Ismael Ledesma Mateos
El 22 de agosto del presente año se presentó la quinta edición del libro Los símbolos transparentes de Gonzalo Martré, publicado por primera vez en 1978 y que ha transitado por varias editoriales, hasta esta edición especial para el 50 aniversario del 68 mexicano, elaborada por Distribuidora y Librerías Tauro de la Ciudad de México. El evento se realizó en el Centro Cultural José Martí, con la participación de Ivonne Gutiérrez (editora y promotora cultural, autora de la antología Entre el silencio y la estridencia, 25 propuestas literarias sobre el México del 68; Pablo Gómez Álvarez (líder del 68); Vicente Francisco Torres (especialista en literatura mexicana del siglo XX y académico de la UAM-Azcapotzalco), junto con el autor.
Se trata de una novela de gran valor histórico, escrita por un protagonista del proceso, que en ese año era profesor de química de la Preparatoria número 1 de la UNAM, donde con una ambientación de suspenso y ficción histórica da cuenta de la estructura del sistema gobernante, dejando ver los intereses, la bajeza moral y los prejuicios ideológicos que constituyen el contexto en que se dio la masacre.
Respecto al libro, contamos con la opinión de varios autores. Para Gustavo Sainz “Los símbolos transparentes es la mejor novela del 68”. Para Roberto López Moreno, autor del prólogo a la presente edición, “Los símbolos transparentes forma parte de la crónica del México contemporáneo que los escritores con consciencia política han venido escribiendo entre aciertos y caídas, entre sobras y fulgores. Para René Avilés Fabila se trata de una “brillante sátira, la mejor novela que México ha dado en muchos años, por fin tenemos a la mano Los símbolos transparentes, que por tanto tiempo rechazaron editoriales de centro, de derecha y de izquierda”; e Ignacio Trejo Fuentes opinó: “uno de los grandes aciertos de Martré es la hábil estructuración que ha dado a su novela […] la mezcolanza de los planos narrativos tiene un parentesco cercano con la narrativa cinematográfica: las secuencias jamás son directas, sino que mantienen una ordenada anarquía”.
Martré comienza su relato con lo que nos indica cuál es la inspiración del título de su libro, un epígrafe que toma del libro Posdata de Octavio Paz, que dice: “esa tarde la historia visible desplegó, a la manera de un códice precolombino, nuestra otra historia, la invisible. La visión fue sobrecogedora porque los símbolos se volvieron transparentes”. La obra se estructura en cuatro partes, donde la sátira y la política se entrelazan, lo que puede verse en sus títulos: I “Por los muertos y por los tuertos”, II “Sus satánicas majestades invitan”, III “La brigada Lucio Blanco” y IV “Un lugar para vivir”. Las dos primeras dan cuenta de los bajos fondos de la política, que apuntan a lo que aborda en las dos últimas, que se refieren a la masacre. Ilustrados con viñetas de Jorge Aviña, una de ellas utilizada para la portada
En el inicio de la novela se describen las secuelas del día siguiente de una enorme fiesta realizada en casa de un prominente miembro del PRI, donde la viñeta nos muestra el escenario caótico con mesas y sillas rotas e incluso un anuncio de su partido, todo producto de los excesos ocurridos y la servidumbre habla con preocupación acerca de lo que tendrán que hacer para arreglar y ordenar toda la casa y el jardín. Sin duda es una metáfora de la forma como se podía gobernar omnímodamente en un escenario de despilfarro obsceno.
