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Bonaparte: populismo e imperio

· agosto 26, 2016

 

Ismael Ledesma Mateos

 

El Padre Ubú se hizo Rey por un golpe de Estado. Cuando le contaron que hechos así habían ocurrido en la historia, se interesó por ellos, pero le resultaron difíciles de entender. En una ocasión le mencionaron la palabra “pueblo” y llamó al Capitán Bordura y le preguntó: ¿qué es eso?, ¿son los que pagan los impuestos? ¿Acaso se necesitan para gobernar? Veamos por qué sí.

Marx inicia el Manifiesto del Partido Comunista afirmando que “un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo”; en cambio hoy, en pleno siglo XXI, lo que decimos es “un fantasma recorre el mundo, el fantasma del populismo”.

En un mundo plagado de eufemismos es mejor espantar a la ciudadanía con “la atrocidad del populismo” que caracterizarlo con precisión, porque justamente es un término ambiguo, que se ha utilizado en sentido peyorativo, con base en la ignorancia de la gente. En sí, designa a la “corriente ideológica que sostiene la reivindicación del papel del Estado como defensor de los intereses de la generalidad de una población a través del estatismo, el intervencionismo y la seguridad social con el fin de lograr la justicia social y el Estado de bienestar”, lo cual llega a confundirse con el socialismo o el comunismo, pero que no lo es, sólo se le parece y como sombra.

El populismo se remonta a la antigüedad. Entre los ejemplos más emblemáticos encontramos los “tribunos de la plebe” en la república romana, cuya función era defender a los plebeyos de los abusos de los patricios, así como de los senadores y cónsules. Julio César en su ascenso hacia el poder llegó a ser tribuno de la plebe, por tanto, un populista. Lo mismo aplica para otros grandes gobernantes que indudablemente lo fueron en distintas épocas y países.

Pero, sin lugar a dudas, uno de los más grandes populistas de la historia fue Napoleón Bonaparte (15 de agosto de 1769-5 de mayo de 1821), el gran general que no sólo conquistó naciones sino también a su pueblo, al grado que en el plebiscito para convertirse en emperador de los franceses (siendo en ese momento cónsul de la República) obtuvo una votación a favor de 3 millones 500 mil ciudadanos, y 2 mil 500 en contra. El ascenso en la popularidad de Napoleón puede atribuirse, entre otros factores, al fracaso del Directorio, gobierno corrupto e ineficiente que tenía al país en bancarrota, lo que contrastó con el retorno victorioso de Napoleón a París, luego de grandes triunfos militares, presentándose como un héroe que enarbolaba la legalidad y la paz en el país (para lo cual había que hacer la guerra a los enemigos de la Revolución), priorizando el progreso y garantizando los derechos civiles del pueblo.

Con su hábil manipulación política, basada en ese discurso, pudo instaurar un nuevo régimen: “El Consulado”, que le confería el poder supremo a tres cónsules permanentes (copia del triunvirato de César), de los cuales el primer cónsul era Napoleón, y los otros dos miembros del anterior Directorio, Sieyes y Ducos. El origen de este nuevo gobierno fue el golpe de Estado del 9 de noviembre de 1799, conocido como “El 18 Brumario” (ver Ubú, 18 de mayo de 2016), para el que Sieyes pidió apoyo a Bonaparte para ejecutarlo y derogar la Constitución existente. En ello se aliaron con Talleyrand, otro miembro del Directorio y Lucién Bonaparte (su hermano), que encabezaba el Consejo de los Quinientos (la Cámara baja del Directorio). Bonaparte con sus tropas tomó el control y dispersaron a los consejos legislativos, quedando Bonaparte, Sieyes y Ducos como cónsules provisionales que regirían al gobierno. Sieyes quiso dominar el nuevo régimen, pero Napoleón se le adelantó redactando la Constitución del Año VIII, asegurando su elección como primer cónsul y por ende, como el hombre más poderoso de Francia, para posteriormente convertirse en primer cónsul vitalicio, con la Constitución del Año X, en 1802, y en 1804 realizar el plebiscito para convertirse en emperador, creando una línea sucesoria que garantizaría el poder a su linaje.

Bonaparte fue un hombre que se hizo emperador en una conjunción de las facetas más profundas de su personalidad, con las circunstancias históricas del momento, que involucraban un ascenso del pueblo (debemos entender que en ese momento lideraba la burguesía, con otras fracciones de clase) en contra de la aristocracia y que representa una fase determinante de la transición entre el feudalismo y el capitalismo. Nació en Ajaccio, Córcega, el 15 de agosto de 1769, un año después de que Francia comprara la isla a la República de Génova, lo que le formó una identidad nacional confusa. Creció con un profundo resentimiento contra los franceses que lo hostigaban en la escuela por su mal acento (lo que hoy llaman bullying). Eso lo convirtió en un estudiante reservado y taciturno, que fue modulando su temperamento frío, calculador y más bien violento, que conjugó más adelante con su inteligencia militar.

