Ismael Ledesma Mateos
En 1844 el filósofo danés Sören Kierkegaard escribió su trabajo Begrebet Angest, en castellano algo así como El concepto de la angustia, donde trata de ésta como “un miedo poco definido”. Utiliza ahí el ejemplo de un hombre que está al borde de un precipicio y cuando lo mira, experimenta un claro miedo a caer, aunque paradójicamente también siente un enorme impulso a tirarse a ese vacío, lo cual es aterrorizante. De ahí concluye que esa angustia implica el temor a nuestra completa libertad de elegir entre arrojarnos o no al precipicio, a ese hecho que conlleva la más terrorífica de las posibilidades de elección y que va aunado a enormes temores. Lo llamó “mareo de la libertad”. En el siglo XX esta problemática fue retomada por Jean-Paul Sartre, quien en su obra El existencialismo es un humanismo sostiene que las coordenadas definitorias de la existencia humana son “la angustia, la desesperación y el desamparo”. Yo estoy convencido de ello, y eso ha definido mi vida, desde la juventud.
El Padre Ubú sentía con seguridad miedo, pero no con la intensidad de la angustia, hasta el momento del desenlace final de la “historia”, cuando llega al límite de perder el poder que usurpó. Los déspotas, los prepotentes, los autoritarios tienden a menospreciar el miedo y la angustia, a diferencia de los grandes conquistadores. Julio César —a quien recuerdo siempre cuando se aproximan los idus de marzo— o Napoleón Bonaparte tuvieron valor y arrojo, pero por supuesto miedo, como cualquier político razonable. La angustia atormenta, te puede impedir dormir, pero también es un motor y un impulso a sacar las cosas adelante y para la creatividad.
Un psiquiatra podría prescribir ansiolíticos a quien está angustiado, pero debería saber que no debe hacerlo pues la angustia no es una enfermedad, es algo consustancial a la existencia humana; duele, pero otras cosas importantes para la vida también, incluso el amor, que llega el momento en que duele y puede doler mucho. Convivir con la angustia es algo crucial para salir adelante en un proyecto, sea personal, profesional o institucional. ¿Quién no ha tenido angustia al pensar que la mujer —o el hombre— que le gusta le puede decir ¡No!? Y no se diga de procesos electorales, licitaciones o cosas así.
En la socioantropología de la vida académica y universitaria hay una angustia particular, que en lo personal en estos días estoy sufriendo: la renovación de la permanencia en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), que nos tiene aterrados a mí y a muchos de mis colegas. A su evaluación debemos someternos cada ciertos años, dependiendo de la categoría que se tenga, pues hay “candidatos a investigador nacional”, e “investigadores nacionales” de algún nivel y eméritos. Es un “sistema de estímulos y recompensas” insaturado en México durante el sexenio de Miguel de la Madrid, con la intención de frenar la migración de científicos mexicanos al extranjero (la llamada “fuga de cerebros”) ante los bajos salarios que se daban en la época. Así, el SNI se convirtió en una alternativa de mejoría en el ingreso, que en los hechos soló es eso, y no una contribución al desarrollo científico y tecnológico de la nación.
Luego la UNAM y otras universidades instauraron otros sistemas similares para complementar el ingreso de sus investigadores y proporcionarles un salario digno, como las Primas al Desempeño Académico (PRIDE) de la UNAM, pero al momento de las evaluaciones eso genera una angustia, que es realmente agobiante. ¿Cuántos libros publicaste?, ¿cuántos capítulos de libros?, ¿cuántos artículos en revistas internacionales arbitradas?, ¿cuántas tesis de licenciatura, maestría o doctorado dirigiste? ¿A cuántos congresos nacionales e internacionales asististe, en cuáles fuiste ponente?, ¿cuántas citas a tus trabajos tienes?… Y muchas cosas más.
Eso antes se entregaba físicamente, como los libros o los artículos, pero ahora el SNI cambió su reglamento y ¡todo debe ser escaneado en pdf!
Y la angustia posee varias aristas, pues estar fuera del SNI tiene otras implicaciones, no sólo la pérdida del estímulo económico, sino para otros trámites, tanto en el Conacyt o en las universidades, donde aparece una casilla en los formatos, en la que se pregunta: “¿Es miembro del SNI o no? En caso de serlo, ¿cuál es su nivel?” Si la respuesta es negativa, el solicitante de un apoyo para sus investigaciones se encuentra en una grave desventaja.
