Ismael Ledesma Mateos
El pasado 3 de julio se conmemoró otro aniversario del nacimiento de Alfonso Luis Herrera López en 1868, sin duda una efeméride importante. Sin embargo, me llenó de indignación un cartel alusivo al hecho, enviado por la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde aparece una imagen supuestamente de él y que en realidad es la de su padre, Alfonso Herrera Fernández (1838-1901). Es un grave error que ha aparecido en algún importante artículo científico e incluso en Wikipedia, consecuencia de esa imagen erróneamente publicada con anterioridad. Por eso la “L” del nombre es crucial, pues nos permite distinguir a los dos grandes científicos, uno naturalista y el otro creador de la biología.
El padre —cuyo nombre tiene una calle en la colonia San Rafael en la Ciudad de México, mi barrio de juventud— fue el segundo director de la Escuela Nacional Preparatoria, un gran naturalista que en 1883 formó la “Comisión científica mexicana” que se inspiró en la Commission scientifique du Mexique creada en París por Napoleón III en febrero de 1864, durante la invasión francesa a nuestro país (1862-1867); Herrera Fernández tomó ese modelo y basado en esa idea pretendió crear un instituto dedicado a la investigación de los recursos naturales de México y para ello le pidió a su hijo, el arquitecto Carlos Herrera López, diseñar un edificio, ubicado en la esquina de las calles hoy llamadas de Ayuntamiento y Balderas. No obstante en 1888 se estableció ahí el Instituto Médico Nacional, como consecuencia de la presión política del gremio médico, un estamento socioprofesional muy dado a la intriga y la coacción, aunque en los hechos en ese instituto se hacían cosas de botánica, principalmente de farmacognosia y de fisiología, y no precisamente de medicina.
Pero el otro elemento indignante, además de la imagen incorrecta, es la descripción que hacen de su obra. Primero dicen que “introdujo la biología en México, así que pasó de tener naturalistas a formar biólogos, pero toda la descripción se centra precisamente en lo que no es determinante: “formó ligas ornitólfilas, grupos de agricultores comprometidos a evitar la cacería de aves y promover su cuidado”, “Pionero en la divulgación y conservación de especies”, “fundó el Jardín Botánico y el Zoológico de Chapultepec como fruto de sus investigaciones en conservación”; así en su falsa imagen aparece su “persona” rodeada de un campesino y animalitos, entre ellos un panda, que en esa época no había en México. Es triste que algo así ocurra, y da cuenta de la falta de interés y de respeto por la historia de la ciencia, que es fundamental para su entendimiento.
La incomprensión entre el naturalismo y la biología es algo grave y muy acendrado socialmente. En 1992 se organizó en el Palacio de Medicina (el Palacio de la Inquisición en Santo Domingo, en el centro de la Ciudad de México) una presentación denominada “500 años de Biología en México”, con motivo del quinto centenario del “descubrimiento” de América, idea totalmente errónea. Ante ello, presenté una ponencia titulada “Biología: ¿Ciencia o Naturalismo?”, que en 1993 se publicó en la revista Ciencia y Desarrollo, donde refuto esa visión distorsionada. Alfonso L. Herrera, fue un acérrimo enemigo de esa confusión. Su padre Alfonso Herrera (el de la imagen que refiero) era profesor de Historia Natural, primero en la Escuela Nacional Preparatoria y luego en la Escuela Normal para Profesores, cargo que ocupó su hijo Alfonso Luis, pero luego de la muerte de su padre, convenció al director Enrique Rébsamen de cancelar esa cátedra y fundar la de Biología, lo que ocurrió en 1902; no se trató de un cambio de nombre, sino de una concepción radicalmente distinta. El naturalismo es la etapa inicial del estudio de la naturaleza, de la vida y lo viviente, al cual siguió la historia natural, en los siglos XVII al XIX con una sistematización enciclopédica, describiendo desde insectos hasta mamíferos. La biología es otra cosa, que se constituye como ciencia hasta la segunda mitad del siglo XIX y los inicios del XX, a la que Alfonso L. Herrera concibió en toda su concreción cuando se establecieron sus primeros paradigmas: la teoría celular (1838), la teoría de la regulación del medio interno y de las funciones corporales (1856-1878), la teoría de la evolución por medio de la selección natural (1859) y la teoría de la herencia (1866, 1900).
La trascendencia de la obra de Alfonso L. Herrera, no es solamente la que se señala en ese cartel de imagen equívoca, lo cual sería colateral o incluso secundario, sino la fundación de la primera cátedra de biología y la escritura de Nociones de biología, el primer libro mexicano de esta ciencia, publicado en 1904 ante la carencia de un libro de texto para su enseñanza. El programa de la materia fue elaborado por Alfonso L. Herrera, donde se introdujeron los paradigmas fundacionales de la biología. Ahí él habla de la teoría celular, de la fisiología de Claude Bernard, de la teoría darwiniana de la evolución y de la teoría de la herencia de Mendel. El programa de la materia, y en consecuencia el libro tienen una clara visión evolucionista, a la cual Alfonso L. Herrera se había orientado desde varios años antes. Es muy importante remarcar su ruptura con la historia natural: graduado como farmacéutico (que no químico) en la Escuela de Medicina en 1889 con una tesis titulada: “Diálisis química. Aplicaciones del sulfato de cal”, un trabajo de fisicoquímica y no de farmacia.
