Ismael Ledesma Mateos
Cuando llega el mes de agosto vienen a mi mente muchas cosas. En mi anterior Ubú me referí a dos acontecimientos memorables, y ahora quiero referirme al presidente brasileño Getúlio Vargas, de quien supe por una telenovela llamada Agosto, que vi cuando era joven y que culmina con su suicidio el día 24 de este mes en 1954, dándose un balazo en el corazón en su habitación en el Palacio de Catete. Años después, en 1990 Rubem Fonseca publicó el libro Agosto, que describe 24 días de ese mes (en 24 capítulos, por cierto), donde reconstruye descarnadamente —como en muchas de sus obras— los sucesos que se dieron en el desafortunado último gobierno de Vargas. Los actores que estuvieron conspirando para que ello ocurriera. La ausencia de compromiso social de los representantes políticos y su abyecta red de intereses. “La corrupción en su apogeo. La pobreza, la desigualdad, la desesperanza de un pueblo que hoy está agitado, porque como Lula, Vargas debía su popularidad a las clases baja y media.”
Getúlio Vargas es indudablemente el político más importante de la primera mitad del siglo XX en Brasil, que sentó las bases para la modernización del Estado, habiendo sido un impulsor de la cultura, que fortaleció la economía creando instituciones como Petrobrás, Electrobrás o el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE). Se le ha considerado un presidente populista, al igual que Juan Domingo Perón en Argentina y Lázaro Cárdenas en México; sus detractores también lo llamaban paternalista y les irritaban sus discursos, siempre dirigidos a los trabajadores de Brasil, a “esa clase obrera que iba emergiendo del campesinado de la ‘República Vieja’ para transformarse en el proletariado industrial que haría el ‘milagro’ de la década siguiente a su muerte”.
Getúlio Vargas en Brasil, como Perón o Cárdenas, buscaron rescatar del olvido a los desposeídos y transformarlos en un colectivo social capaz de realizar cambios estructurales en la sociedad que, con avances y rupturas, continúa hasta nuestros días. Buscaron el respeto a los derechos sociales para subsanar las necesidades no satisfechas de los trabajadores, que siempre les fueron conculcadas por las oligarquías nacionales, pugnando por la construcción de un “Estado de Bienestar”, oponiéndose a las acciones de los grandes capitales del extranjero.
Getúlio Vargas fue cuatro veces presidente de la República de Brasil (de 1930 a 1934 en el llamado Gobierno Provisorio; luego de 1934 a 1937, en el “gobierno constitucional”; de 1937 a 1945, en el “Estado Novo”; y de 1951 a 1954, presidente electo por voto directo). El 10 de noviembre de 1937, sin resistencia, dio un golpe militar e instauró el “Estado Novo”, que duró hasta el 29 de octubre de 1945, decretó el cierre del Congreso Nacional y creó una nueva constitución (redactada por el ministro de Justicia Francisco Campos), que le confería el control de los poderes Legislativo y Judicial. Al mes siguiente, firmó un decreto-ley que hacía desaparecer todos los partidos políticos.
Entre 1937 y 1945, durante el Estado Novo, Getúlio Vargas dio continuidad a la reestructuración del Estado y profesionalización del servicio público, creando el Departamento Administrativo del Servicio Público (DASP), abolió los impuestos en las fronteras interestaduales y creó el impuesto a la renta. Se orientó cada vez más en la intervención estatal en la economía y en el nacionalismo económico, provocó un fuerte impulso en la industrialización. Adoptó la centralización administrativa como marca para crear una burocracia de Estado fuerte, hasta entonces inexistente, además de crear la Compañía Siderúrgica Nacional (CSN), la Compañía Vale do Rio Doce, la Compañía Hidroeléctrica de São Francisco y la Fábrica Nacional de Motores (FNM), entre otros. Editó en 1941 el Código Penal y el Código Procesal, todos hasta el día de hoy en vigor. En 1943 Getúlio creó la Consolidación de las Leyes del Trabajo, garantizando la estabilidad del empleo después de diez años de servicio, descanso semanal, la reglamentación del trabajo de menores, de la mujer, del trabajo nocturno y fijando la jornada laboral en ocho horas de servicio.
Sin embargo, el ejercicio del poder desgasta; los militares y diferentes fuerzas políticas ejercieron una enorme presión en su contra, principalmente en los últimos 24 días de agosto, que lo llevaron a tomar la decisión fatal de terminar con su vida. Para ello escribió una carta, antes de darse el tiro mortal, que vale la pena leer:
“Una vez más las fuerzas y los intereses contra el pueblo se coordinaron y se desencadenaron sobre mí.