A continuación una parte muy interesante relata el diseño de una intromisión de una agencia de inteligencia estadounidense, donde se comisiona a un agente (Mack) para acudir a la fiesta y grabar todo lo que se diga en casetes, pues una prioridad de los gringos es saber quién podrá ser el próximo presidente de México y evaluar su margen de maniobra y “apuntar las baterías y ampliarle su expediente a quien gobernará “ese asqueroso país”. El elegido es Mack, porque sabe español; aunque odia a los mexicanos y su comida, se le entrega la invitación que dice: “Banquete en la residencia campestre… “¡Banquete!, bramó Mack. Banquete típico apretando la mandíbula…”
La segunda parte inicia con una viñeta del inicio de la mencionada fiesta donde está enseñoreado el enorme anuncio circular del PRI, donde varios meseros trasladan a una mesa un pescado inmenso que evidentemente simboliza la opulencia de la clase gobernante mexicana, la que apoyó y fue cómplice del la represión al movimiento estudiantil, que inició en julio del 68 y que culminó el 2 de octubre con la masacre de Tlatelolco. La descripción de los acontecimientos se basa en la transcripción de los casetes que se encomendó grabar a Mack, que en total suman 35. La transcripción del casete 34 inicia diciendo: “Confuso, demasiado confuso, sólo arroja un dato claro ¡pánico colectivo en el banquete de sus satánicas majestades marranescas!”, los políticos corrían en desbandada hacia sus autos sin siquiera despedirse de sus anfitriones, arrepentidos de su error al haber apoyado a otro candidato “prestos a la rectificación salvadora, a la profesión de fe al ungido, vecino de San Jerónimo y no de Cocoyoc, redactando en mente un telegrama de apoyo, la firma de adhesión, la proclamación salvadora, la carta abierta del membrete fantasma, el albazo de la plataforma política constituida cada seis años, destruida cada seis años, renovada cada seis años… […] Octavius, el aspirante, había sido derrotado. […] Pero las cintas se habían extraviado, pues Mack y su compañero Bart se desbarrancaron, como consecuencia de un atentado. Pero alguien las encontró […] el relator de esta confidencial narración no cuenta cómo se hizo de las cintas. ¿Las compró en el mercado de Cuautla? ¿Las encontró en la Lagunilla o Tepito? […] ¿Las halló en una maleta perdida en un taxi? Cualquiera de estas posibilidades es válida y a la vez fútil, porque lo realmente importante es la forma como aprovechó los casetes, construyó el presente capítulo… extrapoló en el pasado y el futuro…, que da cuenta de un acontecimiento en el México de 1969”.
En la tercera parte, “La brigada Lucio Blanco”, la trama inicia refiriéndose a un grupo informativo y propagandístico integrado por Humberto, Víctor, Saúl, Andrés, Rosa y El Pifas, seis jóvenes incorporados al Movimiento Estudiantil ilusionados por alcanzar un futuro distinto para el país, que se denominan brigada Lucio Blanco, en recuerdo del al general revolucionario de ese nombre. Consta de 18 capítulos, donde el primero y el último tienen el mismo título: “Esto ha hecho el dador en Tlatelolco”. El segundo: “No vale nada”; el tercero: “¡Escapa, Pifas, escapa!; el cuarto: “No todos los charros montan a caballo”; el quinto: “Desfile conmemorativo”; el sexto: “Filmación peligrosa”; el séptimo repite el título: “¡Escapa, Pifas, escapa!”; el octavo: “Viejos conocidos”; el noveno: “Adiós Rosa, mi amor”; el décimo: “La culta plática”; el onceavo: “¡Denle duro al Poli!”; el doceavo: “Señor presidente, las armas nacionales se han cubierto de gloria”; el treceavo: “El abominable anciano y los jóvenes asesinos”; el catorceavo de nuevo lleva el nombre de “Adiós Rosa, amor mío”; el quinceavo: “El sol sale para todos”; el dieciseisavo: “Marchantita quiere flores”; el diecisieteavo: “¡Blanco blanco! (La forja del héroe); y el dieciochoavo, como dije, repite el nombre del primero.
