Antonio Bello Quiroz
Sólo perduran en el tiempo las cosas que no fueron del tiempo. Jorge Luis Borges
La muerte es un hecho del lenguaje, y no podemos acercarnos a ella sino desde éste. La muerte y el morir son dos cuestiones distintas. Hace unos días se me hacía ver que “morir” es un verbo con un sujeto pasivo en el idioma español, lo mismo que ocurre con el verbo nacer. Me sorprendió que después de dos libros escritos sobre la muerte, sus ficciones, sus formas, no supiera este dato que resulta esencial para entender la diferencia radical entre el morir y la muerte. Esta serie de revelaciones me lleva nuevamente a preguntarme sobre la muerte, ese acto insólito que sólo ocurre (por más que se hable de la muerte en vida), un solo momento en la vida de un sujeto: siempre llega de súbito.
Cualquier ficción que se pretenda construir con la finalidad de explicar el proceso de humanización tendría que hacer una escala en el momento en que la muerte irrumpe en la cotidianidad biológica del ser. Esa irrupción, siempre súbita, provoca el surgimiento de la conciencia, lo cual permite que el hombre se represente su vida además de vivirla. Más claro, la irrupción de la conciencia de muerte posibilita en el sujeto una duplicación. Esa representación es sólo factible a través de una función simbólica. En otras palabras, es a partir del “doblarse” simbólico sobre lo real biológico, que aparece el problema cultural (imaginario) de la muerte. Ella, en el estatuto de lo “natural” es un hecho. En ese nivel real no es en absoluto existente, simplemente ocurre. La muerte se puede pensar desde lo humano, no ya sólo como hecho sino como representación, cuando de biológica se transforma en mito-lógica, cuando se empieza a balbucear. De la muerte no es posible hablar de ningún modo; de ella sólo podemos hacer metáforas, símbolos, es decir: mitologías. El lenguaje es lo propio del ser humano; sólo a partir de él puede existir la representación y en consecuencia la producción de símbolos que operan como base de la cultura. Visto así, el fenómeno de la muerte es un hecho del lenguaje, y por tanto exclusivamente humano.
La muerte y el morir, como sabemos, no son lo mismo: mientras que la primera se presenta siempre con su potencia, el segundo implica una acción pasiva. La muerte es un hecho del lenguaje, el morir una cuestión biológica. Todos los seres vivos habrán de morir, pero sólo el humano sabe de su muerte, está condenado por su condición mortal, atravesado por la astilla del tiempo.
Hace ya diez años, en Ficciones sobre la muerte, destacaba que Sigmund Freud nos advirtió que no dejamos de hablar de aquello de lo que nada puede decirse en definitiva: el amor, dios (el padre), la mujer y la muerte. Al abordar el fenómeno de ésta se escucha el profundo silencio de todo lo dicho. La muerte está presente en el parto mismo de la humanidad y es quizá el misterio sobre el que más discursos se han producido. Sobre ella se tiene la mayor certeza (si no la única): llegará, se sabe; pero también se tiene la mayor de las incertidumbres: se ignora cuándo y en qué condiciones. Podemos hablar de infinitas formas del morir; la muerte, en cambio, sólo acepta tres acepciones: o se trata de un suicidio, o bien un homicidio, o llega por la vía del accidente.
Las diversas cosmovisiones le han otorgado a la muerte un lugar especial; las hay que de manera expresa han construido sus formas de vida y organización social en torno a sus concepciones sobre la muerte y el morir. De manera radical, para Freud, la cultura no es otra cosa que justamente lo que se erige como defensa contra la muerte, es decir, la muerte es el motor de la cultura. Dicho así, podemos sostener que cada acto es una defensa contra la muerte.
Se pueden señalar dos posiciones epistémicas con respecto a las ficciones que se han construido en torno a la muerte: la muerte vista como un problema o la muerte que se presenta como pregunta, como enigma. Las fronteras entre estas dos posiciones, sin embargo, no son muy claras. Por ello, se han esgrimido innumerables respuestas que constituyen la base de las imaginaciones culturales en torno a la muerte. La vivencia de la muerte es una de las experiencias más complejas de asumir e integrar a los esquemas sociales o subjetivos. De hecho podemos decir que no hay experiencia de la muerte propia, sabemos de ella por la muerte del otro, del cercano, del amado. Ella presenta las mayores complejidades de representación o significación cultural pese a lo recurrente y variado de los intentos. En el plano de lo psíquico, Freud va más lejos y propone que representarse la muerte, en el inconsciente, es asunto imposible.
El más persistente obstáculo metodológico para abordar el fenómeno de la muerte, se ubica en la dificultad para no extraviarse en la diversidad de aristas, visiones o disciplinas que no dejan de intentar representarse a la muerte, lo mismo desde los discursos culturales, académicos o científicos que en las creencias religiosas o desde el vasto universo del arte. La apuesta que aquí se sostiene es abordar el fenómeno en la dirección que iría de verle como problema (o problemas) a reconocerle como pregunta (o preguntas). Es decir, la elaboración que se propone sostiene la pretensión de pasar del problema a la pregunta con la idea de que una respuesta al problema de la muerte, por elaborada que sea, será siempre pobre con respecto a lo que puede producir la operatividad de una interrogación que abra el enigma al discurso.
Bajo la consideración anterior, es posible señalar que la muerte, la condición de mortalidad, vista como problema, es un fenómeno de hecho, situación que no permite decir mucho si no es en términos estrictamente estadísticos, lo que no es asunto menor. Una de las caras de la muerte, quizá la más visible o identificable en términos objetivos, es la que se muestra como número, la muerte hecha dato. Presentada como dato estadístico nos aporta poco o nada para entender las maneras en que en lo social o lo psíquico (lo subjetivo) se vive la muerte. Las cifras poco o nada nos dicen sobre las creencias y representaciones ante la muerte y el morir, o de los sentimientos ante la muerte del otro, del prójimo, del cercano, del amado; es decir, poco nos dejan ver de la muerte que se despliega como pregunta para un sujeto. En pocas palabras, la muerte como hecho se transforma simplemente en un dato sin sujeto.
En los años setenta, según ha señalado Ernest Becker, los aspectos subjetivos de la muerte eran poco abordados en tanto que, explica, es lo que más terror produce en el psiquismo del ser humano. Este autor cataloga al enfrentamiento con la muerte como un acto heroico. Dice al respecto: “el heroísmo es, en primer lugar y principalmente, un reflejo del terror a la muerte”. En este sentido, el acto heroico sería una respuesta ante el terror que los humanos experimentamos ante su certeza subjetivada. Quizá sea ésta la razón por la que, ante la devaluación evidente en que se encuentra toda clase de heroísmo, se continúe hablando tan poco de la muerte en las postrimerías del siglo XXI.
En nuestro tiempo, continúa siendo un tema tabú del que poco se habla. En el mundo occidental es marginada y relegada a mera tradición que la dupla producción/consumo usufructúa, y, desde ahí, más que interrogaciones se generan descripciones folclóricas y propuestas para intentar domesticarle desde el discurso sin sujeto de la ciencia. Sin embargo, como se podrá apreciar desde el psicoanálisis, es posible vislumbrar otro camino: ubicar la muerte como pregunta, lo que lleva a producir discursos, es decir, a generar sentido, lo que implica hacerle un hoyo al silencio de lo trágico.








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