Ismael Ledesma Mateos
Jacques Monod en su extraordinaria obra El azar y la necesidad califica a los seres vivientes como “extraños objetos”. En efecto, eso somos, pues funcionamos sobre la base de propiedades muy raras, como violar la segunda ley de la termodinámica, impidiendo el desorden por medio de la información, la llamada negantropía o entropía negativa. Y como consecuencia del proceso evolutivo, que implica precisamente “el juego de lo posible” —diría François Jacob— entre el “azar” (es decir, la variación) y “la necesidad” (la selección natural). A consecuencia de ello surgieron procariontes, protistas, plantas, hongos y animales maravillosos. Uno de ellos es el gato.
El Padre Ubú, siendo un individuo codicioso e insensible, seguramente no habría tenido un gato, pues le habría inspirado desconfianza; la gente tonta e intolerante teme a los gatos por la imagen de libertad y voluntarismo que proyectan. Se trata de un animal que no puede ser dominado, ni sometido, y eso para un poder dictatorial resultaría intolerable. Seguramente Ubú hubiera preferido a un perro. ¡Yo escribo en este momento con un gato al que no puedo controlar! Y si se deja, lo hace por cariño, pues también son animales cariñosos.
El gato es un actor trascendental en mi vida y el día que llegó a la casa mi gata (Gilberta) fue algo determinante, y poco después, cuando llevó a su hijo, un pequeño gatito que llamé Olao, quien me acompañó en mis desvelos de estudiante de secundaria y preparatoria, cuando leía o hacía mis trabajos escolares, siempre en la mesa, junto a mi máquina de escribir. Ellos murieron, lo cual me produjo un enorme dolor.
También recuerdo las sesiones de discusión de mi tesis doctoral con mi maestro Roberto Moreno de los Arcos, en las que nuestra compañía era una bella gata blanca, que había pertenecido a Edmundo O’Gorman, la cual sacaba los libros de la estantería y los hojeaba, mientras nosotros discutíamos junto con unos tragos de Bacardí blanco. Luego pienso en Vanessa, mi gata que murió en enero de 2011 y ahora en Soren, un gato muy similar a ella, que está en este momento conmigo.
Como escribe Laurence Bobis en su libro Une histoire du chat, De l’antiquité a nos jours: “Antes de convertirse en uno de los animales domésticos preferidos, el gato tenía una mala reputación. Si era en el antiguo Egipto objeto de un verdadero culto, suscitó durante largo tiempo la desconfianza. Durante toda la Edad Media la Iglesia condenó a los hombres que se unían a un animal creado por Dios para cazar a los ratones. A juzgar por los proverbios, los cuentos y los sermones de los predicadores, este animal parece tener todos los vicios: es goloso, perezoso, pérfido, y está asociado a la mujer, a la sexualidad y a la locura. Su leyenda negra nace en consecuencia a la lucha contra las herejías y es inseparable de la hechicería.”
El gato es un animal preferido de muchos escritores y filósofos. Hace unos meses me di a la tarea de buscar fotos de autores con sus gatos y formé una galería muy interesante. Ahí encontramos escribiendo con un gato a Jean-Paul Sartre, Michel Foucault, Slavoj Žižek, Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, Ernest Heminway, Carlos Monsiváis, Charles Bukowski, Vladimir Ilich Lenin, entre muchos otros, aunque esos son algunos de mis personajes predilectos.
Señala Laurence Bobis que un proverbio latino sugiere una extraña analogía entre el gato y la mujer: “El gato se asocia o está asociado a la mujer”, y la relación particular que se nos revela se ubica en el espacio doméstico, “donde los habitantes privilegiados son mujeres, niños, ancianos y gatos, en tanto que los perros acompañan a los hombres a la caza, pero se quedan en la puerta”. Sin duda los gatos y las gatas poseen cualidades que atraen de manera cuasi magnética a muchos humanos. Su comportamiento es impredecible y por lo tanto enigmático, y en ocasiones es sorprendente su actitud dubitativa o de hedonismo pleno, de éxtasis: “el gato extático”.
La primera consagración del gato tuvo lugar cuando la diosa egipcia Bastet, símbolo de la fecundidad y de la belleza, se representó con una cabeza de gato. La diosa simbolizaba la luz, el calor y la energía solar, pero también, debido a sus rasgos felinos, representaba el misterio, la noche y la luna (y así es, a los que nos fascinan los gatos, también nos maravilla la noche y la luna). Se cree que la domesticación del gato comenzó entre el 7500 y el 7000 a.C. La visión que el hombre tiene del gato difiere totalmente de una época a otra, yendo desde el antiguo Egipto, cuando lo veneraban e incluso momificaban, hasta la Edad Media, cuando los quemaban en hogueras.
