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01 2 de Octubre.
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2 de octubre de1968: genocidio, desencanto y esperanza

· octubre 5, 2018

Ismael Ledesma Mateos

“¡Dos de octubre, no se olvida!” es una consigna que ha resonado en México desde hace 50 años. Se trata de un acontecimiento que marcó la vida de una gran cantidad de mexicanos.

Esto afectó a quienes lo vivieron en carne propia, tanto estudiantes como profesores, trabajadores y muchos sectores del pueblo en general, pero también a niños y adolescentes que en esa época comenzaban a tener conciencia de ese mundo convulsionado, desigual e injusto, que se mostró en toda su vileza en la represión a los universitarios en el mayo francés, en Berkeley, California, en la represión al movimiento consecutivo a la primavera de Praga en Checoslovaquia, con tanques en muchas calles del mundo y en México, intimidando y preparando lo que culminó en la masacre de Tlatelolco.

Yo lo sentí a los ocho años y fue algo que marcó mi vida y cuyo recuerdo tengo hasta la fecha. Estaba en Puebla, pero pronto supe de lo ocurrido —de lo que escribí en otro Ubú (julio 20 de 2018)—. Según se narra, fue cerca de las 5:55 de la tarde cuando dos bengalas rojas fueron disparadas desde la torre de Tlatelolco. A las 6:10 p.m., sobrevoló la plaza un helicóptero del cual dispararon bengalas, la primera verde y la segunda roja, presumiblemente como señal para que los francotiradores del Batallón Olimpia —apostados en los edificios 2 de Abril, 15 de Septiembre,  ISSSTE 11, Revolución de 1910 y la iglesia de Santiago, así como varios miembros del Batallón Olimpia parapetados en los departamentos del Chihuahua y en el corredor del tercer piso— abrieran fuego en contra de los manifestantes y militares que resguardaban el lugar, para hacerles creer a estos últimos que los estudiantes eran los agresores. Los militares, en su intento de defenderse, repelieron la “agresión”, pero ante la confusión los disparos no fueron dirigidos contra los supuestos agresores sino hacia la multitud de manifestantes que se encontraban en la Plaza de Tlatelolco.

Mucho se ha escrito al respecto del 2 de octubre, que sin duda alguna fue un motor trascendental en la transformación democrática del país. La información es extensa y puede ser consultada con facilidad; existen libros con aportaciones muy valiosas y podría citar fragmentos de importantes textos, pero creo que es mejor dar paso a otras reflexiones, pensar en lo que pasó después, a partir de la mañana siguiente, luego de esa tarde y esa noche eterna que nos dejó un impacto desgarrador. El Consejo Nacional de Huelga (CNH) fue desmantelado, sus dirigentes apresados, así como intelectuales que los apoyaron, como Heberto Castillo, fueron también encarcelados. Pero luego, ¿qué ocurrió?

En 1971 una represión a la primera movilización estudiantil luego del 68, ya en el sexenio de Luis Echeverría, algo también brutal, a cargo de un grupo paramilitar denominado de “Los Halcones”. Luego vino la guerrilla urbana y en el campo y la llamada “guerra sucia”, con una enorme cantidad de muertos y desaparecidos, pero soterradamente, en la sombra, en lo que retomando el término de Sartre —para la resistencia contra la ocupación nazi en Francia— fue otra “República del silencio y de la noche”. El Partido Comunista Mexicano se mantuvo existiendo en la clandestinidad y años después, en el sexenio de José López Portillo, con Jesús Reyes Heroles como secretario de Gobernación, obtuvo su registro como partido político legal, con reconocimiento del Estado. Pero, ¿que pasó con la juventud, con los estudiantes, con todos aquellos que mantenían ideas revolucionarias?

Después del genocidio y la represión vino un enorme desencanto, con apatía, con un sentimiento de vacío, de inutilidad y vacuidad. La magnífica novela de Gonzalo Martré, Los símbolos transparentes, da perfectamente cuenta de ello en la parte final, donde aborda lo que pasó años después. En lo casi inmediato y mucho más tarde, muchos militantes de izquierda renegaron de sus convicciones, se convirtieron en funcionarios al servicio de gobiernos autoritarios y represores, algunos llegaron a ocupar altos cargos y se han convertido en feroces anticomunistas, partidarios del neoliberalismo y de la “economía de mercado”, enemigos del cambio y la transformación. Cuando ese anticomunismo, que era obsesivo en la mente obtusa de Díaz Ordaz, fue el verdadero motor del genocidio del 2 de octubre y de la represión contrarrevolucionaria que se dio en años posteriores y que era la manera operativa de preservar el orden capitalista.