No me acusan, me insultan; no me combaten, me difaman; y no me dan el derecho a defenderme. Necesitan apagar mi voz e impedir mi acción, para que no continúe defendiendo, como siempre defendí, al pueblo y principalmente a los humildes. Sigo lo que el destino me ha impuesto. Después de décadas de dominio y privación de los grupos económicos y financieros internacionales, me hicieron jefe de una revolución que gané. Comencé el trabajo de liberación e instauré el régimen de libertad social. Tuve que renunciar. Volví al gobierno en los brazos del pueblo.
La campaña subterránea de los grupos internacionales se alió con grupos nacionales revolucionarios contra el régimen de garantía del trabajo. La ley de trabajos extraordinarios fue interrumpida en el Congreso. Contra la justicia de la revisión del salario mínimo se desencadenaron los odios. Quise crear la libertad nacional en la potencialización de nuestras riquezas a través de Petrobrás, mal comienza ésta a funcionar cuando la onda de agitación crece. La Eletrobrás fue obstaculizada hasta la desesperación. No quieren que el pueblo sea independiente.
Asumí el gobierno dentro de la espiral inflacionaria que destruía los valores del trabajo. Las ganancias de las empresas extranjeras alcanzaban hasta el 500% al año. En las declaraciones de valores de lo que importábamos existían fraudes que constataban más de 100 millones de dólares al año. Vino la crisis del café, se valorizó nuestro principal producto. Intentamos defender su precio y la respuesta fue una violenta represión sobre nuestra economía al punto de vernos obligados a ceder.
Vengo luchando mes a mes, día a día, hora a hora, resistiendo la represión constante, incesante, soportando todo en silencio, olvidando y renunciando a todo dentro de mí mismo, para defender al pueblo que ahora se queda desamparado. Nada más les puedo dar a no ser mi sangre. Si las aves de rapiña quieren la sangre de alguien, quieren continuar chupando al pueblo brasileño, yo ofrezco en holocausto mí vida. Escojo este medio para estar siempre con ustedes. Cuando los humillaren, sentirán mi alma sufriendo a su lado. Cuando el hambre fuera a golpear sus puertas, sentirán en sus pechos la energía de lucha para ustedes y sus hijos. Cuando los desprecien, sentirán en mi pensamiento la fuerza para la reacción.
Mi sacrificio los mantendrá unidos y mi nombre será su bandera de lucha. Cada gota de mi sangre será una llama inmortal en su conciencia y mantendrá la vibración sangrada para resistir. Al odio respondo con perdón. Y a los que piensan que me derrotan respondo con mi victoria. Era un esclavo del pueblo y hoy me libro para la vida eterna. Pero este pueblo, de quien fui esclavo, no será más esclavo de nadie. Mi sacrificio quedará para siempre en sus almas y mi sangre tendrá el precio de su rescate.
Luché contra las privaciones en el Brasil. Luché con el pecho abierto. El odio, las infamias, la calumnia no abatirán mi ánimo. Les daré mi vida. Ahora les ofrezco mi muerte. Nada de temor. Serenamente doy el primer paso al camino de la eternidad y salir de la vida para entrar en la historia.”
El disparo salió de su revólver, y ahí quedó muerto el emblemático gobernante brasileño, cuyo legado político fue impactante en su país y en otras naciones de América Latina. En la actualidad existe una importante fundación con sede en Botafogo, en Río de Janeiro, en donde se forma la élite dirigente brasileña, que lleva su nombre. El de un hombre paradójico, que no podría considerarse de izquierda marxista, aunque se acercó a ella, populista sí, golpista y dictador, pero con un gran sentido social y una enorme vocación por el bienestar del pueblo de Brasil, en congruencia con lo que se decía de él, que era “el Padre de los pobres”.
El Rey Ubú jamás hubiera pensado en los pobres, los despreciaba profundamente, aunque él y su mujer, la Madre Ubú, de ningún modo tuvieran raíces aristocráticas. Pero así son los nuevos poderosos, lo arribistas, los que se hacen del poder sin trayectoria ni mérito alguno. Algo muy diferente a Vargas, que fue desde diputado, ministro de Hacienda y presidente de la provincia de Río Grande del Sur, hasta llegar a la presidencia. Sí, al igual que Ubú finalmente dio un golpe de Estado, pero antes había sido presidente por vías legales y a pesar de haber sido un dictador, en su último periodo fue electo y estuvo a punto de sufrir un golpe militar que lo llevó a suicidarse, en un acto de congruencia, como puede verse en su carta. Algo muy diferente al ambicioso y autoritario Ubú Rey, que no fue capaz de realizar un acto así.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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