Su gran oportunidad llegó en 1794 con el asedio de Toulon, donde derrotó a los ingleses que trataron de invadirlo como parte de las guerras contra la revolución francesa y sus implicaciones en contra de las monarquías de toda la Europa. Permitió su avance con la ayuda de sus relaciones con los principales dirigentes jacobinos, en primer orden con Robespierre, lo que le permitió ascender a general de brigada y posicionarse como “el gran General de la Revolución”, en un escenario en que ésta estaba amenazada por enemigos internos y externos.

El Terror mostró ser un instrumento contundente, pero al volverse en contra de los revolucionarios y los trabajadores, se alejó completamente de las masas que eran la base de la Revolución, y esto finalmente provocó la caída del régimen jacobino, de acuerdo con Alan Woods.

Para esos momentos, la Revolución había llegado a la cima y se había agotado. Los jacobinos de clase media no podían satisfacer las demandas de las masas que estaban empujando los límites de la propiedad privada burguesa. Cuando las masas comenzaron a sucumbir a la desilusión y al cansancio, Robespierre estuvo perdido. Cuando el instrumento del Terror se volvió en contra de la izquierda sólo consiguió destruir su propia base y entregar la iniciativa al ala de derecha.

Fue así que el Directorio asumió el control político y Bonaparte como general de la República siguió a su servicio, pero en vez de permanecer en Francia reprimiendo las rebeliones populares realizó una serie de exitosas campañas militares emulando las de Julio César, una de ellas en Italia y la más espectacular en Egipto, conocidas como las “Guerras revolucionarias”, que abonaron su prestigio a su retorno a París, lo que le permitió posicionarse hasta hacerse un emperador populista. Un evento emblemático de ello fue su coronación en Notre Dame el 2 de diciembre de 1804, con la presencia del Papa Pío VII, a quien no le permitió imponerle la corona, pues se la colocó él mismo, como un acto simbólico que significaba que sería un emperador cuyo poder emanaba del pueblo (y de sí mismo, de su acción personal) y no de un dictado divino.

Con Fouché, un antiguo jacobino e impulsor del Terror, que le aconsejó hacerse emperador, creó una policía secreta y una agencia de inteligencia y espionaje, para mantener el control, buscando eliminar los últimos vestigios del jacobinismo, por lo que buscó aliarse con quien fuera necesario, sin importar su posicionamiento político. Muchas de las reformas que impulsó dan cuenta de la estabilización del capitalismo naciente, iniciadas desde su consulado con la Constitución del Año X, tal como la creación del Banco de Francia, así como importantes innovaciones jurídicas de gran importancia para el derecho civil, conocidas como el Código Napoleónico. Sin embargo, al final tuvo un viraje a favor de los burgueses, lo que significó un retroceso contrarrevolucionario. Eso nos muestra que en ocasiones —y en muchas— los populistas cambian.

Así, mientras por un lado su política interna golpeaba al proletariado, y era proclive a la burguesía en ascenso, su política exterior se basaba en una guerra contra todas las monarquías de Europa, a las que buscó combatir y “exportar la Revolución” (algo como la intención del Che Guevara). Muchas de sus campañas militares fueron exitosas; por ejemplo, la invasión a España y la imposición de su hermano José (apodado “Pepe Botella”) como gobernante de ese país, lo cual fue uno de los factores que contribuyeron a desencadenar las guerras de independencia en Latinoamérica, México en ella.

Derrotado por las fuerzas monárquicas unidas, fue desterrado en la isla de Elba, de la que escapó. Recapturado, fue nuevamente desterrado a una isla más lejana, Santa Elena, donde murió a los 51 años, el 5 de mayo de 1821. Personaje paradójico, contradictorio, de cuya biografía deben destacarse dos palabras: populismo e imperio.

Evidentemente, el populismo tiene una historia que prosigue, con gobernantes importantes: en México, Lázaro Cárdenas (quien además de populista fue muy popular), así como Luis Echeverría y José López Portillo. En Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy, quienes se consideraron “populistas progresistas”; Bill Clinton y Barack Obama (en general los miembros del Partido Demócrata estadunidense). En Argentina Juan Domingo Perón, Néstor y Cristina Kirchner; Getulio Varga, Lula da Silva o Dilma Rousseff en Brasil, entre muchos otros. Habiendo además populismos conservadores o de derecha, donde por ejemplo tenemos a Richard Nixon y George. W. Bush y ahora el patético Donald Trump. Incluso los detractores del papa Francisco lo consideran “populista”. Usted dirá…

El Padre Ubú se quedaría perplejo si se enterara de estas complejidades de la historia, y pensaría: ¡si como dragón del Rey es tan fácil hacerse del poder con ayuda de alguien como Bordura!, ¿para qué tanta intriga y amarres extraños? ¡Si lo que lo que importa es el poder para cobrar impuestos, ser el Señor de la Phinanzas!

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