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Bartlett, política y congruencia histórica

· julio 15, 2017

 

Ismael Ledesma Mateos

 

Siempre esperé que Manuel Bartlett Díaz hiciera una declaración respecto al fraude electoral de 1988, acontecimiento determinante en la historia de México y sobre el cual él conoce perfectamente lo ocurrido. La noticia es importante, pues el actual senador de la República por el PT por Puebla y decididamente partidario de Morena afirmó que Carlos Salinas de Gortari no ganó la elección presidencial de ese año, lo que ha generado un linchamiento mediático en contra suya, lo que por el contrario me parece un acto valiente y necesario para la democracia mexicana.

La política no es un asunto de buenos o malos, o de “blanco y negro”, en ella todo es “un espectro de tonos de grises”; ver las cosas de otra manera es un puritanismo moralino, ajeno a la esencia misma de la acción política. Yo, desde ese año, estuve convencido de que hubo fraude, pero eso no significa que lo haya realizado el responsable del proceso electoral, en este caso el secretario de Gobernación y encargado de la Comisión Federal Electoral, instancias en aquel entonces organizadora de las elecciones del país, antes de la existencia del IFE, ahora Instituto Nacional Electoral (INE). ¿Pero desde esa posición realmente hubiera sido el culpable de ese presumible fraude? ¡La complejidad de las estructuras del poder va mucho más allá de eso, y en todo momento lo pensé!

México no es el Reino del Padre Ubú y la complejidad de sus procesos políticos es enorme y no comparable al de su mítico país, máxime que su acceso al poder fue por un golpe de Estado y no con elecciones en el contexto de una democracia simulada, amañada, pero que se presumía como tal aquí en México. El autoritarismo de Ubú Rey no es comparable al de los regímenes priistas, que fueron capaces de crear lo que Vargas Llosa acertadamente nombró como “una dictadura perfecta”, y que fue y es capaz de montar todas las estratagemas necesarias para no dejar el control de la nación, incluso aliándose con los enemigos de su partido, lo que marcó el surgimiento de lo que llamamos el PRI-AN, la esencia de la política mafiosa, donde la derecha (el PAN) puede unirse a un centro-derecha que aparenta un discurso popular y revolucionario, más bien populista y demagógico (el PRI) y ahora su heredero, el PRD.

Me indignan los golpes de pecho de quienes critican la reciente declaración de Bartlett, llegando incluso a acusarlo de cómplice o decir que debió haber sido encarcelado por su participación en el fraude. Yo he visto el video de la sesión de la Comisión Federal Electoral, cuando él da la noticia de que “se ha caído el sistema”, lo cual para mí no implica solamente un problema cibernético o computacional, sino que se ha caído el sistema político mexicano.

Cuando una maniobra de los neoliberales altera el resultado de la elección, quizás en computadoras, o manipulando las cifras de las actas, como declaró Bartlett al diario Reforma, ¿quién ganó? Si se quemaron los paquetes, si se entregó Salinas de Gortari al PAN (estaba muy preocupado, obviamente) y si no revisaron los paquetes electorales y no salió nada con ese acuerdo y la complicidad del PAN a la hora de hacer el dictamen: ‘Vámonos, tapen todo’ ¿Qué es eso? Es Salinas. No gano la elección, la perdió”, declaró a ese medio. Y aunque posteriormente matizó lo dicho en entrevista con el mismo diario señalando que no tenía elementos para asegurar si Salinas de Gortari obtuvo la mayoría de los votos pues no tuvo acceso a los paquetes ni actas originales, ya que el cómputo de la elección se hizo en 300 distritos y fueron directamente ellos ante la Cámara de Diputados erigida en Colegio Electoral, los que calificaron la elección. Yo —dice Bartlett— sólo informé a la opinión pública los resultados tomados como preliminares, en esos distritos donde se realizaron los cómputos. Para rematar que “los citados paquetes fueron quemados, en acuerdo con Salinas y (Diego) Fernández de Cevallos.

Lo dicho está dicho y es sin discusión —como dice una canción de Chico Buarque— y los poderosos, los que mandan tienen medios para realizar maniobras fraudulentas como ésas, y por mucho poder de un secretario de Gobernación existen formas de imponerse, cuando existe una “Razón de Estado”, como era impedir que llegara a la presidencia un candidato opositor, en ese momento Cuauhtémoc Cárdenas, proveniente de una disidencia en el seno del PRI. Lejos de ser criticable, me parece que lo dicho por el senador tiene un enorme impacto para el debate político nacional y por eso está siendo atacado.

