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Reflexiones sobre la pandemia

· septiembre 18, 2020

 

Ismael Ledesma Mateos

 

La pandemia del COVID-19 es un evento que ha convulsionado a la humanidad, un suceso inesperado que ha trastocado la vida política, económica y académica en todo el mundo. Las pocas veces, que he salido a un lugar público en estos meses –no en más de 15 ocasiones– he podido escuchar comentarios absurdos e irresponsables por parte de gente que no entiende lo que ocurre, como ataques al gobierno mexicano porque, dicen, “no nos dejan trabajar”. Como si se tratara de una decisión arbitraria, donde en nuestro país no se instrumentaron medidas coercitivas, como en otras naciones, tales como el “toque de queda”. Yo le decía a un amigo, pues que salgan todos a las calles, que dejen el confinamiento, para que con ello se puedan crear fuentes de trabajo cuando todos mueran y se les tenga que recoger en camionadas para tirarlos en fosas comunes, como se ve en la magnífica película El año de la peste (1979), dirigida por Felipe Cazals, con un guión de Gabriel García Márquez, Jose Arturo Brennan y José Agustín, basada en la novela de Daniel Defoe, Diario del año de la peste.

La pandemia genera un estado de tensión y hartazgo entre la población, lo cual se mezcla con la ignorancia y la confusión, ¿Qué esperaban que el gobierno hiciera? ¿Permitir una infección masiva? La política del aislamiento, recomendar el lavado de manos y la promoción de la sana distancia, fueron la única solución posible. No existe aún una vacuna probada para impedir la infección, lo cual tampoco es una solución para quienes ya están enfermos. Se requiere un fármaco que no se ha producido, así que es absurdo que haya quienes digan que la situación fue mal manejada. Hay gente mal intencionada que, de manera tendenciosa, hace escándalo con la cifra de muertos, como si no pudieran entender la dimensión del territorio nacional y su densidad poblacional. Claro que aquí habrá más muertos que en Andorra o Luxemburgo. La derecha ataca al subsecretario López-Gatell, hablando de cifras incorrectas, pero los muertos no se pueden ocultar ¿Qué esperaban que hiciera? Hablan como si supieran inventar un fármaco o producir una vacuna.

Se trata de un problema mundial, que nos debe llevar a reflexionar acerca de nuestra fragilidad. Además que en el caso de México nos revela cómo el gobierno de López Obrador recibió un sistema de salud desmantelado, donde incluso por años ya no se han producido vacunas, cuando antes se tenía la capacidad instalada para ello. De joven, yo fui entrenado para hacerlas, pero ya no trabajo en laboratorio, ni lo tengo. Pero la derecha –los que eufemísticamente el Presidente llama conservadores– solo buscan por dónde atacar. Para ellos, entre más muertos mejor, para poder dedicarse a cuestionar todo, ayudados por sus corruptos comentócratas, famélicos del “chayote”.

Se trata de una situación que nos conduce a pensar la relación de la ciencia con la sociedad y la democracia. Ahora en el lenguaje periodístico se habla de “antígenos”, de “anticuerpos”, de vacunas, ligados a un problema que no es solo de salud, no es un asunto médico, en esencia es político. Perder esa dimensión nos lleva a ideas absurdas, sin alcance para entender la realidad.

A este respecto quiero comentar una nota aparecida en The Guardian, escrita por Jonathan Watts en junio de este año, donde se refiere a mi maestro, el filósofo, antropólogo y sociólogo francés Bruno Latour, quien en los primeros días del encierro escribió un ensayo para el periódico cultural online AOC, donde afirma que: “La primera lección que el coronavirus nos ha enseñado es también la más asombrosa: hemos demostrado que es posible, en pocas semanas, parar un sistema económico en todo el mundo…” Ese ensayo, traducido desde entonces a por lo menos 12 idiomas, ha animado a muchos a reimaginar lo diferente que podría ser el mundo si aprendiéramos de esta experiencia. También ha solidificado la reputación del profesor emérito del Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po). El influyente pensador francés, uno de los más influyentes de nuestra época, explica cómo el coronavirus nos da un modelo para la difusión de las ideas.

