Ismael Ledesma Mateos
El Padre Ubú afortunadamente no tuvo ni la iniciativa ni el interés de institucionalizar su llegada al poder y el derrocamiento del rey que sustituyó. No podemos decir lo mismo del 14 de julio de 1789, que conmemora un evento político absolutamente trascendental para la historia de la humanidad.
Ese día se considera como inicio la revolución francesa. El acontecimiento emblemático asociado con él es la toma de la Bastilla. Eso lo sé desde mi infancia, siendo tan relevante y significativo que en la periodización histórica tradicional se considera como el momento de referencia de la transición entre las llamadas Edad Moderna y la Edad Contemporánea. Por eso me desconcertó ver en un noticiero de televisión una nota alusiva a los festejos realizados ese día en París, en la cual se referían “al día de la Bastilla” ¡Como si esa antigua prisión tuviera un día…!
La Bastilla era una fortaleza medieval que posteriormente se utilizó como prisión, principalmente de reos políticos. Al momento en que fue tomada por las masas populares tenía tan sólo ocho prisioneros, uno ellos el Marqués de Sade. Fue sin duda un hecho que consolidó las revueltas iniciadas días antes en contra de las tropas del rey.
Además me enteré de que actualmente muchos se refieran a esa fecha como “el día de la toma de la Bastilla” y no de la Revolución, lo cual me sugiere una tendencia a eliminar la palabra revolución por rechazo a su significado e implicaciones. De hecho, la primera vez que se festejó fue en 1790 en el Campo Marte de París, en su primer aniversario, y se le llamó “Fiesta de la Federación”, invocando la unidad de todos los franceses, y desde 1880 se decretó como el Día Nacional de Francia.
Toda revolución es un proceso, no es un suceso que pueda reducirse a una fecha; sin embargo, es usual que se le dé un punto de inicio, como en México el 20 de noviembre de 1910, aunque el primer enfrentamiento ocurrió en Puebla el día 18 con el ataque de la policía a la casa de los hermanos Serdán y su asesinato (con excepción de Carmen). Se trata sólo de referentes para uso en la cultura cívica y la ideología.
La revolución francesa fue un conflicto social y político que buscó el derrocamiento del antiguo régimen y del poder absolutista de la monarquía e implicó la proclamación del tercer Estado (representante de la burguesía) como Asamblea Nacional en 1789 y concluyó en 1799 con el golpe de Estado de Napoleón Bonaparte y el fin de la Primera República.
La monarquía francesa era una institución cerrada y rígida, donde existía una grave crisis económica, que había exacerbado el descontento popular y de la burguesía en ascenso, lo que fue alimentado por la lectura de autores del movimiento conocido como “la Ilustración”, que sostenían como valores principales la libertad, la razón y la igualdad, los que originaron la Declaración de los Derechos del Hombre. Sus filósofos más representativos fueron Rousseau, Montesquieu, Voltaire y Diderot, quienes enfrentaron a la ideología clerical preponderante.
En realidad, al hablar de revolución francesa tenemos que entender que la conforman varias etapas. La primera, desde junio de 1789 (antes de la toma de la Bastilla) hasta agosto de 1792, siendo su inicio la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que implican la libertad individual, de palabra y de pensamiento, el combate a la opresión y el derecho a la propiedad. Todo lo cual conduce al fin del orden feudal y la transición al capitalismo y al ascenso de la burguesía, y que pasa por la Constitución de 1791, que establecía una monarquía constitucional, integrada por el Poder Ejecutivo (el rey y sus ministros) y el Poder Legislativo (los representantes del pueblo).
Una segunda etapa iría del 20 de septiembre de 1792 al 26 de octubre de 1795, donde en la Asamblea Nacional, convertida en Convención Nacional se agudizan las pugnas entre los girondinos (representantes de la gran burguesía) y los jacobinos (representantes de la pequeña burguesía), quienes finalmente tomaron el control y llevaron a la eliminación de la monarquía constitucional y la a la declaración de Francia como República, mandando ejecutar a Luis XVI en 1793 en la guillotina, acusado de traición, a partir de lo cual se instauró el periodo conocido como “el Terror”, que generó una tensión internacional que llevó a formar una coalición antifrancesa de las monarquías europeas (principalmente Austria, Holanda, España e Inglaterra).
Finalmente la tercera etapa, de octubre de 1795 al 9 de noviembre de 1799, cuando los girondinos recuperaron el control de la Convención. El ejército francés logró triunfos contra la coalición de las monarquías, se aprobó una nueva Constitución, se reestructuró el Poder Legislativo que da poder a la “Cámara de los Ancianos”, el Poder Ejecutivo pasó a manos de cinco personas (el Directorio) designadas por el Poder Legislativo. Por desgracia, en el Directorio imperó la corrupción, la miseria y la pérdida del valor del dinero.
En ese contexto, el mejor general de la República y de la Revolución fue Napoleón Bonaparte, que combatió a la coalición monárquica y aprovechando sus victorias, al regreso a París en 1799, da un golpe de Estado (el 18 Brumario) con lo que concluye la República y convoca a una nueva forma de poder llamada el Consulado, una especie de triunvirato que detentaba el Poder Ejecutivo con Napoleón Bonaparte como el primer cónsul, con Sieyes y Ducos, avalado por un tribunado, un cuerpo legislativo y un Senado. De ahí Bonaparte pasó a proclamarse tiempo después emperador, terminando la etapa iniciada por la Revolución.
Para el materialismo histórico (la historiografía basada en Marx) la revolución francesa es la más emblemática revolución burguesa, que marca la puesta en marcha de la consolidación del orden capitalista mundial. Fue así que los Estados Generales de 1789 fueron una representación de la irrupción que marcó el cambio de la historia con el ascenso de la burguesía, llamada el “pueblo llano” (el tercer Estado), que sometió al clero (primer Estado) y a la nobleza (segundo Estado) y que tuvo un punto culminante con las campañas napoleónicas que eran la forma de “exportar la Revolución”.
Además, a nivel mundial ese acontecimiento —en el sentido de Slavoj Žižek— marcó cambios a nivel mundial. Por ejemplo, influyó en quienes impulsaron la independencia de la Nueva España, en la que tuvo una enorme influencia ideológica como detonante. Se dice que en las tertulias literarias de los impulsores del movimiento de Independencia en México, se leían con interés los libros de los ilustrados, proscritos por la iglesia católica, además del hecho de que una consecuencia final de la revolución francesa fue la llegada de Napoleón Bonaparte al poder, lo que tuvo entre sus consecuencias la invasión de España y el derrocamiento de Fernando VII, a quien Hidalgo pensaba que debía dársele el trono de la Nueva España.
Ubú Rey también fue derrocado, sin embargo, tampoco hay una fecha que conmemore eso, aunque él y su espíritu de maldad, codicia y ambición se encentre en todas partes y nos aceche a todos nosotros.









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