Manuel Bartlett se formó como un político priista de viejo cuño, con convicciones nacionalistas y ancladas en la ideología de la Revolución Mexicana; era un candidato natural a la Presidencia de la República, pero para ese momento de la historia el neoliberalismo, encarnado por Salinas de Gortari, se había impuesto. Como hombre de instituciones, consideró que cumplió cabalmente su labor como secretario de Gobernación y responsable de la Comisión Federal Electoral, lo que no conduce por ningún concepto presuponer una complicidad con acciones fraudulentas. El sistema se calló —porque dejaron de fluir los datos— y se cayó pues ese evento marcó la caída del sistema político de México, lo cual sin embargo podría pensarse, en una perspectiva histórica de más largo plazo, que puede conducir a una renovación nacional, a lo cual no enfrentaremos próximamente, a 30 años de distancia.

Yo conocí personalmente a Bartlett luego de 1988, cuando él era secretario de Educación Pública y tenía que ver los asuntos de la negociación del subsidio federal para la UAP, y posteriormente como gobernador del estado, donde pienso que tuvo una muy buena gestión. Me complace mucho percatarme de su cambio político, de su giro hacia la izquierda, ahora como senador por el PT y su actividad en Morena. Su postura sobre el tema de la reforma energética, sobre el asunto del petróleo y la electricidad, ha demostrado su congruencia, y esta forma de retomar el escabroso tema del 88 me parece algo que era necesario.

En el mundo de lo social, en la política, vivimos en un orden de representaciones que no necesariamente corresponden a la realidad. Por ejemplo, cuando en muchas conversaciones coloquiales se culpa al secretario de Gobernación Luis Echeverría de la masacre de Tlatelolco, opino que hubiera sido imposible que se opusiera a la decisión de un personaje tan autoritario como el presidente Gustavo Díaz Ordaz, y que si se hubiera atrevido a ello, con lo violento que se dice que era, tal vez lo hubiera matado en ese momento. No en balde declaró que asumía toda la responsabilidad y que estaba orgulloso de los acontecimientos de 1968, que le permitieron darle más al país que horas de trabajo burocrático. Siempre esperé que Luis Echeverría dijera algo de eso antes de morir, ofreciera un testimonio escrito, una entrevista, pero no lo hizo.

¿Podría Bartlett haber hablado de fraude en ese momento del 88? ¡No! Y me atrevo a decir que hubiera sido imprudente. ¡Ahora sí es el contexto donde debe hacerlo! Aun con las reservas que ha tomado al respecto.

¿Hasta dónde llegan los límites del poder? ¿Qué hacer en momentos graves de toma de decisiones?

La visión que muchos tienen de la política es en muchas ocasiones ingenua, burda y prejuiciosa, pero lo determinante es que quienes la practican lo hagan con precisión y responsabilidad, con inteligencia y sentido de la justicia. Sin duda alguna la lectura de El Príncipe de Maquiavelo es algo indispensable, como son sus Discursos acerca de la primera década de Tito Livio, donde en forma extensa busca explicar la estructura y los beneficios del gobierno republicano, que esté fundado en el consenso y el control popular, haciendo una reflexión acerca del trabajo de ese historiador acerca de la historia de la república de Roma, obras clásicas que, junto con muchas otras, deben orientarnos al momento de pensar la política.

Y con esta recurrencia a 1988, estamos en condiciones de pensar y reflexionar en el poder más allá de estigmatizaciones simplistas, llevándonos también al terreno escabroso de las relaciones entre la moral y la política, por las que me viene a la mente la extraordinaria pieza teatral de Jean-Paul Sartre, El diablo y el buen dios, donde el personaje central tiene que atreverse a tomar decisiones que parecieran llevarlo al mal, aunque con ello finamente haga el bien, y para terminar concluye: “yo solo sé lo que tengo que hacer y lo haré”.

Ubú Rey no tenía idea de esa dimensión, no concebía esa perspectiva y finalmente fracasó ante su deseo de omnipotencia, pero afortunadamente en política no todo es así siempre.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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