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Barthes: el discurso y el amor

· noviembre 6, 2015

Ismael Ledesma Mateos

 

“Es de noche. Ubú está durmiendo. Entra la Madre Ubú pero no le ve. La oscuridad es completa.” Evidentemente, ahí no hay amor…

El amor es un problema filosófico trascendental, como es también un elemento determinante de la psique, la cual se rige por “la lengua”, la langue, diría Jacques Lacan, por el orden simbólico cifrado en las palabras.

De ahí la trascendencia del entendimiento del “discurso”, que permite acercarnos a lo más recóndito de la mente humana, pues el inconsciente está estructurado como un lenguaje, que implica no sólo palabras, sino imágenes simbólicas.

El amor implica todas las determinaciones de lo específicamente humano, encarna en esencia la vida misma y la supervivencia del sujeto; es el centro de la subjetividad, que va desde el amor a sí mismo (narcisismo), hasta el amor a otro ser, sea tu abuela, tu madre, tu tía, tu gata, tu mujer, tus amantes o la patria, tu nación o tu piel.

El amor implica un discurso, y en su análisis lo lingüístico es determinante. Así, la presencia impactante de Roland Barthes (1915-1980), cuyo extraordinario libro, Fragmentos de un discurso amoroso, tengo en mis manos. En sus inicios dice que “la necesidad de este libro se sustenta en la consideración siguiente: el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad. Es un discurso tal vez hablado por miles de personas (¿Quién lo sabe?), pero al que nadie sostiene.”

En Barthes, cuyo centenario conmemoramos, encontramos la expresión de la lingüística ligada a la filosofía y al psicoanálisis, parte de una vertiente de pensamiento que implica una visión de la realidad donde, paralelamente al existencialismo sartreano, se desarrolló una concepción estructuralista de la sociedad, y en la compresión de esa “estructura” el lenguaje es algo determinante, las palabras con las que hablamos, ligadas con diferentes determinaciones a las cosas.

El pensador francés forma parte de ese extraordinario pantheón donde encontramos a Michel Foucault, a Ferdinand de Saussure, Roman Jackobson, Jacques Lacan y Claude Levi-Strauss, pero en lo que toca al asunto del “amor” su texto es imprescindible y su entrada es contundente: es, pues, un enamorado el que habla y dice: “Efectivamente, amar implica decir, hablar y actuar.”

En 1953 escribió El grado cero de la escritura, en 1965 sus Elementos de semiología y en 1967 El sistema de la moda, entre otras obras de hondo calaje, las cuales sentaron las bases del entendimiento del significado de escribir y de aquello que implica “el discurso” que, según Foucault, es una entidad multidimensional que nos da cuenta de las mentalidades e implica una red articulada de nociones, prejuicios y conceptos que definen la acción de los hombres en lo individual y como miembros de una comunidad, lo cual siempre estará indisolublemente ligado con el poder. Y, en el discurso amoroso, el poder siempre estará presente.

En el apartado “Quiero comprender”, Roland Barthes nos dice: “al percibir de golpe el episodio amoroso como un nudo de razones inexplicables y de soluciones bloqueadas, el sujeto exclama: ¡quiero comprender lo que me ocurre! Y continúa: ¿Qué pienso del amor? En resumen, no pienso nada. Querría saber lo que es, pero estando dentro lo veo en existencia, no en esencia. Aquello de donde yo quiero conocer (el amor) es la materia misma que uso para hablar (el discurso amoroso)”. Y en “La dedicatoria”, define ésta como “un episodio del lenguaje que acompaña todo regalo amoroso, real o proyectado, y, más generalmente, todo gesto, afectivo o interior, por el cual el sujeto dedica alguna cosa al ser amado.”

Barthes afirma que “el regalo amoroso se busca, se elige y se compra dentro de la mayor excitación —excitación tal que parece ser del orden del goce. Calculo activamente si ese objeto complacerá, si no decepcionará, o si, por el contrario pareciendo demasiado importante, no denunciará por sí mismo el delirio —o el embaucamiento en el que estoy aprisionado. El regalo amoroso es solemne; arrastrado por la metonimia voraz que regula la vida imaginaria me transporto por entero a él.”

