Ismael Ledesma Mateos
Eran cerca de las 7:20 de la mañana… Yo dormía, eran tiempos en que realizaba mi tesis de maestría y compartía con un amigo y colega un departamento en Sadi Carnot 32, en la colonia San Rafael de la Ciudad de México. Su grito me despertó aterrado: jamás hubiera imaginado una sensación así. Traté de abrir la puerta de mi cuarto, pero se alejó de mi mano, como si se moviera por sí sola. Uno de mis libreros comenzó a moverse y los libros a caer; uno de ellos llegó hasta la pared de enfrente. Vi cómo un ventanal se había hecho polvo desde el patio; se veían enormes columnas de humo en el cielo. La gente del edificio gritaba que no se encendieran cigarrillos ni estufas pues se habían reventado tanques de gas estacionario…
Así viví uno de los más impactantes momentos de mi vida: el terremoto del 19 de septiembre de 1985.
Salí a la calle y la escena era aún más impresionante: a la vuelta de la esquina un edificio estaba totalmente destruido, era prácticamente un montón de arena con pedazos de construcción. La colonia fue una de las más devastadas. Escuchando la radio mi amigo y yo nos percatamos de la magnitud del terremoto y que había impactado gravemente la zona del centro, entre muchas otras.
Yo debía terminar el aislamiento de una enzima que estaba tratando de purificar; había dejado una columna de cromatografía trabajando toda la noche en el cuarto frío del Departamento de Bioquímica del CINVESTAV, en Zacatenco; era necesario que me fuera para allá, aunque el transporte público estaba paralizado.
Por fin, en Insurgentes pude tomar un autobús que estaba lleno a reventar; prácticamente me fui colgado, pero era importante que llegara. Había que cruzar el puente de Nonoalco, pero se había cuarteado por el sismo. Sin embargo, el conductor aceleró y consiguió pasar y llegar hasta Indios Verdes. De ahí me fui caminando… Subí corriendo las escaleras… Para mi sorpresa, la columna de vidrio estaba ahí, intacta, goteando la solución de la que saldría la enzima. Sorprendente: una frágil columna de vidrio había resistido el sacudimiento mientras cientos de edificios y construcciones de concreto no. La enzima decantada, aislada y miles de personas sepultadas, polvorientas, irreconocibles, hechas pedazos.
En el CINVESTAV la tensión de todo el personal era inusitada. En los pasillos todo mundo hablaba del horror que la ciudad vivía. Las noticias eran aterradoras, la confusión abrumaba, se saturaban las líneas telefónicas… Voces y rumores, pero todo incomunicado. El edificio en Pino Suárez donde se encontraba una subsecretaría de la Secretaría de Educación Pública se había caído y el Dr. Manuel Ortega, que era el subsecretario, se fue al CINVESTAV, del cual había sido director. Se planeó hacer un campamento para damnificados, que finalmente no se realizó por la mezquindad de la gente que quiso sacar algún provecho político.
En los derrumbes la rapiña se hizo presente; también, mucho más, la solidaridad de la gente, de los “defeños” que salieron a buscar a los suyos, a los otros, a los que acababan de salir al trabajo, a comprar el pan para el desayuno, a abrir el coche en el estacionamiento… Los miserables, los de poca humanidad también salieron: a hurtar las joyas, dinero y documentos de las víctimas. Cuentan que en algunos lugares se depositaban en cubetas que llegaban hasta el Campo Militar número 1 y cuando la Secretaría de la Defensa llamó para su devolución, lo que se entregaba eran bolsas con joyería de fantasía. Los vándalos también robaron lo que el pueblo y el mundo donaba para los “damnificados”, la nueva clase social de la Ciudad de México. Supe de alguna mujer muy rica, voluntaria de la Cruz Roja, que “separaba” algunos productos procedentes de donaciones del extranjero, porque la “gente no los valoraría”: conservas, mantequilla, ropa de invierno, que luego pasarían a las alacenas de su cocina y su armario.
A las 07:17:45 ocurrió el sismo que tuvo una intensidad máxima de 6 a 8 grados en la escala de Mercalli, que se percibió en la capital a las 07h19 A.M., donde tuvo una intensidad de 9 y 10 grados, el más impactante y mortífero que ha sacudido el Distrito Federal, oscilatorio y trepidatorio.