El primero de mayo de 2008 el diario El País publicó un texto de Slavoj Žižek titulado “Mayo del 68, visto con los ojos de hoy”, donde sostiene: “Lo utópico es pensar que el actual sistema capitalista puede reproducirse de forma indefinida. La catástrofe se avecina. De ahí la actualidad de la consigna de Mayo del 68: ‘Seamos realistas, pidamos lo imposible’.” Prosigue el filósofo: “Uno de los graffitis que aparecieron en los muros de París en Mayo del 68 decía: ‘¡Las estructuras no andan por la calle!’ Pero la respuesta de Jacques Lacan fue que eso era precisamente lo que había ocurrido en 1968: las estructuras salieron a la calle. Los sucesos más visibles y explosivos fueron la consecuencia de un desequilibrio estructural, el paso de una forma de dominación a otra, en términos de Lacan, del discurso del amo al discurso de la universidad.”

En efecto, la reacción ante la represión en muchos casos fue la sumisión, la falta de valor para confrontar el orden establecido. Por eso el filósofo esloveno nos dice que recordemos el reto de Lacan a los estudiantes que se manifestaban: ‘Como revolucionarios, sois unos histéricos en busca de un nuevo amo. Y lo tendréis.’ Y lo tuvimos, disfrazado del amo ‘permisivo’ posmoderno cuyo dominio es aún mayor porque es menos visible. Aunque no hay duda de que esa transición fue acompañada de muchos cambios positivos (baste mencionar las nuevas libertades y el acceso a puestos de poder para las mujeres), no hay más remedio que insistir en la pregunta crucial: ¿tal vez fue ese paso de un ‘espíritu del capitalismo’ a otro lo único que realmente sucedió en el 68, y todo el ebrio entusiasmo de la libertad no fue más que un modo de sustituir una forma de dominación por otra?”

En México el 68 y su aterrador desenlace el 2 de octubre fueron la conclusión de una utopía que marcó un parteaguas en la forma de ver el mundo por parte de la juventud. Las viejas estructuras habían dado de sí; anquilosadas, entraron en contradicción con un mundo trastocado por la guerra fría, dándose las protestas libertarias y democráticas, tanto en el mundo capitalista occidental como en el mundo del socialismo realmente existente, marcando la crisis de las visiones ideológicas dominantes. No obstante, la reacción ante la represión fue en amplios sectores el desencanto y en otros la continuación de la utopía y la esperanza. Ese choque cultural e ideológico condujo al advenimiento de la posmodernidad, que fue en la realidad la “no modernidad”, puesto que “jamás fuimos modernos” (título de un libro de Bruno Latour), pues la barbarie siempre coexistió con la civilización.

Después de la represión a los movimientos estudiantiles y populares de 1968, como dice la canción de Joaquín Sabina: “No habrá revolución, es el fin de la utopía / Que viva la bisutería / Y uno no sabe si reír o si llorar / Viendo a Trotsky en Wall Street fumar la pipa de la paz… No habrá revolución, se acabó la guerra fría / se suicidó la ideología / Y uno no sabe si reír o si llorar…”

La brutal represión generó un escenario dual, el de la resistencia y el mantenimiento de la utopía que encarnaba la aspiración moderna como actuaron los jóvenes del 68 en muchos lugares del mundo, pero lo que más me interesa, en México, y el desencanto, el sentimiento de vacuidad y de sinsentido, que condujo a la posmodernidad, como el abandono de valores y razones por que luchar, donde el hombre es asfixiado por la “insoportable levedad del ser” (Milan Kundera), por el sinsentido de la vida. Por ello, lo que he citado de Žižek, resulta por demás pertinente.

Ubú Rey, el Padre Ubú, es la representación teatral del autoritarismo, la maldad irreflexiva, la codicia y la avaricia. En la época en la que fue creado como personaje, las formas de perversión política eran menos sutiles que en el siglo XX y en la de década de los sesenta de México, por lo que tal vez la maldad y perversión de Díaz Ordaz hubiera aterrorizado al Rey Ubú, a la Madre Ubú y al Capitán Bordura, pues fue algo en verdad atroz, carente de racionalidad y una encarnación de la ideología que domina los peores gobiernos.

A 50 años de la Matanza de Tlatelolco es pertinente reflexionar acerca de los movimientos estudiantiles que perduraron, de cómo la Universidad Autónoma de Puebla fue controlada por el Partido Comunista Mexicano, que impulsó el modelo de Universidad Crítica, Democrática y Popular, en el cual me formé, con la más alta calidad académica de esos años, pero también se abrió una época de desencanto y melancolía de quienes no pueden asimilar la complejidad y las vicisitudes de la historia, que han dejado la voluntad de lucha o han abrazado el oportunismo. Por eso, a 50 años de esa salvaje y criminal matanza de jóvenes, ideales e ilusiones, realizada por un Estado abyecto, debemos recordarla e inspirarnos en ella. Y aunque el genocidio en muchos casos llevó al desencanto, no debemos ser atrapados en esa falsa dicotomía. Por tanto, ¡el dos de octubre no se olvida y no debe olvidarse!

¡Vamos a interrumpir aquí!

[email protected]

 

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