La pandemia nos ha enclaustrado, nos ha puesto a leer y escribir más, pero también nos permite percatarnos de la fragilidad de nuestra existencia, incluso de la debilidad de la ciencia y de la tecnología. Se le pregunta a Latour ¿Cómo ha reformado la pandemia nuestras sociedades? Él responde: “Algunos dicen que es la venganza de la naturaleza. Eso es una tontería. Cualquiera que haya estudiado la historia de la medicina sabe cómo un virus puede hacer que una sociedad se sienta completamente diferente. Estamos en una gran curva de aprendizaje. Es un experimento enorme. Es una catástrofe global que no ha venido desde afuera como una guerra o un terremoto, sino desde dentro. Los virus están completamente dentro de nosotros. No podemos expulsarlos completamente. Debemos aprender a vivir con ellos.” Y prosigue: “Aunque no fueras una persona espiritual, el encierro obligó a todos a una especie de retiro, un momento de reflexión. Fue bastante extraordinario. Las preguntas eran terapéuticas. Daban a la gente que estaba atrapada en casa una forma de pensar sobre cómo crear un futuro mejor”.

Más adelante Watts le pregunta: ¿Puede una idea convertirse en viral, como una enfermedad? Bruno Latour responde: “El Covid nos ha dado un modelo de contaminación. Ha demostrado lo rápido que algo puede volverse global con sólo ir de una boca a otra. Es una increíble demostración de la teoría de redes. He tratado de persuadir a los sociólogos de esto durante 40 años. Siento haber estado en lo cierto Demuestra que no debemos pensar en lo personal y lo colectivo como dos niveles distintos. Las grandes cuestiones climáticas pueden hacer que los individuos se sientan pequeños e impotentes. Pero el virus nos da una lección. Si te propagas de una boca a otra, puedes viralizar el mundo muy rápido. Ese conocimiento puede devolvernos el poder.” Y continúa: “La pandemia ha reabierto el debate sobre lo que es necesario y lo que es posible. Nos ha puesto en una posición en la que podemos decidir lo que es útil y lo que no. Esa elección no estaba antes. Todo parecía inexorable, como un tsunami. Ahora nos damos cuenta de que no lo era. Podemos ver que las cosas son reversibles. Podemos ver qué trabajos son necesarios y cuáles son basura. No sé cuánto tiempo durará esto. Podríamos olvidarnos de todo en tres meses. Eso depende de lo duro que se vuelva la crisis económica. Estoy abrumado por el tamaño del problema económico, por lo que oigo de mis estudiantes.”

Watts dice: Para volver a plantearte tu propia pregunta, ¿qué cambiarías?

Latour responde: “Lo que necesitamos no es sólo modificar el sistema de producción, sino salir de él por completo. Debemos recordar que esta idea de enmarcar todo en términos de la economía es algo nuevo en la historia de la humanidad. La pandemia nos ha mostrado que la economía es una forma muy estrecha y limitada de organizar la vida y decidir quién es importante y quién no. Si pudiera cambiar una cosa, sería salir del sistema de producción y en su lugar construir una ecología política”.

El Padre Ubú tendría miedo, no sabría qué hacer si tuviera una enfermedad así. Además, no tenía conocimiento de los virus, como muchos aún en la actualidad. En su reino no había vacunas ni instituciones científicas. De infectarse él, la Madre Ubú y toda su corte hubieran muerto, lo que en última instancia hubiera sido benéfico para su miserable y explotado pueblo. Aunque a diferencia de ello, aquí sí tenemos gobierno, que se preocupa por el beneficio de todos, además de poderosas instituciones científicas y una cancillería que, lejos de ocuparse solo de las relaciones internacionales, busca abastecernos de insumos médicos y traer al país una vacuna –ahora falta conseguir un fármaco.

 

¡Vamos a interrumpir aquí!

 

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