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Admisión, injusticia y prejuicio

· agosto 26, 2017

Ismael Ledesma Mateos

 

Yo nunca he creído en el valor de los exámenes de admisión. Siempre los he considerado algo superfluo que no indica necesariamente la capacidad de los estudiantes. Claro que deben aplicarse exámenes, pero en los cursos escolares, pero los de admisión para el ingreso a un nivel educativo me parecen algo absurdo y aberrante. En 1978 yo tuve que presentar el examen de admisión para ingresar a la UNAM; fue la primera ocasión en que se aplicó en el Estadio Azteca. En la televisión lo anunciaba el gran cronista deportivo Ángel Fernández, quien parafraseando su anuncio del futbol decía: “A todos los que quieren y aman la educación, el examen de admisión en el Estado Azteca. ¡Ahí nos vemos!” Ésa es la única ocasión que he pisado ese lugar, y fue una experiencia horrible. Sentado en las gradas frías, bajo el rayo del sol, contestando preguntas espantosas. No se cómo fue que lo pude pasar. ¡Aún no lo entiendo!

El Padre Ubú no hubiera tenido nunca la necesidad de presentar un examen de admisión, pues no estudió y para llegar al poder se valió de la conjura y la violencia, apoyado por el Capitán Bordura, así que no le daría importancia a lo que digo, aunque ya como autócrata, bien pudo imponer esa medida para el ingreso escolar si es que cobrara por ello y eso contribuyera al engrosamiento de sus phinanzas, aunque la educación fuera algo que no le importara para nada, como a muchos gobernantes que fingen al respecto.

En el caso de la UNAM, desde que ingresé como alumno y hasta la fecha el examen de admisión es algo patético. En 1999, poco antes del inicio de la huelga se intentó elaborar un nuevo modelo de examen y se convocó a la formación de una comisión en la que yo participé y en la que también encontré a algunos amigos de otros tiempos, pero desgraciadamente no fructificó, el conflicto estudiantil estalló y luego de largos meses las nuevas autoridades no retomaron el proyecto. Recientemente, mi hijo Andrés fue víctima de ese examen y en su intento por ingresar a la carrera de físico en la Facultad de Ciencias lo reprobó dos veces —a pesar de provenir de una magnífica preparatoria, el Liceo Franco-Mexicano—, aunque finalmente pudo pasarlo a la tercera y comenzar su carrera. Creo que en la actualidad yo también reprobaría ese examen, que está diseñado no para evaluar conocimientos sino para excluir a estudiantes. De ahí que una de las fortalezas de la UNAM sea el pase “automático”, aunque sólo se aplica a los egresados de sus dos sistemas de bachillerato: Colegio de Ciencias y Humanidades y Escuela Nacional Preparatoria, pero regulares y con promedio de nueve o superior.

Cuando se dan los movimientos de rechazados en las universidades siempre los veo con simpatía, pues soy consciente de lo que son esos exámenes. En el México actual, en la mayoría de las ocasiones lo que se busca es recortar la matrícula en las universidades públicas, con la perversa intención de favorecer el tránsito a la educación privada, tal como ha ocurrido en el caso de la UAP, donde en los años ochenta llegamos a tener hasta 120000 alumnos, lo que implica que existía una capacidad instalada para ello, en tanto que en la actualidad la matrícula es inferior, a pesar de que la institución ha crecido; pero eso sí, en Puebla la cantidad de universidades privadas —universidades “pato”— es enorme.

En la UAP de los ochenta el examen de admisión se concibió más bien como un “diagnóstico” que indicara el nivel de conocimientos de los estudiantes y no como una forma de selección, y en lo particular, cuando era director de la Escuela de Biología, antes de que los estudiantes presentaran el examen de admisión se les daba un breve pero riguroso curso propedéutico acerca de la carrera, para que tuvieran claro qué era lo que pretendían estudiar. Ésa fue mi estrategia para regular la matrícula y evitar tener alumnos que carecieran de una idea cierta de lo que querían; luego, el examen de admisión era un mero requisito. En la primera sesión, que la impartía yo, comenzaba a decirles que como biólogos deben saber matemáticas y fisicoquímica, que deben matar animales y manipular sus órganos, hacerles cirugías, ir al campo, a la selva y al desierto, y entonces muchos de inmediato abandonaban el aula, y así se regulaba la matrícula, aunque nuestra segunda generación fue de 240 alumnos, que dividí en dos grupos de 120.

