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1985-2017: ¡Terremoto!

· septiembre 29, 2017

Ismael Ledesma Mateos

 

1985.

Estaba en mi departamento en Sadi Carnot, aún durmiendo, cuando Octavio, el compañero que vivía también ahí me gritó desde su cuarto: “¡Está temblando!” Al levantarme traté de abrir la puerta y no pude hacerlo: la perilla se movió y también el marco de la puerta; era una sensación impactante. No podía salir y en ese momento un librero que tenía juego, es decir movilidad, comenzó a lanzar libros de una pared a otra. Tengo aún mi ejemplar del texto de Ecología de Krebs, todo dañado por el golpe producto del lanzamiento del librero. Ése y otros más. Tenía un vidrio grande de una ventana rota, con el que quería hacer una especie de peceras para cromatografía (para separar moléculas) y se hizo añicos. Fue un terremoto espeluznante, sólo se olía a muerte.

2017.

Debía de ir a impartir mis cursos en la UNAM, pero surgió un problema: tenía que darle mi automóvil a mi pareja para ir al velorio de su abuelo. Cuando le entregaría la llave del vehículo comenzó a temblar. Algo horrible, un verdadero terremoto precisamente el mismo 19 de septiembre, ¡32 años después! Fue realmente atroz, pensaba que los edificios caerían. Mi miedo fue mayor que en 1985, aunque las secuelas no fueron tan graves y para mí el anterior sigue siendo un referente muy importante. Por uno de mis libros de primaria supe del sismo de 1957. En 1973 tuve conocimiento del sismo que asoló Ciudad Serdán en Puebla, cuando tenía 13 años, pero el terremoto de 1985 fue patético. La imagen posterior al acontecimiento era la de una ciudad derruida, como si hubiera sido bombardeada, y las columnas de humo subían en toda la ciudad. El sábado siguiente a la réplica, yo veía ese panorama desolador y me decía: “Estás vivo, estás vivo”, mientras la mujer —que me había ligado el día anterior— me esperaba y tocaba el claxon de su auto, sin que yo me percatara de su presencia.

Creo que en el Reino de Ubú no tiembla, así que pienso que eso no le produce emoción alguna, pues de todos modos no conoce qué significa eso. Si hubiera sabido que los terremotos existen hubiera aumentado los impuestos para hacerse de un búnker antisísmico, y estar a salvo gracias al erario y a las phinanzas que provienen de su pueblo oprimido. El Padre Ubú no sabe que pueden “retemblar en sus centros la tierra”, como dice nuestro himno nacional. Ni tendría la sensibilidad acerca del daño psicológico y emocional que un terremoto puede producir.

A las once de la mañana del 19 de septiembre de este 2017 me enojó el simulacro de un sismo. Pensé: pareciera que están invocando un verdadero terremoto, ¡lo que ocurrió poco más de dos horas después, a las 13:14 horas! En un libro de primaria supe del impacto de un terremoto, en el relato del de 1957, cuando cayó la “Victoria alada”, mal llamada “ángel” de la Columna de la Independencia y desde ahí tuve terror de ser víctima de un fenómeno así, del cual supe en 1973, pero que me impactó de manera irreversible en 1985, cuando sufrí todos los miedos, todos los dolores, todas las pasiones, el pavor, el terror y el amor. Si moría de miedo cuando el terremoto de 85 se detuvo, fue más patético ver a la vuelta de mi departamento un edificio derruido, hecho arena, donde vivía una chava que había conocido el sábado anterior y que ahí murió. Y como en la réplica del viernes a las siete de la noche tuve que reparar las fugas de gas de un cuarto de cultivo del departamento de bioquímica del Cinvestav, ante la inutilidad del investigador que era su responsable, con la ayuda de una bella mujer que era su alumna.

Y sí, el doctor, el investigador, un ser inmundo, no era capaz de hacer nada, en tanto yo conseguí evitar la fuga de gases por demás peligrosos. Y luego nos pidió que lo lleváramos a su automóvil al estacionamiento más lejano. Y ella y yo regresamos al estacionamiento principal, enfrente del departamento de bioquímica y ante una luna maravillosa, enorme, que da cuenta de la verdadera concreción del poder de las fuerzas de la naturaleza, la abracé y la besé, con toda la pasión que puede producir la adrenalina descargada en una crisis como ésa. La ciudad estaba oscura y luego de dejarla en su casa en Polanco, caminé hasta la colonia San Rafael, viendo a la gente caminar con colchones, sillas, muebles y otras pertenencias, en un escenario impactante, efectivamente como si escaparan de una ciudad destruida por la guerra.

