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Alfonso Vélez Pliego: la pasión por la Universidad

· julio 28, 2016

 

Ismael Ledesma Mateos

 

Alfonso Vélez Pliego: Décimo Aniversario Luctuoso

 

Ubú Rey no podría entender cómo un político amó la academia y la ciencia al mismo tiempo y tuvo tal pasión por una universidad, al grado de dedicarle su vida entera, como fue el caso de mi maestro, mi amigo y mi jefe, Alfonso Vélez Pliego, quien estos días (26 de julio) cumple diez años de muerto.

Cuando era adolescente, en 1972, me llamó la atención ver en las paredes de las calles de Puebla unos volantes pegados con las fotografías de tres personajes de la Universidad Autónoma de Puebla (UAP). Los atacaban y se les acusaba de “comunistas” a los que había que combatir. El de mayor de edad era el ingeniero Luis Rivera Terrazas, en ese entonces director de la Escuela de Ciencias Físico-Matemáticas; el otro era un poco más joven, el químico Sergio Flores Suárez, para ese momento rector de la Universidad. El tercero era muy joven, delgado, con lentes de pasta negra, una corbata de las llamadas “de gusano” (como se usaban en esa época) y tenía por nombre Alfonso Vélez Pliego. Abajo aparecían leyendas ofensivas; la del joven decía, aparte de otros improperios: “Lo que diga el maese Terrazas, aunque nunca sea abogado”.

Yo estaba en la secundaria en esos años, pero crecí con el impacto de 1968, y aunque era un niño, estuve al tanto del mayo francés, de la atroz represión soviética en Praga, de la criminal masacre del 2 de octubre en Tlatelolco, de la Guerra Fría y de la Guerra de Vietnam, sobre la cual a los ocho años le pregunté a Mamá Anita (mi abuela): “¿Por qué es esa guerra?” Ella me dijo: “Porque dicen que son comunistas”. Pregunté de nuevo: “¿Y qué son los comunistas?” A lo cual respondió: “Los que quieren que todos seamos iguales, que las personas tengan los mismos derechos y una justa distribución de la riqueza y acabar con los pobres”. Yo respondí: “Entonces quiero ser comunista”, y me dijo: “Muy bien, si es lo que quieres”.

Cuatro años después, cuando vi que acusaban a esos universitarios, sentí de inmediato admiración e identificación por ellos, y anhelé conocerlos. Mi tía me llevó un día al Edificio Carolino para salir de mis dudas y me impactó ver una pinta con un retrato enorme del Che Guevara y los jóvenes con el pelo largo, sus atuendos… Se respiraba un aire de libertad. Ésa era la Universidad de la que había tomado el control el Partido Comunista Mexicano, un acontecimiento excepcional en la historia de México, del que no se ha dado cuenta adecuadamente. Y esos tres personajes eran los dirigentes de ese logro. Alfonso, el más joven, el operador más brillante de ello.

Los volantes y pegas callejeras donde los atacaban eran obra del llamado FUA (Frente Universitario Anticomunista) y otros grupos de derecha que querían tener el control de la Universidad y que finalmente fueron derrotados, al extremo que tuvieron que irse de ella y fundar otra (la UPAEP), pues el Ingeniero, un astrónomo a quien Elena Poniatowska llamó “el fotógrafo del Sol”, y que venía de Tonantzintla, era en los hechos un físico colaborador de Guillermo Haro, director del Observatorio, además de que fue un hábil político y comunista convencido, un hombre extremadamente sagaz que pudo tomar el mando de la Universidad, impulsar a Sergio Flores Suárez como rector (para luego serlo él) y forjar a ese joven talentoso y muchísimo más versátil, que estudiaba derecho, pero que finalmente no se tituló de ello sino que estudió la carrera de historia, en la que fue licenciado.

En ese contexto, Alfonso Vélez Pliego a los 25 años fue capaz de convertirse en director de la nueva Preparatoria Popular Emiliano Zapata, uno de los pilares del movimiento de izquierda universitaria, y luego de ello, graduado ya en historia, se convirtió en director (le llamaban en ese época coordinador general) de la Escuela de Filosofía y Letras.

Cuando terminé la secundaria, mi familia no me dejó entrar a la UAP, e ingresé al Instituto Madero (una experiencia horrible), pero seguí con mi obsesión de estar en la Universidad y ahí participar en política; por ello compraba todos los días un periódico, La Opinión, Diario de la mañana, que publicaba todo lo que pasaba en la UAP, así que seguí familiarizado con ella y sus protagonistas.

Así, una tarde fui a Filosofía y Letras para buscar información en su biblioteca. Al subir por la escalera me topé con Alfonso Vélez Pliego, lo reconocí de inmediato y él, como me vio mirando para todos lados, me preguntó: “¿Qué buscas?” “La biblioteca”, le contesté. Él me señaló dónde estaba y preguntó: “¿Y qué quieres?” Le dije que el tema era la filosofía presocrática y me recomendó varios libros. Fui, los consulté y de salida casualmente él subía y me preguntó si había encontrado lo que buscaba. Le dije que sí y me invitó a regresar, diciéndome (lo que ya sabía) que era el director, señalando la puerta de su oficina en la planta baja.