En 1983, cuando ingresé a la maestría en bioquímica en el Cinvestav de ninguna manera se hacía un examen, lo crucial era la entrevista que se tenía con algunos investigadores donde se decidía si uno podía ingresar, y luego cursar un semestre de “prerrequisitos”, con cursos en verdad difíciles. Retomando la frase de Dzib: “La autopsia dirá si vive”; así, por ejemplo, de 16 aspirantes sólo quedamos seis; de ellos, luego de los primeros cursos formales ya de la maestría, quedamos cuatro y de ésos quedamos tres. En el caso de la maestría en neurociencias en esa generación, finalmente sólo quedó un alumno. Para mí eso significa que para garantizar la calidad, los exámenes de admisión no sirven para nada, pero lo importante es la enseñanza rigurosa.

En los exámenes de admisión priva la injusticia, pero además, como todo fenómeno social tienen tras de sí una visión ideológica, una representación social y por tanto un discurso, lo que conlleva a prejuicios, donde hay quienes piensan que los exámenes de admisión garantizan calidad. ¡Nada más falso! Además de que para nada convendría un mundo plagado de neerds, aunque creo que ni ellos pasarían con facilidad. He llegado a escuchar “la indignación”, porque en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (la UACM), que llaman la universidad de López Obrador, pues él en su mandato en el DF impulsó su fundación, no se hace examen de admisión ¡Qué barbaridad!, dicen, ¿cómo es posible que ingresen por sorteo?, eso no implica “calidad”. Pues yo creo que un examen tampoco.

En la gran época de la UAP, durante el rectorado del ingeniero Luis Rivera Terrazas, él utilizaba al respecto de la admisión la expresión: “el criterio del camión”, que implicaba que uno acepta a los que lleguen, hasta que se llenen los lugares, y el examen con él tan sólo era un trámite. Cuando uno dirige una institución educativa, como he tenido la fortuna de hacerlo, debe tener una certeza fundamental: a partir de que estos alumnos están en nuestras manos, nosotros somos responsables de su formación —que no preparación, pues no son guisados— y el resultado que se obtenga está en nuestras manos, pero en consecuencia no se vale excluirlos por eventos que no estuvieron bajo nuestro control, tal como una pésima educación primaria y secundaria que impera en el país y que la aberrante, “noña” reforma educativa no mejorará pues sólo plantea un discurso banal y demagógico. Y no se diga de la mala enseñanza en muchos bachilleratos, llámense preparatorias, colegios, etcétera, donde la mayoría de las reformas que durante años recientes se han instrumentado, sólo pareciera que están orientadas a la mediocridad.

Decía un amigo que cuando hablamos de educación es como si estuviéramos pelando cebollas: entre más le sigamos, ¡vamos a terminar llorando! O como hace años Gilberto Guevara Niebla tituló un gran libro que coordinó: La catástrofe silenciosa. Eso es en verdad la educación mexicana, y los exámenes de admisión y muchos de los sistemas de evaluación que se instrumentan no sirven para nada.

También me aparece la imagen del película The Wall de Pink Floyd, donde los niños son introducidos en un molino para convertirlos en “carne molida” y escucho la música que nos dice: We don’t need no education, We don’t need no thought control. No dark sarcasm in the classroom Teachers leave them kids alone… Eso sería lo mejor para la buena educación.

Si el Padre Ubú leyera esto diría: “Que tonterías”, y consultaría a la Madre Ubú al respecto, quien le recomendaría que a los que les interesa mejorar en verdad la educación, por el bienestar de una nación, que le diga a Bordura que les pongan “palitroques en la onejas y les apliquen las tenazas de descerebración”.

¡Vamos a interrumpir aquí!

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