Ismael Ledesma Mateos
Charles Baudelaire nació el 21 de abril de 1821 y murió el 31 de agosto de 1867 en París, Francia. Se trata de un poeta excepcional, quien también fue ensayista, traductor y crítico de arte. Formó parte de un movimiento social y cultural denominado la bohemia, que se dio durante el siglo XIX, donde se insertaron individuos con vocación artística, considerados despreocupados, de comportamiento desordenado, distintos al patrón de la sociedad tradicionalista burguesa de la época caracterizada por la superficialidad y represión de la libertad. Aunado a todo ello y a su vida de excesos, es considerado uno de los “poetas malditos”, junto con Arthur Rimbaud, Stéphane Mallarmé, Auguste Villiers de L’Isle-Adam, Tristan Corbière, Marceline Desbordes-Valmore y Paul Verlaine, quien escribió el libro Les Poètes maudits y difundió con ello el término.
Verlaine toma el concepto del poema de Charles Baudelaire llamado “Bendición”, que inicia su libro Las flores del mal, además de que se acuñó el término malditismo, que se usó para referirse a cualquier poeta, escritor o artista plástico cuyo talento era incomprendido por sus contemporáneos por llevar esa vida bohemia, rechazando las normas establecidas, sosteniendo su permanencia en un mundo de ideas, de conocimiento, de creación artística, de enriquecimiento intelectual e interés por nuevas manifestaciones culturales.
Ubú Rey no era en lo absoluto poeta ni amante de la poesía. No hubiera sido de ninguna manera “un maldito” en términos literarios, aunque lo fuera en el sentido común del término. La poesía de Baudelaire y de “los malditos” no sería congruente con su ansía desmedida e irreflexiva del poder a toda costa, alejada de las artes de la política; con seguridad al ver el título Las flores del mal le hubiera llamado la atención, pero al abrirlo y ver su contenido lo hubiera tirado a la basura. Al escuchar la palabra bohemia, pensaría en la francachela y el desmadre, idea aún presente en la actualidad en quienes desconocen el significado de este fenómeno sociocultural. Sin embargo, paradójicamente, el creador de Ubú, Alfred Jarry y la “patafísica”, tendrían como antecedente del siglo XIX al “malditismo”.
Las flores del mal inicia con una dedicatoria en verso, “Au Lecteur”, y continúa con seis secciones: Spleen e Ideal, Cuadros parisienses, El vino, Flores del mal, Rebeldía y La muerte. En esta obra indispensable encontramos dos poemas titulados “El gato” y un tercero “Los gatos”, los cuales son de una enorme belleza, sobre todo para alguien como yo, a quien le fascinan esos bellos felinos que, en ocasiones, cuando quieren, parecen más que humanos.
La obra de Baudelaire es inmensa e inagotable. La poesía no es la rama literaria que yo conozca más, pero dada mi afinidad por los gatos quiero comentar esos tres poemas, contenidos en Las flores del mal. El primero se refiere a su hermosura y la relación con los sentimientos que le provocan, ligados a las características de su cuerpo: “sus ojos”, “su cabeza, “su lomo elástico”, y cómo le producen la evocación de una mujer. El segundo nos dice que en su cerebro el gato pasea como en su casa, describiendo su fuerza y su dulzura, su maullido y su timbre, al que refiere como “su voz”, así como el perfume que se desprende de su piel. Y en el tercero caracteriza a los gatos como amorosos y fervientes y como sabios austeros, poderosos y dulces, cautos y sedentarios; el orgullo de la casa, amigos de la ciencia y de la voluptuosidad. Cómo parecen dormirse en un sueño sin fin. En esta misma entrega de Consultario podrán tener el placer de leerlos completos en las traducciones de Rosalía Genis Velázquez.
La afición apasionada de Baudelaire por los gatos tiene que ver con la formación de la sensibilidad personal, que se deriva de la historia vivencial. Jean-Paul Sartre publicó en 1947 un estudio acerca Baudelaire, a quien describe como un “solitario que tiene un miedo horrible a la soledad, que nunca sale sin compañía”, y más adelante apunta que “cuando murió su padre, Baudelaire tenía seis años, vivía adorando a su madre; fascinado, envuelto en consideraciones y cuidados, aún ignoraba que existía como persona, se sentía unido al cuerpo y al corazón de su madre por una especie de participación primitiva y mística; se perdía en la dulce tibieza del amor recíproco; aquello era un hogar, una familia, una pareja incestuosa. ‘Yo estaba siempre vivo en ti’, le escribirá más tarde, ‘tú eras únicamente mía’. Era su ídolo y un camarada a la vez.” Pero esa mujer vuelve a casarse con un militar e interna a Baudelaire en un colegio, evento inmensamente traumático.
El trabajo de Sartre sobre Baudelaire es meticuloso, usa fragmentos de poemas; analizó su biografía y tuvo acceso a su correspondencia y a testimonios diversos. Para el existencialismo la historia de vida es determinante, haber nacido de la unión entre un hombre de setenta años y una jovencita —a la que adoró—, el heredar una pequeña fortuna que antes de cumplir los 30 años había despilfarrado —lo cual revela su el rechazo a una clase social—, el profundo odio que tuvo a su padrastro —que perduró toda la vida—, la manera en que adoptó una “vida disoluta”, con su amor a las prostitutas, que culminó al vivir con una de ellas, lo que le condujo a una muerto por sífilis a los 45 años de edad, contrasta con el valor de su poesía, atacada y criticada por una sociedad prejuiciosa que censura Las flores del mal.
Un dato importante en su vida es que tradujo las obras de Edgar Allan Poe. En el prólogo de una de ellas afirmó: “El ser humano tiene dos derechos fundamentales: el derecho a contradecirse y después a irse.” El poeta hizo lo que se le dio la gana, se creó a sí mismo porque era libre, lo cual llevó a que su vida y obra fueran de interés para Jean-Paul Sartre y el existencialismo.
El Padre Ubú, como siempre no tendría interés por nada de lo escrito, pero eso no me importa y en homenaje a Baudelaire diré que ¡yo también hago lo que se me da la gana!
¡Vamos a interrumpir aquí!









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