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05 Autismo
Narrativa 0

Zuhé: poesía, visualidad y autismo

· julio 30, 2015

Ender Rodríguez

Sus manitas sostienen el plato delicadamente, sus ojos examinan el contorno liso y sus labios se curvan con deleite… El plato se mueve hipnóticamente sobre su borde… El cuerpo del niño delata un movimiento apenas perceptible, similar al del plato. Por un momento él y su creación giratoria son uno. Se sumerge en ese jardín de sueños que es él mismo… Raun Kahlil, un hombrecito al borde del universo.

Kaufman, “Stand up, son”

Cómo iniciar un ensayo que no es más que una parte de la vida misma girando sobre su propio eje, o lo que es una poesía vívida, poesía-vida de lo dramáticamente absorbido por el éter del propio cuerpo y el alma afectados; desde un autismo de origen y de lo hermosamente respirado por las arterias y parte también del cruento dolor de ser y “serse” o “sentirse” pero sin ser consciente de ello. En fin, cómo entender lo que va más allá de la visualidad de lo inconsciente y del registro visual de vida del hermoso ser que no se siente como “unidad total”, pero que a su vez se respira en un deleite del “sentirse vivo” aun sin saberlo.

¿Cómo explicarlo? No sabría. Sólo sé que un día hace casi once años, Zuhé amaneció moldeando rítmicamente un trozo de plastilina, a la vez que mordía su preciado acompañante: un ganchito plástico de ropa con el cual se aferraba cual especie de cría silvestre, nacida de sí mismo. Radiante a sus dos de edad contemplaba todo a su alrededor, como si se encontrase solo ante el big bang, ante el inicio explosivo. Sus dedos se movían impresionantemente rápido. Apasionado por comunicarse con todos los elementos y toda materia, llevaba a su boca cuanto objeto llegaba ante sí. De esta manera intercambiaba su energía con toda la del espacio, sus seres y espectros. Así fuimos descubriendo experiencias diferentes ante Zuhé.

Su rostro brillaba contra el mío, fijamente abstraído, fugaz, escapando a la permanencia de la razón, prefería viajar, asumir su vuelo propio. Un laberinto en su mano, se abría hacia nosotros, ciegos viajeros de Zuhé. Neuronas apagaban sus luces y otras despertaban eléctricamente, invitando a algún shock de sensaciones visuales y táctiles constantes. Exámenes fueron necesarios, en la clínica su cabeza llena de aterradores cables, leían su cerebro, el Área de Broca donde parecía haber algunos puentes y caminos encontrados sin posible vía o señal. A veces, algunos actos asomaban violencia y pequeños roces y uñas contra sí mismo.

Parafraseando a Benedetti, cuando “uno se siente como una laguna insomne, como el árbol con sus últimas hojas, como un acantilado lejano, como una especie de charco con sus algas, sus musgos y sus peces”, es entonces, cuando llegan ellos.

Cuando amanecemos rojos, o manchados e incoloros, nada cuerdos, irreales, terribles como este mundo de tormentas y huesitos, como diría el poeta en su momento. Justo allí, es que se aparecen los pequeños. Destruyen hermosos, todo nuestro obstinado orden y nos celebran, nos salvan. Subversivos, intentan transformarnos de nuevo en uno, en la unidad, sin disfraces, para volver a encontrarnos con quien éramos, y entonces dialogar. Quebrar el dualismo y renacer. Algo así como estar desnudos frente al Todo, retomar la vida otra vez, buscar el lugar del silencio, y encontrar dónde fue el momento del caos, sin habernos percatado. Urge mirar con otra mirada al niño que todavía llevamos escondido entre venas y vasos, pulmones y sesos

Su hábitat y su líquido para pensar en su casita de funcionamiento era la incógnita. La ciencia no sabe la exactitud al respecto.

La sociedad nos ha domesticado. La escuela, la familia y la religión nos han dicho qué hacer, qué es bueno y qué es malo, y además, no nos han permitido revelar nuestro libre instinto evolutivo. Luego de un tiempo, las cadenas las hemos puesto nosotros mismos, los perfectos carceleros.

El autismo es como un síndrome o condición humana de auto-convivencia consigo mismo. Auto: yo, uno, interior. Es como un mirarse hacia adentro pero, sin reconocerse conscientemente como unidad; entendiendo quizás como algo nublado al otro, a los demás, a esa difícil otredad. En 1943, el Dr. Kanner describió por primera vez al autismo, relacionándolo con una especie de esquizofrenia infantil. Esta incipiente visión cambió por supuesto, con el tiempo y con las investigaciones, demostrando la falsedad de tal idea, al igual que la concepción que culpabilizaba a los padres por la aparición del autismo. Según los estudios, las personas autistas poseen un coeficiente intelectual más bajo que el nivel normal y las tesis plantean que la mayoría presenta retardo mental y afectaciones diversas muy complejas a su vez. Lo real para nosotros, es todo lo que se vive alrededor del autismo. Zuhé, al igual que otros niños o adultos de su condición, posee una hermosura pura e instintiva, revelación intensa, momentos sublimes y a veces también, terribles situaciones de furia, obsesiones, manías aunadas de misterios.

La idea del autor de esta ensayo, padre de Zuhé, ha sido intentar capturar durante trece años qué es su vida, a la manera de una película o documento visual diversos momentos propios de “Zu”, como a veces le decimos, y guardarlos como registro de vida, metáfora e historia, relato y estética de lo contemporáneo en tales faenas no prefabricadas, no artificiales.

Dentro de la evolución fotográfica registrada, se encuentran desde su Eco prenatal con los pies de su padre al frente hasta la más reciente fotografía de hace menos de un mes.

Algunas escenas muestran a “Zu” en el agua, como una de sus mayores sensaciones casi rituales de conexión total energizante o espiritual, diríamos. En otras, juega con objetos y los alinea o destruye; en otras se coloca cosas en el rostro; y así se reinventa, como cuando fuimos en avión y miraba el cielo extrañado, o cuando suele suceder, se acercan momentos de agresividad donde, dependiendo de su grado de alteración, muerde o se muerde causando daño, pues su antipsicótico apenas lo regula desde este año reciente. La mayoría de sus tratamientos son naturales y no invasivos. Algunas imágenes documentadas son sus mordeduras. También ha experimentado la absoluta magia del pintar pintándose al desnudo o en papel. Casi todas las fotografías tienen un sello propio de su autor y padre: los grafismos, las palabras o signos-símbolos no tan entendibles, algo abstractos como la vida misma.

Zuhé, el primer sol, como es su nombre en indígena, a veces padece crisis nerviosas o ira, cada vez se aminoran y cada nueva furia sucede en mejores condiciones. Se hace como más cuidadoso, paciente, comprensivo, y va evolucionando muy bien. Sabe que no puede manejarnos del todo y muchas veces se deja guiar, y juntos así, somos todos guiados por la existencia.

Nosotros nos equivocamos como es común, porque parafraseando a Marc de Civrieux en su intemporal viaje al Orinoco: “Es liberador no saber, porque así aprendemos cada día, lo más insospechado.”

——

El autor es fotógrafo y escritor.

www.enderodriguez.blogspot.com

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