Ismael Ledesma Mateos
Las encuestas son contundentes: Andrés Manuel López Obrador tiene la mayoría en las preferencias de voto para la presidencia de la república, y por ello la “mafia en el poder” —como él le llama— intentará por todos los medios impedir que gane la elección. Es evidente que nos encontramos ante un escenario por demás complicado, pues el PRIAN-PRD y sus aliados tienen terror del triunfo inminente de AMLO. Es momento de un cambio en este país, y el único que puede encabezarlo es el candidato de Morena. Pero llama la atención el atrevimiento de poner en boca de personajes mediáticos e intelectuales ataques a López Obrador, los cuales desmintieron de inmediato Jorge Castañeda, Denise Dresser, Enrique Krauze, Sergio Aguayo y otros más negaron haber dicho lo que se presentó junto con sus imágenes en una campaña apócrifa encaminada a descalificar al candidato que lleva la mayor ventaja en las encuestas y que da cuenta de la estrategia gubernamental para anular a su principal opositor.
Ubú Rey no enfrentó en su mandato las preocupaciones que hoy agobian a los corruptos que nos gobiernan. Su poder era omnímodo y con su prepotencia y autoritarismo tenía todo bajo su absoluto control, pero en el México del siglo XXI nos encontramos en un proceso de transición a la democracia que ha sido fallido hasta ahora, lo cual no significa que no pueda concretarse, lo que se lograría con el arribo de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia. En el país de la dictadura perfecta, para los gobernantes autoritarios que han abusado del ejercicio del poder un cambio radical producto de la vía electoral les parece algo monstruoso, pues la genuina democracia no cabe en sus obtusas cabezas.
La guerra sucia electoral se manifestará con toda plenitud este 2018. Todas las estratagemas posibles serán usadas para impedir la llegada del candidato de Morena a la presidencia de la nación, incluyendo el desvío de recursos del erario público y acciones pandilleriles como las que ya ocurrieron en la delegación Coyoacán de la Ciudad de México. Nos encontramos ante un momento de gran importancia histórica, donde se da la última posibilidad real de que un candidato de izquierda asuma el poder ejecutivo. Se trata de un personaje paradójico, que bien ha sido llamado por Krauze “El mesías tropical”, epíteto que para mí no es algo despectivo ni denostativo, sino tan sólo una caracterización que encaja con la personalidad del candidato.
AMLO proviene del PRI, pero se formó en Tabasco con el gran intelectual que fue gobernador de ese estado, Enrique González Pedrero, dentro de un priismo que aún conservaba las ideas del “nacionalismo revolucionario”. Transitó a un PRD oportunista, al que fue capaz de conducir con eficacia y sacarlo adelante (a pesar del lastre que representan los corruptos “chuchos”) y gobernar con éxito a la Ciudad de México, hasta conseguir imponerse como candidato presidencial por primera ocasión, en la que en realidad ganó y fue víctima de un asqueroso fraude electoral.
La reciente campaña televisiva sobre su candidatura es magnífica. Sin decir su nombre, es muy claro que se refieren a él: “estaríamos mejor con ya sabes quien” y “estaremos mejor con ya sabemos quien”. Se trata de una manera de disminuir el protagonismo y al mismo tiempo evidenciar la presencia protagónica del único político con liderazgo real en México. Si realizamos un rastreo a nivel internacional, el único personaje con reconocimiento es AMLO, quien en varios diarios del mundo se expone como el político con mayor presencia.
Me ha gustado la reacción de los personajes involucrados en este evento inicial de guerra sucia, pues a pesar de que han criticado a Andrés Manuel, se deslindaron de que pusieran en sus bocas cosas que no dijeron. Un intelectual tiene el deber y el compromiso de ejercer una actitud crítica y no ser servil al poder, lo cual no implica que deje de tomar una posición. La crítica a AMLO es sin duda alguna benéfica para la democracia, sin que ello signifique un ataque o una descalificación. Yo tengo la confianza de que, al igual que Lula Da Silva en Brasil, López Obrador llegue a la presidencia, por el bien de los mexicanos.
La relación entre los intelectuales y el poder es un tema apasionante, de ahí la importancia de que un buen gobernante tenga una relación cercana muy respetuosa con intelectuales y no lambiscones y arrastrados. El concepto gramsciano de “intelectual orgánico” es crucial en política. En el caso de México la exitosa gestión de Porfirio Díaz no hubiera sido posible sin los consejos y asesoría de Justo Sierra. AMLO debe cultivar esos vínculos y lograr convencer de la trascendencia de su proyecto, pues tiene capacidad para ser un gran gobernante.
La comunidad académica en una gran mayoría es proclive a la elección de AMLO, a pesar de muchos desatinos de Morena, como ha ocurrido desgraciadamente en Puebla, donde la candidatura de Barbosa ha trastocado todo, así como en la CDMX al haber excluido a Ricardo Monreal, el candidato idóneo, para imponer a Claudia Sheinbaum en su lugar. Pero la política es así, y no obstante Morena sigue siendo la única esperanza para México, un país desesperanzado y destruido por la corrupción gubernamental.
Quienes vivimos el priiato durante muchos, muchos años, los que en los años setenta asumimos la utopía del comunismo —y seguimos siendo comunistas—, que conocimos las diversas formas de represión del sistema político mexicano, la posibilidad de que llegue a la presidencia de la república un hombre honesto y de izquierda es mucho, muy importante. AMLO no es un teórico marxista ni un experto en la teoría y práctica leninista, pero es un político intuitivo, que sabe operar adecuadamente. Alguien que sin duda sabrá gobernar al país.
El PRD surgió como una mezcla incoherente de partidos heterogéneos, algunos sin convicciones reales, como el PST (luego PFCRN), de donde salieron los corruptos “chuchos”, o los tránsfugas del PRI. Paradójicamente, el registro que tomaron los perredistas fue el del Partido Comunista Mexicano, que le fue otorgado por Jesús Reyes Heroles, luego de la enorme votación que obtuvo Valentín Campa como candidato no registrado por el PCM, por lo que se concluyó legalizarlo en 1981. La lucha comunista fue algo serio, y el partido optó por la vía parlamentaria. Como Alfonso Vélez Pliego y yo decíamos en las manifestaciones: “el pueblo necesita diputados comunistas”. Pero el PRD surgió como una aberración, por ello nunca tuvo una posición congruente y su única etapa exitosa fue bajo la presidencia de Andrés Manuel, que inteligentemente organizó un nuevo partido, con un nombre significativo: Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), que me recuerda a la III República francesa, cuya idea crucial es “la regeneración”. Eso es lo que México requiere.
El Padre Ubú no entiende nada de esto, pero el gobierno de México tiene la oportunidad de un cambio necesario, por no decir indispensable, sin golpes de Estado, sin acciones militares, sino por el camino electoral, con programas concretos que perfilen la transformación nacional. Espero que en 2018 ocurra.
¡Para mí es suficiente!









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