Dejar de ser miembro de ese sistema es como convertirse en un discapacitado, en alguien sujeto a discriminación. Y eso es realmente angustiante. En nuestras instituciones de educación superior e investigación científica, nadie piensa en jubilarse, pues perdería el SIN, y en el caso de la UNAM el PRIDE y el monto de la jubilación que da el ISSSTE es realmente misérrimo, tanto que no permite sostener el nivel de vida de alguien que tuvo una alta categoría. Es por ello que vemos a investigadores, cercanos a los 90 o 100 años, que continúan trabajando, lo cual creo que en el fondo es bueno para las instituciones.
Este fenómeno de sociología de la ciencia no es exclusivo de México. Se da a nivel mundial, donde por ejemplo en Argentina están los investigadores del Conicet o en España el CSIC, y así muchos más en otros países. De hecho la situación fue objeto de estudio del gran sociólogo R. K. Merton, que hace años postuló el “Efecto de San Mateo” o “Efecto Mateo”, en el que basándose en un evangelio dice: “Al que más tiene, todo se la dará y en demasía; y al que menos tiene todo se le negara e incluso se le quitará lo poco que tenga.” Y eso ocurre efectivamente en la ciencia, y los sistemas de estímulos y recompensas se basan en esa desigualdad. Al científico que tiene más se le da y al joven que comienza, conseguir lo mínimo es altamente difícil.
¿Quién va a querer trabajar con un recién doctorado llegado de Londres, nivel I del SIN, en vez de con un viejo investigador nivel III o emérito, que hasta beca le puede ofrecer? Afortunadamente hay quienes sí se atreven, pero eso no es fácil. Y sin tesistas no hay producción, y sin ello no hay publicaciones, y en consecuencia no se puede ascender en el sistema, y eso se convierte en un círculo vicioso. Eso es lo que, ligado a la socioantropología, se llama “economía política de la ciencia”, una dimensión que muchos pierden de vista.
Por otra parte, la evaluación es angustiante a muchos otros niveles. Ya vivimos los graves conflictos que se dieron recientemente en el país al respecto de la “evaluación” del profesorado de educación básica y media de la SEP, que en mucho creo que son justificables, pues pienso que por desgracia en esa dependencia no tienen idea de lo que implica una evaluación seria, cosa que no creo que puedan hacer. También resulta angustiante la evaluación cotidiana que realizamos a los estudiantes de todo lo niveles educativos. Sin duda alguna, las evaluaciones son una pesadilla en todos los niveles educativos, desde el preescolar hasta un posdoctorado. Es algo que de ninguna manera representa algo placentero, por muy bravos, violentos o seguros de nosotros mismos que seamos.
He visto exámenes profesionales de estudiantes brillantes, que se comportan como conejos asustados en ese momento. El escenario es siempre tensionante.
Quienes nos hemos dedicado a la vida académica o hemos sufrido desde la infancia y hasta la actualidad, cuando somos víctimas de las evaluaciones del SNI, del PRIDE, los informes anuales, así como de los libros y artículos que publicamos, no podemos librarnos de la angustia, como elemento esencial de nuestras vidas, donde junto a ella también conviven la incertidumbre y las preguntas. Pero, finalmente, eso es un motor de nuestras vidas.
Lo más gracioso y paradójico es que soy evaluador acreditado en el Conacyt y he realizado varias evaluaciones de planes de estudios para el IPN y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, sobre todo de posgrados, así como de proyectos de investigación del mismo Conacyt, aunque procuro hacerlo sin llegar a matar de angustia a los participantes, de manera respetuosa y no invasiva, como nos sentimos quienes somos evaluados por el SNI y que requerimos ese ingreso para complementar nuestros gastos.
La angustia es un elemento determinante para el pensamiento existencialista y Jean-Paul Sartre alude a la “angustia de Abraham”, cuando tiene que asesinar a su hijo para complacer a Dios. Es un momento de tensión impactante, pero también es patético que el Conacyt y el SNI te puedan decapitar aquí, como en cada renovación, haciéndote sentir inerme ante los poderes externos y llenos de desesperación y desamparo. ¡Mientras, yo debo seguir con el llenado de mi informe!
El Rey Ubú pudo disfrutar de su espacio de tranquilidad, pues entre menos capacidad analítica se tenga, menos angustia se tendrá, pero no todos somos así. Para él la única angustia es que no se pagaran los nuevos impuestos que imponía, pues era “el señor de las phinanzas”.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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