En el camino a la ruptura con la historia natural Alfonso L. Herrera publicó en 1891 “La noción del tiempo en los animales” y en 1895 “Hérseies taxonomistes” y “Les Musées de l’avenir”, ambos en la revista Memorias de la Sociedad Científica Antonio Alzate, donde encontramos su cuestionamiento a la visión taxonómica y descriptivista de la historia natural y la ruptura con la historia natural queda claramente perfilada. Pero el momento crucial en su camino a la construcción de la biología mexicana fue la publicación en 1897 de Recueil des lois de la biologie générale, un pequeño libro donde a manera de catecismo enuncia los que considera las “leyes” de la biología general, que nos muestra la introducción de los paradigmas fundacionales de la biología y el inicio de la biología como ciencia en México.
Cuando realizaba mi posdoctorado en París, me vino a la mente la duda: ¿si Alfonso L. Herrera hubiera hecho lo que se llamaría “una mexicanada”, haber copiado un libro extranjero y publicarlo en castellano? Entonces me di a la tarea de revisar todos los libros de biología de la época, de Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, España y Estados Unidos (un país atrasado en la ciencia en esa época), y mi conclusión fue que Nociones de biología es un libro original y único, excepcionalmente superior a los existentes en ese momento en esos países. En 1906 fue traducido al francés con el título Notions de biologie et de plasmogenie comparés, traducido por Georges Renaudet y prologado por el profesor M. Benedickt de Viena, impreso en Berlín, lo que da cuenta de la intencionalidad de Alfonso L. Herrera de tener una presencia internacional. De hecho, es más fácil conseguir ese libro y otras de sus publicaciones en el extranjero, pues luego de su exclusión institucional en 1929, cuando se funda el Instituto de Biología de la UNAM, bajo el control de su enemigo Isaac Ochotrena, se buscó borrarlo de la memoria histórica.
Es irritante que un personaje tan extraordinario en términos teóricos sea asociado con “animalitos”. Él quería entender los fenómenos de la vida, por ello la figura número uno de Nociones de biología es Claude Bernard, a quien llama “filósofo y fisiologista francés, que demostró la unidad de los fenómenos de la vida y estableció los grandes principios de su explicación físico-química natural”. En esencia, las tesis de Herrera son altamente corrosivas, pues en última instancia “la vida se explica por sí misma”, lo que conduce a concluir, que no existe un “alma” que determine la vida. Más allá del evolucionismo, la idea de la inexistencia del alma es algo muy fuerte que convulsiona las mentes retardatarias. Es interesante que en la decadencia del porfiriato, en 1908, se suprimiera la cátedra de biología por “considerarla peligrosa para la juventud y las creencias”.
La trascendencia de Alfonso L. Herrera no tiene que ver con la conservación, ni con un zoológico que tuvo que hacer, como parte de la Dirección de Estudios Biológicos que fundó el 2 de octubre de 1915, sino haber sido el introductor del darwinismo en México y de los paradigmas fundacionales de la biología, pero aún más trascendental fue haber propuesto una teoría referente a “el origen de la vida”, desarrollando modelos morfológicos de células vivas preparadas por él en el laboratorio. Los más famosos fueron los “sulfobios” y los “colpoides”, hechos con amoniaco y ácido sulfocianhidrico, o aceite de oliva, hematoxilina y gasolina, la base de su teoría denominada “la plasmogenia”, la contribución más grande de México a la ciencia mundial. En el Boletín de la Dirección de Estudios Biológicos de la Secretaría de Fomento, se da cuenta de algunas de sus investigaciones, aunque se abordaban trabajos de diferentes áreas, y luego de su exclusión en 1929, continuó trabajando en un laboratorio en la azotea de su casa, en la calle de Ciprés No. 64, en la colonia Santa María la Ribera. Continúo sus investigaciones y publicó hasta su muerte Le Bulletin du Laboratoire de Plasmogenie.
Resulta importante que alguien haya recordado su natalicio, pero es muy desagradable que no se resalten sus contribuciones más trascendentales como biólogo. Me molesta en grado sumo que nos asocien con “plantitas y animalitos”, que en mi formación sólo servían como modelos, como objetos experimentales, para despanzurrarlos y ver qué tienen dentro, aislar y purificar moléculas y tratar de entender cómo funcionan, para comprender la vida y poder incidir en ella, y sobre todo saber cómo la evolución nos llevó a todo ello. Y ésa era la vocación de Alfonso Luis Herrera López.
Ubú Rey no tuvo que pensar en la enseñanza, ni en planes y programas de estudio. No se preocupó nunca por esas cosas, alejadas de las phinanzas, que era lo único que le importaba, pero en nuestro México las cosas no son así y la educación y la ciencia han tenido, tienen y deben tener una importancia estratégica para el desarrollo nacional, de ahí también la importancia de reivindicar a personajes como Alfonso L. Herrera, que nos dan identidad, tal como lo pudimos hacer en la Escuela de Biología de la UAP.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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