En estos fragmentos Barthes da una idea del discurso amoroso, que es apasionante como lo es el fenómeno del amor. Goethe decía: “Somos nuestros propios demonios, nos expulsamos de nuestro paraíso”; y Barthes complementa: “A veces le parece al sujeto amoroso que esta poseído por un demonio de lenguaje que lo impulsa a herirse a sí mismo y a expulsarse —según una expresión de Goethe— del paraíso que, en otros momentos, la relación amorosa constituye para él.”

En El orden de discurso Foucault afirma que entre los siglos XVI y XVII apareció una voluntad de saber que imponía al sujeto conocedor una cierta forma de mirar y una cierta función, y efectivamente en el discurso amoroso tiene que darse una forma de mirar, enmarcada en funciones específicas, que en última instancia ubica al sujeto amoroso ante un “discurso suicida”, un sujeto a la deriva, escindido ante el texto mediante el cual goza de la consistencia de su yo y de su caída al vacío, pues no reconoce ningún criterio de totalidad frente a sí. El sujeto bartesiano, como lo define El placer del texto y la lección inaugural, es el resultado de la duplicidad que él le asigna a la Modernidad misma: por una parte todo el elemento subversivo, el placer y el lugar de la pérdida, y por otra los límites que se establecen desde la cultura. La Modernidad viviría así bajo la forma de un paroxismo de la duplicidad: “… aquí un texto sublime, desinteresado, allá un objeto mercantil cuyo valor es… la gratuidad de ese mismo objeto…”

Julia Kristeva, en Historias de amor, en el capítulo “Elogio del amor”, escribe: “¿Qué es el psicoanálisis sino una búsqueda infinita de renacimientos, a través de la experiencia de amor que recomienza para ser desplazada, renovada y, si no exteriorizada, al menos recogida e instalada en el corazón de la vida ulterior del analizado como condición propicia para su renovación perpetua, para su no-muerte?

Confieso que el destino particular de mis amores (¿debería decir de mi propia vulnerabilidad escondida tras una máscara de prevención?) agrava este desfallecimiento de mi discurso ante la espiral “de sexualidad e ideales entremezclados en la experiencia amorosa”.

Kristeva prosigue: “Si insisto en el crisol de contradicciones y equívocos que es el amor —a la vez infinito del sentido y eclipse del sentido— es porque me permite no morir asfixiada bajo el fárrago de falsos pretextos y compromisos que nos ofrece la neurosis en grupo o en pareja… En efecto en el transporte amoroso, los límites de las propias identidades se pierden a la vez que se difumina la precisión de la referencia y del sentido del discurso amoroso (sobre el que Barthes ha escrito elegantemente los Fragmentos). ¿Hablamos de la misma cosa cuando hablamos de amor? ¿Y de qué cosa? La prueba amorosa es una puesta a prueba del lenguaje: de su carácter unívoco, de su poder referencial y comunicativo”… “Vértigo de identidad, vértigo de palabras: el amor es, a escala individual, esa súbita revolución, ese cataclismo irremediable del que no se habla más que después.”

Cuál es la trascendencia de Roland Barthes: ¿la semiótica?, ¿la lingüística? Yo me quedo con lo que nos puede dejar a la filosofía existencialista y al psicoanálisis. Para mí, Fragmentos de un discurso amoroso es un texto imprescindible para todos aquellos que valoramos el significado de la subjetividad. Hoy, a cien años de su nacimiento, vale la pena reflexionar acerca de su obra.

Recordar el centenario de Barthes me ha llevado a pensar en “el discurso”, en Foucault, en el psicoanálisis, en Lacan, en Kristeva, en el existencialismo de Sartre y en el amor por sí mismo. Y me lleva a pensar en la estúpida estrofa de la bella canción del Paul Anka, “My Way”, que dice “jamás tuve un amor que para mí fuera importante”. Al escuchar eso que piden que les canten los borrachos de cantina, me lleno de indignación y pienso en las Historias de amor de Julia Kristeva y sobre todo en los Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes. Para mí, todos, absolutamente todos han sido importantes y ni siquiera el Padre Ubú se hubiera atrevido a decir tal cosa a la Madre Ubú.

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