Según cuenta una leyenda, los egipcios rechazaban las peticiones apremiantes de los griegos para comerciar con los gatos, pues ellos los consideraban dioses. En consecuencia los griegos decidieron entonces robar los gatos. “Cogieron al menos seis parejas y las llevaron a Grecia. Algunos meses después nacieron las primeras camadas, y algunos años después, los criadores pudieron vender gatos a los romanos, a los galos y a los celtas. La especie se extendió poco a poco por todos los países mediterráneos.” En Grecia, antes de la llegada del gato, la garduña, la comadreja y la mofeta se ocupaban de desratizar y proteger las cosechas.
La acogida del gato inicialmente fue moderada, y aunque no los adoraban como los egipcios, los griegos adoptaron al animal, reconociendo su don como cazador, pero reconociendo también que era más agradable para la convivencia, ya que era más bonito, refinado, dócil y limpio que las mofetas y las garduñas. El gato se usaba a veces como animal de compañía, aunque los griegos preferían al perro. El gato era en principio un juguete, un regalo caro traído de Egipto para ofrecerlo a las cortesanas. Existe el relato de una joven griega que tenía muchas ganas de tener un gato egipcio; rompió con su prometido ya que éste se negaba a ir a Egipto a buscarle uno, y se buscó un novio nuevo que sí aceptó hacerlo.
Como señala Isabel Gil, el gato tuvo buena reputación en la Europa de la baja Edad Media, sobre todo en el campo, donde los campesinos lo aprecian por su talento como cazador, en especial en las cuadras y en los almacenes. A pesar del juicio de la iglesia católica, que lo consideraba una criatura demoniaca, los conventos y los monasterios los usaban para acabar con los roedores. No obstante, los irlandeses creían que los alimentos que entraban en contacto con un gato, al igual que con otros animales, ya no se podían comer y se volvían impuros. Las penitenciarías ponían castigos que iban desde el ayuno hasta varios días a dieta severa a base de pan y agua para los que comieran cualquier alimento o líquido que hubiera estado en contacto con un animal. De la misma manera, la Iglesia desaprobó un exceso de familiaridad con los animales y en especial con el gato, que es el único animal que tenía acceso a toda una casa.
Lamentablemente en el siglo V d.C. se dieron las peores persecuciones a los gatos, aunque san Patricio y posteriormente el papa Gregorio Magno manifestaron su cariño hacia el felino. De esa época se pueden ver gatos en las representaciones de santa Ágata y santa Gertrudis. En el siglo XI el gato obtuvo mucho respeto, cuando llegaron a Europa las primeras hordas de ratas negras para devorar los cereales y la fruta. También en el mundo medieval, en el islam los gatos fueron muy bien valorados por el aprecio que Mahoma les tenía, luego de que su gata, Muezza, lo salvó de la mordedura de una serpiente. También se cuenta que un día esa gata se quedó dormida al lado del profeta en su cama. Cuando éste se tenía que levantar, como no quería despertarla, cortó un trozo de su túnica, sobre la que reposaba el animal. Hay muchas otras historias sobre el gato en el Corán y, como los musulmanes querían conservar a los gatos, maltratarlos se consideraba un grave pecado.
En la simbología medieval, el gato se asociaba a la mala suerte y al mal, y dado que era negro, también se asociaba al disimulo y a la feminidad. Su comportamiento sexual muy expresivo, su gran necesidad de dormir, considerada pereza, y sus vagabundeos han contribuido a forjar una imagen negativa. Era el animal del diablo y de las brujas. Se le atribuían poderes sobrenaturales, como la facultad de tener siete vidas. En el caso de los gatos negros, color que se asociaba al diablo, una única mancha blanca en el pecho o en el cuello les concedía clemencia, ya que se consideraba que era una manifestación divina.
Durante el papado de Inocencio VII, en 1484, se emitió un edicto apoyado por la Inquisición: llevaron a que se sacrificaran gatos para las fiestas populares, lo que marcó un gran periodo de persecución para ese animal, tanto en las clases populares y la nobleza, pues se consideraba que el diablo se disfrazaba de gato en sus visitas a la tierra, y fue condenado al igual que sus maestros, los brujos y las brujas. Según ciertas fuentes, fueron muchos los que se quemaron vivos en las plazas públicas, al igual que los gallos y los lobos, aunque algunos desestiman estas afirmaciones. Posteriormente en Inglaterra, bajo el reinado de María Tudor, se quemaron gatos como señal de la herejía protestante, y con Isabel I se quemaron como señal de la herejía católica. La Inquisición ponía en la misma hoguera a los herejes, a las brujas, a los asesinos y a los gatos en la Noche de San Juan. En las grandes plazas de los municipios los lugareños quemaban a los gatos que habían capturado.
El Rey Ubú hubiera hecho suyos esos prejuicios y hubiera exterminado a los gatos, ¡pero fue derrocado y su poder omnímodo fue truncado!, por lo que en lo que fue su reino por fortuna ¡también existen los gatos! Un animal en verdad maravilloso.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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