Yo, a escondidas, había conseguido aprobar el examen de admisión a la Preparatoria Diurna Benito Juárez de la UAP y pude salir del Madero e irme ahí. A partir de eso, seguí buscando a Alfonso Vélez Pliego, quien era además el secretario general del Partido Comunista Mexicano en Puebla y quien a los 16 años me reclutó (aunque mi solicitud oficial la firmó alguien que sería gran amiga en el futuro y hasta la fecha). Por esos años la izquierda vivió momentos apasionantes: conflictos, luchas ideológicas, confrontación de ideas y posiciones, pero sin duda Alfonso fue el promotor de la mejor época del Partido Comunista en Puebla, con una visión moderna y democrática.

Recuerdo una manifestación donde él nos desvió y llevó a la puerta del Congreso del Estado, la cual cerraron y en la que tocamos con fuerza gritando la consigna: “El pueblo necesita diputados comunistas”. Efectivamente, en esa época había una contradicción entre las visiones anquilosadas del comunismo, del izquierdismo trasnochado y decadente, aun con el impacto autoritario del estalinismo y la visión soviética, que contrastaban con otras alternativas, como el “eurocomunismo” y otros planteamientos de una izquierda renovada y el anhelo de un socialismo con rostro humano. Para mí, Alfonso encarnaba esa postura.

Él aceptó la Secretaría General de la UAP y por desgracia perdió el control del Partido Comunista, y el Ingeniero, que tenía una postura comunista más tradicional (que no radical), dejó de ver con buenos ojos a Alfonso como su sucesor, por lo que el partido decidió no apoyarlo como candidato a la rectoría en 1981. Pero con esa actitud, que para algunos raya en la necedad, como la que deben tener todos los grandes hombres, continuó con su empeño: enfrentó a su maestro, a Rivera Terrazas, y fue candidato a la rectoría. De hecho, tuvo el atrevimiento de publicar en el diario nacional unomásuno un desplegado que firmamos 77 camaradas apoyando a Alfonso, por lo que fuimos expulsados o suspendidos. Pero el partido estaba en vías de extinción y dio lugar a otro, el Partido Socialista Unificado de México, al que ya no ingresé, ante el enojo de lo que nos hicieron.

Alfonso fue rector a pesar de todo, contra viento y marea, pues era alguien que en todo momento demostró su pasión y amor por la UAP. Su gestión fue una de las más brillantes en la historia de esa institución, de tal manera que yo sólo puedo mencionar a tres grandes rectores: Manuel Lara y Parra, Luis Rivera Terraza y a él, quien tuvo una visión eminentemente académica, que nunca fue rebasado por lo administrativo y que en todo momento, a pesar de las adversidades financieras supo mantener el crecimiento sostenido de la Universidad, de una matrícula que superó los cien mil alumnos, cosa que en la actualidad no ocurre.

Impulsó la creación de nuevos espacios académicos, tanto para la docencia como la investigación y la extensión, con una política que nunca fue de simulación, como pasa en la mayoría de las instituciones educativas, llenas de “cortadores de listones”. Él tuvo que negociar el subsidio con varios secretarios de Educación Pública, en condiciones adversas y siempre con dignidad, manteniendo por encima de cualquier cosa el principio de la autonomía universitaria; jamás pensó en usar su cargo como un “trampolín político” y las candidaturas que posteriormente abanderó fueron siempre en la oposición.

Entre sus aportaciones tenemos el rescate del patrimonio histórico con la adquisición y restauración de edificios de gran valor histórico, los cuales fueron utilizados para actividades académicas. Cuando me incorporé a trabajar con él, participé en la reforma al bachillerato para pasarlo de dos a tres años, una exigencia de la SEP (con la que no estábamos de acuerdo, pero que nos exigían hacer) y sobre todo compartimos el proyecto más importante de mi vida: la fundación de la Escuela de Biología de la UAP, el 14 de julio de 1987, poco antes de que terminara su segundo periodo como rector. Y bueno, años después fundó el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades que lleva hoy su nombre.

Él no fue sólo mi maestro en política, también me entrenó en la investigación histórica y mi primer artículo internacional fue supervisado por él, que me había regalado gran cantidad de material acerca de la historia de la Universidad, su gran pasión. Junto con ello, también hicimos el guión museográfico de la última de sus obras en la rectoría: el Museo Universitario de la Casa de los Muñecos, cuya exposición permanente montamos y que luego fue desmantelada. Y tanto más podría decir, pero bueno, para quienes amamos a la UAP, él estará siempre en nuestras mentes.

El Padre Ubú me diría que está ya harto de todo lo que escribo y que no lo entiende. No me importa: mientras alguien me lea y me entienda basta, pues no me interesa lo que piensen los déspotas, a quienes Alfonso me enseñó a combatir.

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