Jamás pensé que 32 años después viviera otro escenario aterrador, aunque distinto. El sismo del 19 de septiembre de 2017 me dio mucho miedo. Es la palabra correcta. El de 1985 me dio terror y dejó secuelas que aún perduran en mi mente, fue una mezcla de emociones y pasiones que dejaron una huella indeleble en mi vida. Nunca pensé que en este septiembre, el mismo día se repitiera una experiencia tan patética. Y además con fenómenos mediáticos aberrantes, como el caso de la niña llamada “Frida Sofía”, un invento de Televisa que nos muestra la llamada “caja china” de la película de Luis Estrada, La dictadura perfecta, donde se realiza un montaje televisivo para distraer la atención de la población, que sin duda representa un inmundo engaño.

El sismo de este 19 de septiembre fue sorpresivo y por demás impactante, aún tengo náuseas de ello. ¿Pero que es la Náusea? Aquí me refiero al título de la novela de Jean-Paul Sartre que la define en el más puro sentido ontológico del término como “la captación del en sí en su indiferenciación, en su estar de más”, es decir, pensando en que el hombre es un ser para sí, el ser en sí implica la materialidad, lo que no podemos controlar con nuestra voluntad y como el hombre quisiera ser un ser en sí-para sí, lo cual no es posible, el hombre es una pasión inútil, lo que conlleva a la náusea. Por eso, cuando en la playa un niño le pone al personaje de la novela Antoine Roquetín un guijarro, siente en ese momento esa inmunda y repugnante “náusea dulzona”, que pasa del guijarro a su mano. Es la concreción de nuestra futilidad en el mundo, y un terremoto nos lleva también a sentir eso. No somos nada y no podemos hacer nada. Somos unas briznas miserables, en un mundo que en los hechos no podemos controlar.

México es un país sísmico, a diferencia de muchas regiones de Europa, donde estos fenómenos telúricos no son frecuentes. Es sorprendente que en España el tema de los terremotos históricos sea un asunto inédito para muchas disciplinas. “Tanto la Geografía como la Historia y tanto la Sociología como la Literatura ignoran en general la existencia del fenómeno sísmico; parecería que a lo largo de los siglos no hubieran ocurrido —de forma muy espaciada, afortunadamente— catástrofes sísmicas que asolaron algunas comarcas y pueblos del viejo solar hispano”, aunque el 21 de marzo de 1829, tal como se publicó en La Gaceta, El Mercurio, el Diario de Avisos, El Correo Literario y Mercantil, en ese día de comienzo de la primavera, la ciudad se conmovió con un temblor de tierra. “Hubo sustos, pero no hubo desgracias”.

“Pero lejos de Madrid había sucedido una catástrofe. En unos segundos, un fortísimo terremoto asoló las localidades de Torrevieja, Guardamar del Segura, Almoradí, Rojales, Benejúzar, Benijófar, Bigastro, Formentera, Dolores, Rafal, San Fulgencio y algunas otras, produciendo numerosos muertos y heridos (389 muertos y 375 heridos en la primera evaluación; es fácil sospechar que las cifras aumentasen con el transcurso de los días). Orihuela y, más alejadas, también percibieron espantosas sacudidas, con graves desperfectos en sus catedrales”. Así es, también en Europa tiembla, aunque muchos no lo crean.

Al Rey Ubú los terremotos no le importarían mientras no dañen sus phinanzas, pero un buen gobernante, cosa que él no es, no estaría robando despensas y víveres donados para presentarlos como una dádiva de su gobierno, tal como está ocurriendo en Morelos, o tal vez también haga el gobierno federal mexicano. La abyección gubernamental y su parálisis ante esta catástrofe son inadmisibles y repugnantes.

Realmente los sismos ¡me dan pavor! Cuando en el año 2000 llegué a vivir a París y finalmente encontré una vivienda, un sábado, por el rumbo del metro Gambetta, al este de la ciudad, me recosté en mi cama y lo primero que me vino a la mente fue: “Aquí no tiembla”. Los días anteriores había tenido muchas pesadillas —algo a lo que soy muy propenso— y esa noche en sueños me vino a la mente que muy cerca estaba el cementerio de Père-Lachaise, donde se encuentran sepultados Edith Piaff, Jim Morrison, Oscar Wilde, entre otros y me dije: ¡Creo que aquí puedes vivir en paz!

¡Vamos a interrumpir aquí!

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