Algunos títulos sugieren de inmediato su contenido; otros no. Sin embargo, son capaces de de captar la atención. Con una narrativa no lineal, va intercalando diversos momentos del proceso represivo que fue gestando como punto culminante la matanza. El primero comienza de manera dramática con lo ocurrido a uno de los miembros de la brigada: “Andrés: Agonizas. Atravesaron tus pulmones dos balas de ametralladora. Es plomo disparado a tu espalda y también sobre los cientos de espaldas que deseaban que otras espaldas los protegieran. […] La situación era desordenada e incierta, probablemente otros disparos derribaron a ese cuerpo que iba delante de ti. ¿Una mujer? Un hombre tú los veías doblarse como abatidos por una inmensa segadora mecánica…” O en el segundo capítulo que al final provocadores del “Batallón Olimpia se gritan: “¡Nos están tirando! ¡Ya les dimos a los soldados! ¡Vámonos de aquí! Ponte tu guante blanco, Pollo. Bien mi chingón, bien. Vámonos, vámonos.”
El último capítulo tiene como final: “un reportero toma fotografías, un soldado lo descubre y trata de arrebatarle la cámara. El reportero forcejea, trata de guardarla. La cinta de 35 milímetros ya lleva impresa la imagen del crimen bestial. En ella los niños muestran agujeros sangrantes, las bayonetas buscan cobijo en el vientre de las mujeres, vuelan los cráneos destrozados, las ametralladoras escupen muerte y destrucción, los oficiales dictan órdenes de exterminio. En ella la muerte está retratada en sus formas más violentas y crueles…” Finalmente un soldado se apodera de la cámara que el reportero herido le aventó a otro personaje, El Pifas. El soldado se la quita dándole un culatazo en el ojo derecho y luego la destruye de otro culatazo. Le habían sacado el ojo con el golpe; otro soldado arrastra al Pifas lejos de su ojo, “mientras un chorro de sangre emana de la cuenca vacía”, lo entrega a una ambulancia, “lo acuestan y antes de perder el sentido, raudo, pero muy raudo pasa ante el ojo sano un enorme cartel olímpico de color rosa que proclama al mundo entero el lema del 68. ¡Todo es posible en la paz!
La parte IV, “Un Lugar para vivir”, inicia con un diálogo: “¿Conoces el camino a San José? La rola es de los Carpenter’s y me pasa mucho. No conozco San José, pero aunque sea un lugar chiro no creo que San Miguel sea inferior. San Miguel es el único pueblo decente de todo este país de séptima. Fuera de Acapulco y el defe, lo demás es un inmenso sembradío de fresas… ¡San Miguel! San Miguel y sus divinas gabachas… Una isla solitaria como la de Juanito Goytisolo, su Torremolinos, mi San Michele en medio del océano. La isla de las cien sirenas que soñó Irving Wallace. Un lugar para vivir: ¡La neta!”
Esta parte transcurre en 1969, después del trágico 1968, y nos permite la contrastación entre formas de ver y el mundo y el cambio que se da en tan poco tiempo, como si la lucha y el sacrificio no hubieran valido la pena. Aquí aparecen personajes que vimos en las primeras dos partes y también Saúl, de la brigada Lucio Blanco, al que otro integrante, Víctor, le increpa: “juraste luchar por la memoria de Rosa y ahora de tu memoria la alejas. Pobre Rosa, siempre llevabas una veladora a la Plaza de las Tres Culturas, pero el año pasado ya no lo hiciste. Ese día te largaste a una fiesta con tus nuevos amigos del Champaña a Go Go. Y el próximo 2 de octubre tampoco irás. ¿Quién se acuerda ya del 2 de octubre?”
Saúl invita al Pifas a una fonda y conversando lo invita a irse a trabajar con él, con gente del gobierno. Ahí surge la pregunta: “¿Y Víctor…?
Si quiere andar… partiéndose la madre por la pinche gente culera que abunda en el país, por el ojete pueblo agachón que nos abandonó en el 68, que nunca se lo agradecerá ni mucho menos se le unirá ¡pues allá él! ¿Cómo la vez? ¿Vienes conmigo, te quedas de peón de rancho o te vas a la guerrilla urbana?”
—¿Sabes qué, Saúl? Me voy contigo.”
El reino del Padre Ubú encaja muy bien en este mundo autoritario y sin sentido, donde lo importante es la conservación del poder. Entender eso hace que los símbolos sean transparentes.
¡Vamos a interrumpir aquí!









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