Ismael Ledesma Mateos
Aunque algunos pretendan negarlo, infancia es destino. Para mí una frase emblemática de Sigmund Freud que dice algo en lo que creo cabalmente. Y uno de los problemas que sufro, derivado de mi infancia, es la adicción a la belleza femenina. Cuando era niño, una noche jugaba en la sala de mi casa en Puebla con un tanque de guerra, cuando llegó mi tía Lulú en compañía de “La Chata” (Ana Luisa Marín, hermana de mi tío Miguel). Llevaban faldas cortas y unas magníficas botas que acababan de comprar. Yo tendría ocho o nueve años, pero quedé impactado por la imagen: ambas eran realmente bellas y de ahí mi culto a las minifaldas y las botas. Curiosamente, siendo tan bellas, siempre fueron solteras, lo que creo debe asociarse a su inteligencia. Otra mujer bellísima con cuya imagen crecí fue mi tía María Luisa (Licha), mi cuarta madre, una mujer sinaloense que se casó con mi tío Jorge y que murió la semana pasada, dejando a sus bellísimas hijas, ¡mis primas!
Paradójicamente, cuando me enteré de la muerte de mi tía tenía en mi buró el libro Historia de la belleza de Umberto Eco y había pensado escribir al respecto: fue una triste coincidencia. Por ellas crecí con la obsesión de la belleza, al extremo de que ni en la secundaria ni en la preparatoria tuve una novia, pues no me parecían suficientemente bellas. Fue hasta el segundo semestre de mi carrera de biólogo que conocí a una compañera que sí reunía ese requisito. Este texto parece elaborado para decirlo en el diván, sin embargo, quiero compartirlo por el recuerdo de esas bellas mujeres que marcaron mi vida, no sólo por bellas, sino por su sensibilidad e inteligencia.
La Madre Ubú, por el contrario, no era bella, ni por dentro ni por fuera, lo cual por supuesto no es una cuestión de la importancia del Rey Ubú, que como un verdadero autócrata no se interesaría por subjetividades. Para quienes ven el poder con deseo, amor y pasión, la belleza sería de vital importancia, pero no para quienes lo ven como una forma de enriquecimiento y mantenimiento del control social en su beneficio. Lo que no ocurriría con un gobernante que piense que su bienestar personal será también el de su pueblo y entonces debe preocuparse por la belleza, no sólo en la personal, sino en la arquitectónica y artística, incluyendo lo literario.
La estética es la disciplina filosófica que aborda el problema de la belleza, que fue magistralmente abordada por Adolfo Sánchez Vázquez en sus obras sobre estética y marxismo y sobre las ideas estéticas de Marx, donde revela una dimensión poco estudiada del gran filósofo creador del materialismo histórico. Desde una perspectiva sociohistórica, como la derivada del pensamiento de Marx, lo estético es algo crucial, pues da una idea de las visiones imperantes en las clases dominantes y cómo se imponen al conjunto de la sociedad y de ahí la importancia de comprender la transformación histórica de los conceptos de belleza.
