiar plantitas y animalitos, sino entender el fenómeno de la vida, los problemas y procesos que ocurren en los seres vivos, lo que involucra la relación entre estructura y función, producto de la evolución. Pensar en la evolución implica ideas complejas, como saber que el planeta en el que vivimos no fue el mismo en todo momento, que existe desde hace miles de millones de años, en un tiempo diferente del que concebimos, el llamado tiempo geológico; también requiere tener un idea, aunque sea vaga, de eso que llamamos vida.
Pensar en estos términos es relativamente reciente. En Las palabras y las cosas Michel Foucault dice que antes del fin del siglo XVIII es imposible hablar de biología (la ciencia de la vida), por una simple y sencilla razón: “porque la vida misma no existía, sólo existían los seres vivientes, vistos a través de la reja de la historia natural”. Considerando esto es que la biología es una ciencia que inicia en el siglo XIX, cuando surge el marco conceptual y epistémico que la dotará de un campo de acción propio y que terminará su constitución como ciencia en el XX. Lo que la antecede es la historia natural, y el personaje que puede considerarse como engrane es Georges Louis Leclerc Conde de Buffon (1707-1788), pues marca la transición entre el naturalismo ancestral y la biología como ciencia.
Cuando pensamos en la historia de la evolución siempre viene a la mente Darwin, los más iniciados recordarán a Lamarck, sin embargo, Buffon también hizo importantes aportes. Aunque no fue un evolucionista en sentido estricto, generó un ambiente intelectual proclive a pensar en la idea de cambio en los seres vivos a través del tiempo: el “transformismo”. El cual era atroz, inaceptable para las mentes conservadoras de la época.
No obstante, Buffon será transformista hasta una etapa final de su obra y de una manera que no está en la misma orientación de lo que entendemos por evolucionismo, pues de hecho era enemigo radical de la idea de que las especies se transformaran en otras, y le irritaba que el sistema de clasificación de Linneo sugiriera la posibilidad de parentesco entre las especies. Sin embargo, su Teoría de la Tierra abriría la puerta a una visión distinta, pues hablaba de las transformaciones del planeta a lo largo del tiempo, idea que tiene un momento crucial en su conceptualización de “las épocas de la naturaleza”, con cambios drásticos en ella.
El mundo cambia, y es ahí donde puede ocurrir la transformación de los vivientes. Pero, ¿cómo explicarlo? Si el Buffon joven es un enemigo acérrimo del transformismo, el maduro abre la puerta a una posibilidad: el transformismo “degenerativo”. “La naturaleza —para él— desciende por gradaciones y matices imperceptibles de un animal que nos parece de absoluta perfección, al que lo es menos, y de éste al vegetal, de forma tal que el último de los animales será la primera de las plantas.” Eso es una escala de transformación de seres. (En mi juventud, bajo el influjo del marxismo conocí una idea muy prolífica: que hubo un “Marx de la juventud” y un “Marx de la madurez”; incluso en un trabajo sobre Aristóteles apliqué esa idea de la que estoy convencido. Es así que para el caso de Buffon pienso que opera lo mismo: hay un Buffon de la juventud y un Buffon de la madurez.)
Luego de ello, consecuente con su posición discrepante del fijismo, apela al argumento de que esto no aplica a todas las especies, sino sólo a las que denomina “innobles”, separadas de las “nobles”, las cuales no podrían cambiar. La idea quedó sembrada y eso se dio en un magnífico lugar, el Jardín del Rey, institución que albergaba al Museo de Historia Natural y los gabinetes de investigación dedicados al estudio de la naturaleza viviente, del que Buffon era superintendente.
Además de su genio intelectual, que le permitió escribir los 40 volúmenes de su Historia natural, propició la organización institucional de una entidad académica y científica en el seno de un gobierno monárquico, autocrático y abyecto, dominado por el clero. Ahí contrató como “guardián de los herbarios del Rey” a quien sería el creador, ahora sí, de la primera teoría coherente de la evolución, Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet, Caballero de Lamarck, quien en 1809, en su obra Filosofía zoológica, postuló con toda claridad la idea de una evolución progresiva. Él pudo hacer su obra gracias a que Buffon había sentado condiciones para la ciencia y el conocimiento de la vida y sus explicaciones, no sólo para describirla.
Buffon murió el 10 de abril de 1888, el año anterior al inicio de la Revolución francesa. Tuvo suerte: no perdió la cabeza.
Esa fecha me motivó a la escritura de este texto. Hoy decidí recordarlo, pues estaba escribiendo sobre Darwin y pensé: hubo ideas evolucionistas anteriores, algunas muy chuecas, pero que debemos considerar al hablar de evolución, pues la ciencia no es lineal, ni resultado de la acumulación de conocimientos, como granitos de arena, para llegar a la verdad. ¡Claro que no! Se trata de discontinuidades y rupturas, de caminos tortuosos, complejos, de errores y aciertos, de regresiones y genialidades. Con Buffon tenemos un gran ejemplo de ello: un sabio, naturalista, promotor del conocimiento que vale la pena conocer. En su época no había aún biología, pero se acercaría a lo que hubiera sido un biólogo, pues no era un naturalista descriptor, sino que buscó explicaciones incluso anticipando de manera ingeniosa a la futura Teoría Celular del siglo XIX con su llamado “molde interior” como patrón para la formación de los cuerpos, que inspiró sin duda el título de la autobiografía del gran biólogo molecular, premio Nobel, François Jacob, La estatua interior.
La Madre Ubú reñiría a Ubú Rey al verlo leer algo como esto. Afortunadamente no está en sus manos y eso evitará una desestabilización mental del tirano que permitiera un regreso al poder del legítimo gobernante de su país… Pero eso es ficción, y mientras la ciencia avanza, aun con dificultades, los déspotas mantienen el poder y, como dijera la canción: “todos los tiranos se abrazan como hermanos”. Sin embargo, aunque no sean los años sesenta, espero que más de “doscientos estudiantes inicien la revuelta”: una visión evolucionista debería ser aliciente para ello.









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