La cantidad de muertos continúa siendo indeterminada. El entonces regente, Ramón Aguirre, anunció la cifra de 2500; años después, en 2010, el Cenapred señaló 6000, en tanto que la Cruz Roja Mexicana afirmó que fueron 15000. El estadio de beisbol del Seguro Social se usó para acomodar y reconocer cadáveres, que se preservaron con hielo.
Se dice que unas 4000 personas fueron rescatadas con vida. Tlatelolco, otrora símbolo de la modernidad de la ciudad, fue una de las zonas más dañadas: el edificio Nuevo León quedó totalmente destruido; uno de sus dos módulos quedó deshecho, como si fuera un pastel. Ahí murió Rodrigo González, el cronista cantor de urbanhistorias finalmente quedó por siempre atrapado en las entrañas de piedra de la ciudad; el rock rupestre aún lo echa de menos.
Vecindades en la colonia Guerrero se desplomaron, con decenas de familias aplastadas; en un Conalep de la calle de Humboldt murieron cientos de estudiantes y profesores; el Hotel Regis ardió en llamas, murieron huéspedes y trabajadores. El edificio Superleche, en el eje central Lázaro Cárdenas, se hundió en la tierra con desayunos servidos y meseras. La Procuraduría General de Justicia del DF quedó destruida con sus peritos y agentes del Ministerio Público, policías judiciales y detenidos. El Hospital General fue severamente dañado y se derrumbaron varios de sus pabellones, entre ellos el de neonatos. El recuento de los daños sería interminable, apabullante, tristísimo, tanto como el gris gobierno que, ante su propia incapacidad, trató de minimizar la desgracia.
El terremoto fue un evento natural, un fenómeno geofísico; al mismo tiempo se convirtió en un acontecimiento político trascendental. Ahí el gobierno de Miguel de la Madrid demostró su incompetencia y la casi nula seguridad social. El régimen heredero del autoritarismo priista fue incapaz de responder eficazmente a una situación inesperada, y la población organizada prácticamente tomó el control, comenzando a gestar las condiciones para un cambio democrático en la ciudad, cuyo germen se dio ahí, en esa triste y espeluznante realidad.
Aún ahora la imagen de Miguel de la Madrid recorriendo las zonas de desastre me causa náuseas: la encarnación de la mediocridad y la incapacidad política.
La manera en que la sociedad civil rebasó a un Estado anquilosado contribuyó a la concientización de amplios sectores de la población y llevó al surgimiento de liderazgos con una orientación popular vinculados a una izquierda que emergería paulatinamente de forma espontánea e inconsciente.
El hecho de que años después esa izquierda tomara el control del gobierno de la ciudad, bien puede considerarse como una consecuencia del cambio de una sociedad que comprobando la ineptitud gubernamental fue capaz de levantarse ante la adversidad y la desgracia. Lamentablemente, esos logros al parecer están en riesgo de perderse, y parte de ello tiene que ver con la pérdida de la memoria histórica, pues a 30 años de ocurridos los hechos, muchos los han olvidado y los que no habían nacido los ignoran. Sin duda se trata de un acontecimiento que contribuyó a sembrar el germen de la democratización del gobierno de la Ciudad de México, que tendrá que dejar de ser Distrito Federal para convertirse en el “estado 32” de la República.
Los muertos fueron acarreados por camiones del ejército y miles de medicamentos fueron apilados en un punto de acopio bajo el Monumento a la Revolución. Ante mi torpeza para el rescate de cadáveres, ahí me ocupé de clasificar fármacos después de la segunda réplica ocurrida el día 20 de septiembre por la noche. Ese nuevo temblor me tomó por sorpresa en el laboratorio del CINVESTAV, donde esperaba a una bella mujer que, posteriormente, fue mi novia por poco tiempo.
En el terreno de lo subjetivo el Terremoto del 85 representa la conjunción de facetas cruciales de mi vida, donde el miedo, el terror, el amor y la voluntad de valentía se conjugaron.
Al día siguiente quedé de ver a esa bella mujer en la Plaza Comercial Galerías. Me senté a esperarla en los escalones de la entrada, mientras veía las columnas de humo que continuaban en el cielo y escuchando las sirenas que aún sonaban ese sábado al mediodía. Lo que pasó por mi mente era una idea simple, pero estremecedora: “¡Estás vivo! ¡Pendejo, aún estás vivo!” Esa mujer tocaba el claxon de su automóvil desde hacía mucho rato. Yo no la escuchaba, fueron cerca de veinte minutos en los que me encontraba absorto ante la evidencia de haber sobrevivido.









No Comments