Como Umberto Eco dice en la introducción a su libro: “Bello —al igual que ‘gracioso’, ‘bonito’, o bien ‘sublime’, ‘maravilloso’, ‘soberbio’ y expresiones similares— es un adjetivo que utilizamos a menudo para calificar una cosa que nos gusta. En este sentido, parece que ser bello equivale a ser bueno y, de hecho, en distintas épocas históricas se ha establecido un estrecho vínculo entre lo Bello y lo Bueno. […] Pero si juzgamos a partir de nuestra experiencia cotidiana, tendemos a considerar bueno aquello que no sólo nos gusta, sino que además querríamos poseer. Son infinitas las cosas que nos parecen buenas (un amor correspondido, una fortuna honradamente adquirida, un manjar refinado) y en todos casos desearíamos poseer ese bien. Ese bien es aquello que estimula nuestro deseo. Asimismo, cuando juzgamos buena una acción virtuosa, nos gustaría que fuera obra nuestra, o esperamos a realizar una acción de mérito semejante, espoleados por el ejemplo de lo que consideramos que está bien. O bien llamamos bueno a aquello que se ajusta a cierto principio ideal pero que produce dolor, como la muerte gloriosa de un héroe, la dedicación de quien cuida a un leproso, el sacrifico de la vida de un padre para salvar a su hijo… en casos reconocemos que la acción es buena, pero —ya sea por egoísmo o por temor— no nos gustaría vernos envueltos en una experiencia similar. Reconocemos ese hecho como un bien, pero un bien ajeno, que contemplamos con cierto distanciamiento, aunque con emoción, y sin sentirnos arrastrados por el deseo. A menudo, para referirnos a actos virtuosos que preferimos admirar a realizar hablamos de una ‘bella acción’. […] Si reflexionamos sobre la postura de distanciamiento que nos permite calificar de bello un bien que no suscita en nosotros deseo, nos damos cuenta de que hablamos de belleza cuando disfrutamos de algo por lo que en sí mismo, independientemente del hecho de que lo poseamos. Incluso una tarta nupcial bien hecha, si la admiramos por el escaparate de una pastelería, nos parece bella, aunque por razones de salud o falta de apetito no la deseemos como un bien que hay que conquistar. Es bello aquello que, si fuera nuestro, nos haría felices, pero que sigue siendo bello aunque pertenezca a otra persona.”
Lo bello es sin duda algo bueno, que alimenta a nuestro ser y sin lo que no se puede vivir, y en el libro Eco lo aborda de una manera plena comenzando con el ideal estético en la antigua Grecia, lo apolíneo y lo dionisiaco, la belleza como proporción y armonía, la luz y el color en la Edad Media, pasando por la “belleza de los monstruos”, como una bella representación de lo feo, lo sublime, la belleza romántica e incluso la belleza de las máquinas y la belleza del consumo. Es una obra sin precedente que no puede dejar de leerse y disfrutar de sus ilustraciones, que dan cuenta del transcurso de la idea de belleza en la historia.
En la contraportada del libro de Eco, hay varias frases que valen la pena de ser retomadas: una es de David Hume: “Una razón evidente de que muchos no tengan un sentimiento apropiado de la belleza es la falta de esa delicadeza de la imaginación necesaria para ser sensible a las emociones más sutiles. Cada cual pretende tener esa delicadeza, habla de ella y quisiera regular a partir de ella todo gusto o sentimiento.” Y otra de Victor Hugo: “La muerte y la belleza son dos cosas profundas que tienen tanto de azul como de negro y parecen dos hermanas, terribles y fecundas, como un mismo enigma y similar misterio.”
Tener en mis manos la Historia de la Belleza de Umberto Eco es verdaderamente un placer; se trata de un libro bello. Tanto en su contenido textual como por su iconografía es una obra, que junto con su Historia de la fealdad, es imprescindible; reflexionar sobre lo bello y lo feo es una cuestión importante, que no debe ser menospreciada. Entender cómo se ha transformado un concepto tan trascendental como el de belleza, cómo impacta la cultura y la vida social, es algo a lo que debemos prestar toda la atención y valorar su trascendencia.
Pensando en la belleza, en francés la beauté, me viene a la mente una bella canción interpretada por Patricia Kass: “Y’ avait tant d’étoiles / Comme si, la nuit / Avait des milliers / De taches de rousseur / Ces p’tits grains de beauté, charmeurs / Attirés quelques heures / Vers l’au-delà / La mélancolie / De ces autres nuits / À dormir sans toi / À rêver parfois…”
Estoy seguro de que al Padre Ubú no le hace gracia lo que escribo, y menos si despierta en su cama y se percata de la carencia de belleza de la Madre Ubú, es decir de su fealdad, pero eso me tiene sin cuidado, no todo mundo puede estar cerca de la belleza desde su infancia, y a muchos no les importa.
¡Vamos a interrumpir aquí!









No Comments